Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La hora corregida

Sergio había cambiado de camisa cuando lo llevaron a la sala.

La nueva no tenía la mancha de café. Conservaba, sin embargo, el pliegue torcido del cuello. Se sentó frente a Robles y dejó el teléfono apagado junto a la acreditación intervenida.

Yo observaba desde el otro lado del cristal.

Ferrer permanecía a mi lado. Había colocado mi tarjeta provisional dentro de una bolsa transparente, como una prueba más.

—No entras —dijo.

—No pensaba hacerlo.

—Ayer tampoco pensabas llamar a Pons.

—No lo llamé.

Ferrer golpeó el cristal con la uña.

—Conserva otra racha.

Robles puso dos cronologías delante de Sergio. Una procedía del archivo interno de Topas. La otra había sido incorporada al juicio.

—Elige —dijo.

Sergio no tocó ninguna.

—No son versiones. Una es un borrador.

—La que llamas borrador lleva firmas, sellos y una copia registrada antes de la muerte de David.

Sergio acercó la segunda hoja.

—Por eso se corrigió.

Robles señaló una línea. La llamada desde el puesto de control figuraba a las veintidós cincuenta y cuatro en el registro original. En el expediente judicial aparecía a las veintidós siete.

Cuarenta y siete minutos.

La mandíbula de Sergio se tensó antes de que levantara la vista.

—El funcionario anotó mal la hora.

Robles empujó el registro telefónico.

—La centralita también.

Sergio pasó el pulgar por el borde del papel.

—Los relojes no estaban sincronizados.

Robles ordenó incorporar las dos hojas y el registro de la centralita a una diligencia nueva. Después llamó a otro agente para que presenciara el resto.

Sergio miró hacia el cristal.

No podía verme. Aun así, encontró el lugar exacto.

—Julio está ahí.

—Julio ha declarado —respondió Robles—. Ahora te toca corregir tus recuerdos.

Sergio apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No corregí un recuerdo. Corregí una hora imposible.

—¿Imposible para quién?

—Para todos.

Robles abrió el plano de Topas. Marcó la sala, el puesto de control y el acceso del pasillo.

—A las veintidós siete, David todavía no había entrado. Julio tampoco.

—Entonces ya ves el error.

—Veo una llamada adelantada hasta antes del incidente.

Sergio apartó el plano.

—La patrulla recibió el aviso después.

—Pero en el juicio constó que el puesto pidió ayuda antes de escuchar el disparo.

El aire del cuarto de observación olía a tela húmeda. Presioné el vendaje con la palma.

Ferrer me agarró la muñeca.

—No abras esa puerta.

—Suéltame.

—Cuando dejes de empujarla.

Retiré la mano. Robles continuó sin mirar hacia nosotros.

—¿Quién te pidió cambiar la hora?

—Nadie.

—¿Quién te autorizó?

—Era el responsable del informe.

—No del registro telefónico.

Sergio cogió un bolígrafo, pero Robles se lo quitó antes de que pudiera escribir.

—Las manos encima de la mesa.

Él obedeció despacio.

—Llegué y encontré documentos contradictorios. Hice una corrección administrativa.

—Que situó la petición de ayuda antes de que Julio cerrara la puerta.

—Que evitó una cronología absurda.

Robles deslizó mi declaración del día anterior. La firma ocupaba la última página.

—El forcejeo ocurrió dentro de esos cuarenta y siete minutos.

Sergio no leyó.

—Julio no recuerda cuánto duró.

—Tú decidiste que no duró nada.

La silla crujió bajo su peso.

Ferrer llamó al juzgado desde el pasillo y pidió ampliar la retención de Sergio por la posible alteración documental. Al volver, dejó el teléfono boca abajo.

—Ahora ya puedes enfadarte —dijo.

No respondí.

Dentro, Robles colocó una fotografía de la sala de Topas. La silla volcada aparecía junto a la puerta. La carpeta roja ocupaba el suelo.

—Cuando llegaste, ¿David seguía vivo?

Sergio miró de nuevo hacia el cristal.

—Esa pregunta no está en la diligencia.

—Por eso la hago.

—Llegué después del disparo.

—¿Cuánto después?

