CAPÍTULO 25
La noche vacía
Pons había perdido la mancha de café, pero no el temblor de la mano derecha.
Su abogado colocó una carpeta cerrada delante de él. Ferrer se sentó al otro lado. Robles dejó libre la cuarta silla.
Yo seguía detrás del cristal.
La autorización temporal seguía retirada. No podía abrir ninguna puerta.
Pons miró el reflejo.
—No declararé con Barral escuchando.
Ferrer tocó el micrófono de la mesa.
—Barral no forma parte del interrogatorio.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que tendrá.
Pons retiró la mano de la carpeta y aceptó continuar.
Robles empezó por la grabación del garaje. No por Topas.
—Entró con Arturo y Nuria. Después salió solo. ¿Por qué?
Pons ajustó el puño de la camisa.
—Arturo quería que firmara una modificación contable.
—¿Quién?
—Nuria.
Ferrer deslizó el fotograma de la carpeta roja.
—Ella se negó.
—Al principio.
—La grabación termina cuando usted abandona el cuarto.
Robles decidió no enseñarle el resto del informe. Dejó que el silencio ocupara el espacio donde él esperaba una acusación.
—Arturo no permitía grabar las conversaciones finales —dijo Pons.
—¿La apagó usted?
—Desconecté la cámara de la sala.
—¿Por orden de Arturo?
—Sí.
—¿Por qué conservó el fragmento anterior?
Pons tocó la carpeta de su abogado.
—No sabía que seguía allí.
Ferrer acercó la fotografía del panel.
—Quitaron el módulo de la puerta y limpiaron el cuarto. Alguien sí sabía qué debía desaparecer.
—No fui yo.
—Todavía no le he preguntado quién fue.
La pierna de Pons golpeó bajo la mesa. Robles colocó el registro telefónico de Nuria. Había una llamada a Pons poco después de medianoche. Cuarenta y tres segundos.
—¿Qué le dijo?
Pons miró a su abogado. El hombre no lo salvó.
—Que Arturo se había caído.
El hombro se me endureció bajo la venda.
—¿Seguía vivo? —preguntó Ferrer.
—Ella dijo que respiraba.
—¿Le ordenó llamar a emergencias?
—Le dije que no me metiera.
Robles apoyó un dedo sobre la hora.
—No le he preguntado qué quería usted.
Pons cerró la boca.
Ferrer ordenó incorporar la llamada a la investigación y comparar su duración con los movimientos del coche. También pidió que nadie informara todavía a Nuria.
—¿Volvió al garaje? —preguntó.
—No.
—¿Envió a alguien?
—No.
—¿Borró el registro de la puerta?
—No.
Robles abrió la carpeta que el abogado había traído. Dentro había una declaración preparada. La leyó sin tocarla.
—Aquí dice que no habló con Nuria después de salir.
El abogado retiró la hoja.
—Era un borrador.
—Empieza a parecer una palabra contagiosa —dijo Ferrer.
Pons apretó el borde de la mesa.
—Yo no maté a Arturo.
—Pero supo que había caído y eligió desaparecer —respondió Robles.
El cristal me devolvió mi cara encima de la suya.
David en el suelo. Una puerta cerrada. Minutos que otros habían convertido en segundos.
Ferrer cambió de asunto antes de que yo tocara el picaporte.
—Topas. Veintidós siete.
Pons dejó de mover la pierna.
Robles puso una sola hoja ante él. No había códigos nuevos. Solo cuatro horas escritas en una línea.
22:07. 22:13. 22:17. 22:54.
—Explíquelas —dijo.
—No puedo.
—Su firma aparece en el mantenimiento de aquella noche.
—Firmaba cientos.
—Esta dejó a un hombre muerto fuera de cámara.
El abogado levantó la mano.
—Mi cliente no estaba en la prisión.
—Tampoco estaba Arturo —dije desde el cuarto contiguo.
Ferrer giró hacia el cristal. No podía verme bien, pero oyó mi voz por el altavoz abierto.
Lo apagó.
Robles señaló la primera hora.
—A las veintidós siete se interrumpió la cámara oficial.
Pons respiró por la nariz.
—Era una prueba programada.
—¿De cuarenta y siete minutos?
—Dependía del reinicio.
—A las veintidós trece entró David Mena.
No respondió.
—A las veintidós diecisiete entró Julio Barral.
Pons frotó el pulgar contra el índice.
—Yo no elegí quién entraba.
—Pero sabía que no quedarían grabados por la red oficial.
—No sabía que se reunirían.
Ferrer volvió a encender el altavoz y habló sin mirarme.
—Déjalo terminar.
No toqué la puerta.
Robles colocó la anotación original junto a la versión del juicio.
—A las veintidós cincuenta y cuatro regresó la señal. El sistema registró un corte de cuarenta y siete minutos. Después alguien convirtió ese aviso en una petición de apoyo y lo adelantó hasta las veintidós siete.
