CAPÍTULO 23
El forcejeo
Ferrer dejó el mando lejos de mi mano antes de reproducir la grabación.
—Miras desde esa silla. No tocas el equipo. No sales a buscar a nadie.
El hombro latía bajo la venda. Me senté. Robles ocupó la otra punta de la mesa y abrió una libreta limpia.
La imagen comenzó con Arturo entrando en el cuarto. Nuria caminaba detrás. El tercer rostro apareció de perfil y desapareció junto a la pared.
Ferrer detuvo el vídeo.
—Eduardo Pons.
No necesitábamos ampliar nada. La mancha de café seguía en su camisa. La misma con la que había llegado esposado a la nave.
Robles anotó la hora.
—Negó haber visto a Arturo esa noche.
—Ahora negará que sea su camisa —dije.
Ferrer reanudó la secuencia. Pons dejó una carpeta roja sobre la mesa de acero. Arturo señaló la primera hoja. Nuria permaneció de pie.
No había sonido.
Arturo le tendió un bolígrafo. Ella lo dejó caer. Pons lo recogió, pero no se lo devolvió.
Ferrer pidió que localizaran al abogado de Pons y ordenó una nueva declaración por falso testimonio. Después bloqueó mi teléfono con la palma.
—Tú no le adviertes.
—No pensaba hacerlo.
—Eso nunca te ha detenido.
En la pantalla, Arturo abrió la carpeta. Nuria intentó cerrarla. Él apoyó el antebrazo encima y la apartó con el hombro.
El borde rojo se dobló.
La cicatriz de mi palma ardió contra la mesa.
David tiraba hacia él. Yo hacia mí. El lomo se abrió y las hojas cubrieron el suelo.
—Pausa —dije.
Ferrer no obedeció. Nuria agarró la carpeta con ambas manos. Arturo la sujetó por una muñeca. Pons miró la puerta interior.
La mesa se desplazó unos centímetros.
El chirrido atravesó la sala.
Me levanté tan deprisa que la silla cayó detrás.
—Páralo.
Robles pulsó el mando. La imagen quedó congelada con Arturo inclinado sobre Nuria.
Ferrer se interpuso entre la puerta y yo.
—Si sales, no vuelves a entrar.
—Necesito declarar.
—Estás viendo una prueba de otro homicidio.
—Por eso.
Robles recogió la silla y apagó el monitor. No preguntó qué había recordado. Sacó la grabadora de su bolso y la dejó cerrada.
—Primero decidimos dónde.
Ferrer me observó el hombro, después las manos.
—En una sala formal. Con otro agente presente. Y quedas fuera del caso hasta terminar.
Asentí.
No protestar le molestó más que cualquier respuesta.
La sala de declaraciones tenía una mesa fijada al suelo. Un agente uniformado se sentó junto a la puerta. Robles comprobó la hora y encendió la grabadora.
—Continúa desde el momento en que se abrió la carpeta.
Apoyé ambas manos a la vista.
—David intentó recuperar las hojas.
—¿Dónde estabas tú?
—Entre él y la puerta.
—Eso ya lo declaraste.
—Yo tenía parte de la carpeta. Él se agachó para recoger una autorización.
Robles hizo girar el bolígrafo.
—¿Qué hiciste?
La mesa de Topas volvió bajo mis dedos. David sujetaba una hoja con mi firma. La levantó hacia la luz.
—Esto te colocó allí antes de llegar —dijo.
Me lancé sobre el papel. David retiró el brazo y chocó contra la pared. No cayó.
—Se la quité —dije.
—¿Cómo?
—Le agarré la muñeca.
El agente dejó de escribir.
Robles no apartó la mirada.
—Sigue.
David me golpeó el pecho con el hombro. La carpeta quedó entre los dos. Le sujeté la camisa y lo empujé hacia la mesa.
Esta vez cayó.
La esquina le abrió la piel junto a la ceja. Su mano buscó apoyo entre las hojas. La mía bajó hacia la cintura.
Algo negro apareció sobre el metal.
—Había un arma —dije.
Robles dejó el bolígrafo.
—¿La sacó David?
Miré mis manos abiertas.
—No lo sé.
—¿Era la tuya?