—No lo sé.

Robles tocó la hora original.

—Aquí alguien llamó a las veintidós cincuenta y cuatro.

—Eso dice una máquina.

—Y tú convertiste la llamada en un aviso anterior al disparo. Así nadie tuvo que explicar por qué tardaron en entrar.

Sergio separó las manos.

—No había nadie esperando fuera.

—Entonces, ¿por qué eliminar el intervalo?

—Porque el intervalo no existía.

Golpeé el cristal con los nudillos.

Ferrer se interpuso.

—Una vez más y sales del edificio.

—Está mintiendo.

—Eso se demuestra sentado.

—Yo ya estoy sentado fuera.

Ella sostuvo mi mirada.

—Porque ayer dijiste la verdad tarde.

La frase me dejó quieto.

Robles pidió a Sergio que identificara su firma al pie de la modificación. Él la reconoció. También admitió haber cambiado la llegada de la primera patrulla.

—El coche entró a las veintidós dieciocho —dijo Robles—. En tu versión, llegó a las veintidós once.

—El reloj del acceso atrasaba.

—Siete minutos.

—Aproximadamente.

—Siempre aproximadamente a favor de la misma historia.

Sergio cerró los ojos un instante.

—Julio estaba dentro. David estaba herido. El arma era suya. No necesitábamos cuarenta y siete minutos para saber lo ocurrido.

La sangre golpeó bajo la venda.

Robles no elevó la voz.

—No necesitabais saberlo. Necesitabais cerrarlo.

Sergio abrió los ojos.

—Había nombres en aquella carpeta. Policías, funcionarios, contratistas. Si constaba que el puesto había tardado casi una hora, cada uno habría declarado por separado. La investigación habría abierto todas las puertas.

—Así que adelantaste la llamada.

—Corregí la secuencia.

—Y dejaste a Julio solo dentro de ella.

Sergio apretó los labios.

Robles detuvo la grabación y pidió que el agente leyera en voz alta las dos horas. Después volvió a ponerla en marcha.

—Quiero una respuesta sin verbos administrativos. ¿Sabías que el cambio perjudicaba a Julio?

Sergio miró la fotografía.

—Sí.

El hombro dejó de doler durante un segundo.

Ferrer abrió la puerta del cuarto de observación y señaló el pasillo.

—Fuera.

—Quiero oír lo demás.

—Ya has oído suficiente para romper algo.

—No voy a tocarlo.

—Eso dijiste de David.

Salí.

La máquina de agua vibraba junto a la pared. Apreté el vaso vacío hasta hundir un lateral. Robles apareció minutos después con las dos cronologías bajo el brazo.

—Ha admitido la modificación —dijo.

—No por qué eligió esa hora.

—Ha dicho que protegía la investigación.

—Protegía a alguien.

Robles dejó las hojas sobre una repisa.

—También ha dicho otra cosa.

—¿Qué?

—La llamada original no pedía una patrulla.

El plástico del vaso crujió.

—¿Qué pedía?

Robles giró la primera hoja. Junto a las veintidós cincuenta y cuatro había una abreviatura que en el juicio fue sustituida por «apoyo urgente».

La tinta estaba corrida, pero las letras seguían visibles.

CORTE DE CÁMARAS.

—Alguien llamó para avisar de que la grabación oficial se había detenido —dijo.

Ferrer salió de la sala con Sergio detrás, esposado.

Él se detuvo al verme.

—No fueron cuarenta y siete minutos sin testigos, Julio.

Robles levantó el documento.

Sergio bajó la voz.

—Fueron cuarenta y siete minutos sin la cámara que todos conocíamos.

Ferrer tiró de las esposas. Sergio dio un paso, pero mantuvo los ojos en mí.

—La avería empezó antes de que entraras.

—¿Quién la ordenó?

—Yo no estaba en el puesto.

—No te he preguntado dónde estabas.

El agente lo empujó hacia el ascensor. Las puertas comenzaron a cerrarse.

Sergio levantó una mano entre los dos.

—La cámara oficial se apagó —dijo—. La otra siguió grabando aquella noche entera.

Las puertas se juntaron antes de que pudiera preguntarle qué otra cámara.