Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 26
65%

CAPÍTULO 26

Julián Orduña

La residencia había cambiado de nombre tres veces desde que Orduña ingresó.

Robles dejó los documentos sobre el mostrador. La recepcionista leyó la orden y miró hacia el pasillo sin tocar el teléfono.

—Ese hombre no recibe visitas.

—Hoy sí —dijo Ferrer.

Yo esperaba junto a la puerta automática. La autorización seguía retirada. Nadie me había pedido entrar.

La recepcionista reconoció mi cara en la fotografía que Robles llevaba dentro de la carpeta.

—Él dijo que vendría solo.

Ferrer giró hacia mí.

—¿Te conoce?

—Me ha visto en periódicos.

—Eso no es conocer.

La mujer cerró el registro.

—No hablaba de usted.

Robles apoyó la orden sobre el libro.

—¿De quién?

La recepcionista tocó una llave bajo el mostrador.

—De Barral.

Ferrer permitió que entrara como testigo requerido, no como colaborador. Me hizo firmar una hoja y guardó mi teléfono en una bolsa.

—No preguntas hasta que te lo permita.

—No necesito permiso para escuchar.

—Precisamente por eso te lo doy.

La puerta interior se abrió con un golpe. El pasillo olía a jabón de hospital. Una auxiliar caminó delante sin volverse.

Orduña ocupaba una habitación al final. No había fotografías. Solo una silla junto a la ventana y una maleta cerrada bajo la cama.

Estaba vestido.

—Habéis tardado —dijo.

Robles permaneció en el umbral.

—Usted pidió ver a Julio.

—Pedí que viniera solo.

—Ha recibido una versión corregida.

Orduña miró mi vendaje. Después observó a Ferrer.

—Siempre llegas acompañado cuando ya no puedes mandar.

No respondí.

La auxiliar dejó un vaso de agua. Orduña no lo tocó.

Ferrer cerró la puerta y mostró la fotografía del hotel.

—Arturo Benavent murió después de reunirse con usted.

—Eso he leído.

—Pons afirma que vino a pedir una segunda copia.

Orduña pasó un dedo por su propia cara.

—Pons afirma lo que le permite seguir respirando.

Robles colocó el parte de Topas junto a la fotografía.

—También ha dicho que usted recibió una caja después de la muerte de David.

Orduña retiró la mano.

—Eso es más antiguo que su miedo.

Ferrer pidió registrar la habitación. Dos agentes revisaron la maleta y el armario. No encontraron grabadores ni carpetas.

Orduña no protestó.

—Buscáis un objeto porque todavía os cuesta interrogar una decisión.

—La suya fue fingir su muerte —respondí.

Ferrer levantó una mano, pero no me hizo callar.

Orduña cruzó las piernas.

—Mi decisión fue no morir cuando otros lo habían escrito.

Robles acercó la silla vacía.

—¿Quién murió en su lugar?

La rodilla de Orduña dejó de moverse.

—Un hombre sin familia.

—Nombre.

—Lo tuvo durante una semana.

—No le he preguntado cuánto duró.

Orduña sonrió sin enseñar los dientes.

—Hablas como Sergio.

La venda me apretó cuando avancé.

Ferrer se colocó delante.

—Desde ahí.

—Sergio aprendió pronto a formular preguntas que ya contenían una respuesta aceptable —dijo Orduña.

—Y usted aprendió a no contestarlas —respondí.

Robles golpeó con un dedo la caja dibujada en el parte.

—¿Qué recibió?

—Una copia.

—¿De la grabación completa?

—No la abrí.

Ferrer soltó una risa breve.

—Desapareció treinta años y espera que creamos que no miró dentro.

Orduña acercó el vaso a los labios y volvió a dejarlo lleno.

—Mirar convierte una amenaza en una responsabilidad.

—No mirar no la vuelve inocente —dije.

Sus ojos se fijaron en mí.

—Eso te lo han dicho hace poco.

Robles ordenó intervenir la maleta y revisar las entradas de la residencia. También pidió las imágenes de la noche anterior.

Orduña inclinó la cabeza.

—La mujer no aparece en cámaras.

—No hemos preguntado por ninguna mujer —dijo Ferrer.

El vaso quedó inmóvil entre sus dedos.

Robles sacó la fotografía del abanico y la dejó boca abajo.

—Empiece por su nombre.

Orduña retiró la mano.

—No.

—Arturo está muerto.

—Precisamente.

—¿Ella lo mató?

—No estaba en Valencia cuando murió.

Ferrer giró la fotografía.

—Entonces puede identificarla sin perjudicar esta investigación.

—Hay perjuicios que llegan antes que la Policía.

Me acerqué hasta el límite marcado por los zapatos de Ferrer.

—Lleva treinta años protegiéndose con gente muerta.

Orduña miró la maleta abierta.

—Y sigo aquí.

—David no.

La luz de la ventana le cortó media cara.

—David eligió entregar lo que sabía a la única persona que podía usarlo y destruirlo al mismo tiempo.

—A mí.

—A ti.

