CAPÍTULO 22
El cuarto de mantenimiento
La rueda delantera de Nuria seguía girando cuando científica levantó el coche.
Habían retirado el vehículo del muro y marcado la trayectoria con pintura. La columna conservaba un golpe nuevo. Yo tenía el hombro inmovilizado por una venda que olía a alcohol.
Ferrer pasó junto a mí sin preguntar.
—Fuera de la línea amarilla.
—Ya estoy fuera.
—Dos pasos más.
Obedecí. Nuria llevaba horas detenida. Su abogado sostenía que había acelerado porque Robles apareció con un arma y bloqueó la salida. La cámara del garaje mostraba el coche avanzando. No mostraba su pie.
El parabrisas se había cuarteado contra el muro. Mi reflejo aparecía dividido en las grietas. Había saltado hacia la columna antes del impacto; Robles no se movió hasta que Ferrer la arrastró del brazo atrás.
Robles dejó una bolsa sobre una mesa plegable. Dentro había una tarjeta de acceso, un manojo de llaves y un vaso de plástico aplastado.
—Estaban en el asiento trasero.
—¿Sangre? —pregunté.
—Todavía no.
Ferrer tomó una decisión. Separó el intento de fuga del registro del garaje. Ninguna conclusión sobre Nuria entraría en el informe de homicidio hasta que científica terminara.
—No voy a regalarle al abogado una investigación contaminada —dijo.
El garaje privado ocupaba dos niveles, pero Arturo solo alquilaba seis plazas. En la última, el hormigón estaba más limpio. Una línea rectangular cortaba el polvo.
Me agaché sin cruzar la cinta.
—Aquí había otro coche.
La técnica iluminó el suelo.
—O una plataforma.
—Las marcas son de neumático.
Ferrer señaló los extremos. Dos huellas delanteras. Una trasera. La cuarta desaparecía bajo una placa metálica.
Robles introdujo la llave más pequeña. La placa se levantó con un chasquido y dejó al descubierto un anclaje hidráulico.
—Un elevador —dijo.
—Quitaron el vehículo de arriba y trabajaron debajo —respondí.
Ferrer ordenó revisar contratos, consumos eléctricos y mantenimientos. Después hizo abrir la puerta del fondo. No quería otra sorpresa detrás de una cerradura.
El cuarto era estrecho. Olía a goma vieja. Una mesa de acero ocupaba la pared y una manguera colgaba sobre un desagüe.
La luz ultravioleta convirtió el suelo en un mapa.
Habían limpiado casi todo.
No las juntas.
La técnica se arrodilló y pasó un hisopo por una línea oscura. Otra levantó el borde del desagüe. Debajo quedaban fibras blancas pegadas a una costra marrón.
—Sangre —dijo Ferrer.
—Presuntiva.
—Dime algo que no pueda corregirme después.
La técnica guardó la muestra.
—Compatible con una limpieza intensa y reciente.
Robles tocó la mesa con el bolígrafo. Una esquina tenía una abolladura y dos hilos claros atrapados bajo el metal.
—Camisa.
Me acerqué. El borde me devolvió otra mesa, otra carpeta y la mano de David sujetándola. Cerré los dedos antes de tocar nada.
Ferrer lo vio.
—No conviertas esto en Topas.
—No lo necesito.
Elegí la puerta interior. Comunicaba con un pasillo de oficinas y no tenía cámara encima. La cerradura conservaba arañazos en torno al lector.
—Entraron sin usar tarjeta.
Robles negó.
—O taparon el registro.
La técnica retiró la carcasa. Dentro faltaba el módulo que almacenaba las aperturas.
Ferrer decidió bloquear ambos accesos y registrar las oficinas planta por planta. Nadie de Custodia Levante entraría sin identificación y acompañamiento.
—Nuria conocía esta puerta —dijo.
—También Cervera. También Pons.
—Nuria estaba aquí.
El coche destrozado seguía a pocos metros. No contesté.
En el armario del cuarto aparecieron botellas de agua, guantes y productos de limpieza. Una botella llevaba una rodaja de limón pegada al fondo.
Robles la giró.
—Misma bebida.
—El sedante pudo entrar aquí.