—No lo sé.
—Tú llevabas una pistola reglamentaria.
—Y él movió la mano hacia la chaqueta.
Robles acercó la grabadora.
—No te pregunto qué creíste. Te pregunto qué viste.
El borde de la mesa se clavó en mis antebrazos.
—Vi un arma entre los dos. No recuerdo qué mano la puso allí.
—¿Antes o después de empujarlo?
—Después.
El agente levantó la cabeza.
Robles hizo la pregunta sin cambiar el tono.
—Entonces, cuando lo agrediste, todavía no habías visto ninguna pistola.
—No.
La palabra dejó un sabor metálico.
Robles rebobinó mi declaración, no el vídeo.
—¿Estás recordando o completando lo que acabas de ver?
—La mesa era distinta.
—No basta.
Cerré los ojos. La sala de Topas no olía a goma ni desinfectante. Olía a humedad. David tenía sangre sobre la ceja derecha. Arturo, en la grabación, se golpeaba el lado izquierdo.
—David tiró una silla al intentar levantarse —dije—. La pata chocó contra la puerta.
El agente consultó el informe antiguo.
—La silla apareció volcada junto al pestillo.
Robles marcó la línea.
—Eso estaba en las fotografías.
—No el ruido.
Robles detuvo la grabación y llamó al juzgado. Solicitó incorporar una ampliación de mi declaración original y pidió que se conservara sin sustituir la anterior.
Después volvió a encenderla.
—¿Perdiste el control antes del disparo?
—Sí.
—¿David intentó salir?
—Sí.
—¿Se lo impediste?
—Sí.
Firmé cada página. La punta del bolígrafo rasgó el papel en la última.
Ferrer esperaba en el pasillo. Llevaba una copia del fotograma bajo el brazo.
—Pons ha pedido abogado —dijo—. Nuria no quiere ver el vídeo.
—¿Qué ocurre después de la imagen?
—Pons sale por la puerta interior. Arturo sigue en pie.
—¿Y Nuria?
—Se queda con él.
Ferrer me quitó la acreditación provisional que Robles había conseguido en Valencia.
—Hasta que sepamos qué haces con ese recuerdo, observas desde fuera.
Le entregué la tarjeta.
—Haz que comparen el golpe de la mesa con la herida de Arturo.
—Ya está pedido.
No había ironía. Eso fue peor.
Caminé hasta el alojamiento sin quitarme la venda. El teléfono pesó en el bolsillo durante dos calles antes de marcar.
Lucas contestó con la voz baja.
—¿Has encontrado al tercero?
—Era Pons.
—Entonces ya está.
—No.
Una puerta se cerró al otro lado. Lucas esperó.
Me senté en el borde de la cama.
—He recordado que empujé a David contra una mesa.
No preguntó por qué.
—¿Antes del disparo?
—Sí.
—¿Había sacado el arma?
El vendaje rozó mi cuello.
—Todavía no la había visto.
Lucas respiró lejos del teléfono.
—¿Robles lo sabe?
—Lo he declarado y firmado.
—Bien.
La respuesta me golpeó más que un reproche.
—No sé qué tiene de bueno.
—Esta vez no me he enterado leyendo un expediente.
Apreté el móvil.
—Debería habértelo dicho antes.
—Antes no lo decías. Ahora sí.
—Eso no cambia lo que hice.
—Tampoco lo cambia otra mentira.
Alguien llamó a su puerta. Lucas cubrió el micrófono y respondió que ya iba.
—Tengo que dejarte.
—Lucas.
—¿Qué?
—No sé quién sacó la pistola.
Hubo un silencio corto.
—Entonces no elijas todavía la respuesta que menos te duela.
Colgó.
Robles llamó cuando aún tenía el teléfono contra la oreja. Estaba en el archivo de Valencia. Oí hojas moverse.
—He comparado tu declaración con la primera cronología de Topas.
Me puse de pie.
—¿Qué has encontrado?
—El forcejeo ocupa unos minutos que desaparecieron de la versión incorporada al juicio.
La venda tiró del hombro cuando cogí la chaqueta.
—¿Quién modificó la hora?
Robles dejó de mover papeles.
—Sergio.