La palabra no trajo absolución.

Robles desplazó el parte hacia Orduña.

—¿Qué había en la carpeta roja?

—Nombres. Pagos. Entradas a Topas que nunca figuraron en los libros.

—¿Y la grabación?

—Arturo la guardó aparte.

—¿Por qué?

—Una lista compromete a muchos. Una imagen permite elegir a uno.

Ferrer se apoyó en la silla.

—Eligieron a Julio.

—Julio se dejó elegir.

La mano me bajó hacia el bolsillo vacío.

Ferrer lo vio.

—Las manos donde pueda verlas.

Las dejé abiertas.

Orduña observó mis dedos.

—Eso es nuevo.

—No ha venido a evaluarme.

—Llevas doce años haciéndolo tú.

Robles interrumpió.

—¿Entregó la caja a alguien?

Orduña miró la puerta.

—La guardé seis meses.

—¿Después?

—La moví.

Ferrer acercó la fotografía de Pons.

—Anoche pidió una segunda copia. ¿Para qué, si conservaba la primera?

—Porque la primera dejó de protegerme.

—¿Quién la tiene?

Orduña metió dos dedos bajo la manga. Debajo había una cicatriz recta.

—El hombre que la recibió prometió no abrirla mientras yo siguiera vivo.

—Y todos creen que está muerto —dije.

—Eso era lo útil.

Robles se levantó.

—Nombre.

—Todavía no.

Ferrer recogió las fotografías.

—Entonces vendrá con nosotros.

La auxiliar apareció al abrirse la puerta. Llevaba una silla de ruedas.

Orduña no se movió.

—No estoy detenido.

—Puede acompañarnos voluntariamente —dijo Ferrer—. Si prefiere una orden, tardaremos menos que la última vez.

Orduña apoyó las manos en los brazos de la silla.

—Quiero hablar con Julio sin grabación.

—No —respondió Robles.

—Entonces habéis terminado.

Me quité el vendaje. La tela se pegó a la piel antes de soltarse.

—Grabadlo.

Ferrer me miró.

—No decides eso.

—Quiero que conste.

Orduña bajó los ojos hacia la venda.

—Tu familia no debería escuchar lo que sigue.

—Eso también lo decidió Sergio.

La mandíbula de Orduña se desplazó.

Robles encendió la grabadora.

—Puede protegerlo diciendo la verdad o callando. Elija qué se parece menos a lo que hicieron entonces.

Orduña observó la luz roja.

—Arturo descubrió la cámara años después.

Ferrer no tocó la grabadora.

—¿Qué cámara?

—La que siguió funcionando cuando apagaron la oficial.

—Custodia Levante la instaló.

—No.

Robles acercó el parte con la autorización de Sergio.

—Su firma permitió entrar a los técnicos.

—Permitió retirar un equipo. La cámara ya estaba allí.

El aire frío me rozó el hombro.

—¿Quién la puso?

Orduña señaló la fotografía de la mujer del abanico.

—Ella sabía que David iba a reunirse contigo.

Ferrer deslizó la imagen hacia él.

—Nombre.

—No importa todavía.

—A David sí le importó.

Orduña apretó el borde de la silla.

—David no llevaba la carpeta para denunciaros. Quería negociar su salida.

—¿Con quién?

—Con quien controlaba la tercera instalación.

Robles marcó la frase.

—Policía, prisión y Custodia Levante. ¿Cuál era la tercera?

—Ninguna.

—Eso no es una respuesta.

—Era una persona.

Ferrer se inclinó.

—¿Quién?

Orduña miró la luz roja. Después me miró.

—La mujer del abanico instaló la cámara para grabar a Sergio.

El hombro dejó de arder.

—Pero yo entré primero.

—Por eso la grabación valía más de lo previsto.

Robles cerró la libreta.

—¿Dónde está la copia?

Orduña tomó por fin el vaso.

—Anoche descubrí que Arturo nunca recibió la segunda.

—Pons dice que vino a pedírsela.

—Pons miente sobre el verbo.

Ferrer golpeó la mesa.

—¿Qué hizo?

—Vino a advertirme de que alguien ya la había recogido.

—¿Quién?

Orduña bebió y dejó el vaso con cuidado.

—La misma persona que instaló la cámara.

Robles giró la fotografía del abanico.

—¿Está diciendo que ella tiene la copia?

—Digo que ha vuelto a mirar lo que grabó.

La punta del bolígrafo de Robles quedó quieta.

—¿Cómo lo sabe?

Orduña señaló mi camisa.

—Porque anoche me dijo que David te arrancó el segundo botón durante el forcejeo.

Me toqué el pecho. En las fotografías judiciales, la chaqueta ocultaba la abertura. Yo tampoco había recordado aquel botón rodando bajo la mesa.

Ferrer abrió la carpeta de la escena y buscó la imagen. El botón faltaba. Nunca apareció entre las pruebas recogidas.

Y había guardado un detalle que nadie consideró importante entonces.

Orduña se inclinó hacia la grabadora.

—La mujer del abanico ha visto la noche completa.