Pons leyó ambas líneas.
—Eso no lo hice yo.
—Sergio ha admitido cambiar la hora.
—Entonces pregúntenle a Sergio.
—La frase también cambió —dijo Ferrer—. Corte de cámaras se convirtió en apoyo urgente.
El abogado pidió una pausa. Robles negó con la cabeza.
—Puede terminar cuando su cliente responda quién redactó la segunda versión.
Pons abrió la carpeta que había permanecido cerrada. Sacó una hoja doblada y la dejó ante Ferrer.
—Arturo.
El papel era una copia del parte. La corrección aparecía escrita a mano antes de que Sergio la incorporara al expediente.
APOYO URGENTE. 22:07.
Debajo, una inicial.
A. B.
Ferrer no celebró el hallazgo. Pidió que científica comparara la escritura con documentos de Arturo y que el original quedara intervenido.
Robles sostuvo la copia por una esquina.
—¿Por qué la conservó?
—Porque Arturo nos enseñó a no tirar nada.
—Arturo guardaba documentos para hundirlos.
—Los demás aprendimos a guardar uno para sobrevivir.
—¿Sergio sabía de dónde salió la corrección?
Pons miró de nuevo hacia el cristal.
—Sabía quién se la entregó.
—Nombre.
—Arturo.
El borde de la silla se me clavó detrás de las rodillas.
Sergio no había inventado el cambio. Lo había aceptado.
Robles tocó la última hora.
—La cámara oficial volvió a las veintidós cincuenta y cuatro. ¿Qué ocurrió con la secundaria?
Pons retiró la mano del papel.
—Siguió activa.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces también sabrán que no estaba conectada al puesto de control.
—¿Dónde enviaba la imagen?
—A Custodia Levante.
Ferrer no permitió que añadiera otra explicación técnica.
—¿Quién podía verla?
—Arturo. Yo. El responsable autorizado.
—Sergio.
Pons no corrigió el nombre.
Robles se inclinó.
—¿Vio usted la grabación?
—Una parte.
—¿Qué parte?
—Hasta que Julio empujó a David.
El aire me raspó la garganta.
—¿Y después? —preguntó Ferrer.
—Arturo cerró la reproducción.
—¿Por qué?
—Porque Sergio llegó a la sala.
Robles dejó el bolígrafo.
—¿Lo vio entrar en la grabación?
—Vi su cara en la pantalla.
El puño se me cerró contra el muslo.
Ferrer salió del interrogatorio y entró en el cuarto de observación. Cerró detrás de ella.
—No vas a buscar a Sergio.
—Está detenido.
—Eso no te ha impedido otras cosas.
—Pons acaba de situarlo allí.
—Después del disparo. No antes.
—Y vio el vídeo.
Ferrer me quitó el vaso de agua antes de que lo deformara.
—Pons vio un fragmento. Arturo controlaba la reproducción. Todavía no sabemos qué vio Sergio ni qué hizo al entrar.
Robles llamó desde la sala. Ferrer regresó y dejó la puerta abierta, pero no me invitó a cruzarla.
Pons había empezado a guardar los papeles.
—Falta una pregunta —dijo Robles.
El abogado negó.
—Mi cliente ha colaborado.
—Su cliente recibió una llamada de Nuria mientras Arturo respiraba y decidió no intervenir. Puede colaborar un minuto más.
Pons dejó la hoja.
Robles puso delante el fotograma del garaje.
—Cuando desconectó la cámara, ¿qué esperaba que ocurriera entre Arturo y su hija?
—Que firmara.
—¿Y si no lo hacía?
Pons miró la carpeta roja.
—Arturo ya había preparado otra firma.
—¿La de Marcos?
—No.
Ferrer apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿De quién?
Pons giró la última hoja de la carpeta.
Mi nombre aparecía junto al de David Mena.
Debajo había una fecha.
La noche de Topas.
—Arturo no fue a Valencia para ocultar la grabación —dijo—. Iba a entregársela a alguien.
Robles señaló el espacio reservado para el destinatario.
Estaba vacío.
Pons levantó la vista hacia el cristal.
—El primer destinatario tampoco figuró en el envío.
Ferrer tiró de la hoja.
—Ha dicho que falta una firma.
—He dicho que falta en esa copia.
El abogado le tocó el brazo. Pons lo apartó.
—Arturo me obligó a preparar el traslado después de Topas. No entregué una grabación. Entregué una caja cerrada.
—¿A quién?
Pons señaló la fotografía del hotel, olvidada bajo la carpeta roja. Su dedo quedó sobre el anciano de la gorra.
—A Julián Orduña.
Robles recogió la imagen.
—Orduña estaba muerto oficialmente.
—Por eso Arturo lo eligió.
La silla rozó el suelo cuando me levanté.
Pons me sostuvo la mirada a través del cristal.
—Y anoche vino a pedir la segunda copia.