Ferrer llamó a la forense. Yo abrí el cajón inferior con el extremo del bolígrafo. Estaba vacío salvo por una marca circular y polvo blanco.
—Aquí guardaban vasos.
La técnica raspó el polvo. Ferrer se agachó junto a mí.
—Nuria sabía que su padre bebía agua con limón.
—Eso no la coloca vertiendo nada.
—Su coche sí la coloca intentando salir.
La puerta exterior golpeó. Un agente entró con el informe preliminar del vehículo. En el maletero habían encontrado una manta, bolsas industriales y un rollo de cinta del mismo lote usado para cubrir la bolsa de Marcos.
Ferrer no sonrió.
—Ya tenemos cómo trasladó el cuerpo.
—Tenemos objetos.
—Y una conductora.
Robles tomó el informe y leyó la hora de compra. La cinta se adquirió dos semanas antes con una tarjeta de Custodia Levante.
—La compró Marta Vidal.
Ferrer arrancó la hoja de sus manos.
—Por orden de quién.
—Eso habrá que preguntarlo.
Decidí apartarme del coche y volver al elevador. La huella incompleta seguía bajo la placa.
—Levantadlo del todo.
El técnico accionó el mecanismo. La plataforma subió con un gemido. Debajo apareció un hueco suficiente para ocultar herramientas.
También un fragmento de cristal.
La técnica lo recogió. Era grueso, curvado y tenía una mancha blanquecina en el borde.
—De un vaso —dijo Robles.
Ferrer acercó la bolsa al fluorescente.
—Buscad sedante, huellas y ADN.
En el fondo del hueco había dos gotas secas. No estaban dispersas. Formaban una línea hacia la puerta interior.
Seguimos el recorrido.
La primera gota aparecía junto al elevador. La segunda, bajo la mesa. Después nada hasta el umbral.
Arturo no había caído donde limpiaron.
Lo habían movido dentro del cuarto.
Ferrer se puso guantes nuevos y tocó la pared con los nudillos. Sonó hueca.
—Abrimos.
El técnico retiró cuatro tornillos. Detrás había un espacio de mantenimiento con cables y una balda estrecha. Sobre ella descansaba una camisa blanca doblada dentro de una bolsa.
El cuello estaba abierto.
La manga derecha tenía sangre.
Robles dejó de respirar un segundo.
—Es la de Arturo.
—La que llevaba en el coche era blanca —dije.
Ferrer sacó una fotografía del cadáver. Mismo corte. Distintos botones.
Habían cambiado la camisa antes de trasladarlo.
La técnica abrió la bolsa solo lo necesario. En el puño apareció una fibra oscura y, debajo, una marca de dedos en sangre.
—Necesito comparativas.
Ferrer tomó otra decisión. Ordenó intervenir toda la ropa de Nuria, Pons, Marta y los técnicos con acceso al garaje. También pidió revisar quién había comprado dos camisas iguales.
—Ahora sí voy a acusarla —dijo.
—Todavía falta saber quién lo cambió.
—Nuria estaba aquí, conocía el cuarto y ha intentado escapar.
—Y alguien retiró el registro de la puerta.
Ferrer se volvió hacia mí.
—Siempre encuentras una puerta para el siguiente culpable.
—Porque Arturo las construía.
Robles apartó la camisa. Algo golpeó dentro de la bolsa. Un objeto pequeño había quedado atrapado en el bolsillo interior.
La técnica lo extrajo con pinzas.
Era una llave plana. Sin cabeza verde. Sin etiqueta.
Ferrer la reconoció antes que yo.
La introdujo en la cerradura del armario de productos. No giró.
Probó en la puerta interior.
Tampoco.
Robles miró el elevador.
Bajo la plataforma había una segunda cerradura, oculta junto al pistón.
La llave encajó.
Ferrer la giró.
El muro del fondo se separó cinco centímetros.
Del otro lado llegó aire frío y el zumbido continuo de un equipo encendido.
Abrimos lo suficiente para pasar.
No había otro garaje.
Había una sala de grabación.
Y en el monitor central aparecía Arturo entrando en el cuarto de mantenimiento.
Nuria caminaba detrás.
Un tercer rostro cruzó la imagen antes de que la pantalla se apagara.