CAPÍTULO 21
La empresa de los culpables
Beltrán había cerrado la persiana cuando llegamos.
Un cartel escrito a mano anunciaba inventario. Dentro, las luces estaban encendidas y alguien arrastraba cajas. Ferrer golpeó el metal con los nudillos.
—Policía. Abra.
El ruido se detuvo. Robles miró la calle vacía. Yo probé la puerta lateral. Cerrada.
—Tú esperas aquí —dijo Ferrer.
—No he tocado nada.
—Precisamente. Conserva la racha.
La persiana subió veinte centímetros. Unos zapatos negros aparecieron al otro lado. Beltrán no abrió más.
—Ya declaré cuando me denunciaron.
Ferrer se agachó.
—Ahora investigamos a quien preparó aquella denuncia.
La mujer soltó la persiana. El golpe levantó polvo de la acera.
Decidí rodear el local.
En la parte trasera, una puerta se abrió hacia un callejón. Beltrán salió con una caja contra el pecho. Me vio y apretó el cartón.
—No voy a volver allí.
—No hemos venido a llevarla.
—Todos dicen eso antes de enseñar una firma.
Robles apareció detrás de mí. No se acercó.
—Enséñenos usted la primera.
Beltrán dejó la caja sobre el capó de un coche. El fondo estaba vencido. Entre facturas antiguas asomaba una carpeta de Custodia Levante.
Ferrer llegó sin aliento.
—¿Iba a destruirla?
—A devolverla.
—El local está cerrado por inventario.
—El inventario también se tira.
Beltrán arrancó la cinta de la caja. Sacó una liquidación con su nombre y señaló una cifra marcada en amarillo.
Ochocientos cuarenta euros.
—Me equivoqué al contabilizar un anticipo. Lo corregí al día siguiente. Arturo guardó la primera versión.
Robles tomó la hoja por una esquina.
—Después aparecieron transferencias con su usuario.
—Noventa y dos mil euros. Yo ya estaba despedida.
—¿Por qué nadie la creyó?
Beltrán golpeó la carpeta contra el capó.
—Porque antes había mentido por él.
Abrió tres declaraciones. En la primera acusaba a un técnico de retirar material. En la segunda confirmaba una factura que nunca había visto. La tercera llevaba la firma de Eduardo Pons.
—Nos hacía declarar unos contra otros —dijo—. Cuando llegaba tu turno, ya habías ayudado a preparar el de otro.
Ferrer tomó una decisión.
Ordenó localizar a los cuatro nombres de la carpeta y ofrecerles protección como testigos. Nada de citaciones en comisaría. Nada de abogados de la empresa avisados antes.
Beltrán recuperó los papeles.
El segundo nombre nos llevó a un taller. Mateo Gálvez trabajaba con una chapa. No dejó el taladro.
—Si vienen por las cámaras, yo solo instalaba soportes.
Ferrer le mostró la declaración de Beltrán.
La broca dejó de girar.
—Eso lo escribimos todos.
—Usted acusó a Cervera de llevarse dos discos —dijo Robles.
—Los vi en su coche.
—¿Eran robados?
Gálvez apoyó el taladro.
—Arturo me enseñó una fotografía. Después supe que él había ordenado cargarlos.
Sacó una cartera y desplegó una copia de su despido. Faltaba una página entre la numeración.
—Aquí estaba mi negativa. En la copia judicial desapareció.
—¿Por qué conservó esto? —pregunté.
—Porque después fui el siguiente.
En su expediente figuraban herramientas desaparecidas, una reparación cobrada en efectivo y una amenaza enviada desde su correo. Solo la reparación era suya.
Ferrer decidió revisar las denuncias de todos antes de utilizar sus declaraciones contra Nuria o Marcos.
Gálvez volvió a coger el taladro.
—Arturo está muerto —dijo Robles.
El motor chilló contra la chapa.
—La empresa no.
—Uno no vendrá.
—¿Quién? —pregunté.
—Ramiro Cervera.
—¿Por miedo?
—Porque todavía cobra.
Cervera trabajaba en un aparcamiento cerca del cauce. Lo encontramos dentro de la garita, contando monedas con guantes sin dedos. Al ver a Ferrer, cerró la caja.
—No sé nada de Benavent.
—No hemos pronunciado su nombre —dijo Robles.
Cervera empujó la silla hacia atrás. La garita olía a caucho húmedo. Detrás del cristal, una barrera bajó sobre el techo de un coche y el conductor hizo sonar el claxon.
—Levántala —ordenó Ferrer.
Cervera pulsó el botón. La barrera subió.
—Arturo me pagaba una compensación.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por haber perdido mi puesto.
—Eso suele llamarse indemnización.
—La mía llegaba cada mes.
Robles dejó sobre el mostrador el historial del archivo de Nuria. El nombre anterior seguía visible.
MARCOS ESTEVE.
—¿También cobraron los anteriores? —preguntó.
Cervera se quitó un guante. Le faltaba la uña del índice.
—Mientras callaban.
—¿Y si hablaban?
—Aparecía lo que habían firmado.
Ferrer apoyó una fotografía de Arturo junto a las monedas.
—Necesito el método.
Cervera sonrió sin mirarla.
—Ya lo tiene. Elegía a alguien con una falta real. Una amenaza, una factura, una llave sin devolver. Después repartía lo demás entre documentos que nadie leía juntos.
—¿Quién los ordenaba?
—Arturo decidía. Pons ejecutaba. Nuria corregía los números.
La moneda que tenía entre los dedos cayó al suelo.
—¿Nuria sabía para qué servían?
Cervera se agachó demasiado despacio.
—Sabía cuándo cambiaba el nombre.
Robles cerró el paso con el pie.
—Anoche sustituyeron a Marcos por ella.
Cervera dejó la moneda donde estaba.
—Entonces Arturo ya no lo hizo.
El claxon volvió a sonar. Esta vez Cervera no tocó el botón.
Decidí abrir la puerta de la garita.
—Salga.
Ferrer me agarró del brazo.
—No das órdenes.
—Hay una cámara dentro. Lleva grabando desde que llegamos.
Cervera miró hacia una esquina. Un objetivo pequeño apuntaba al mostrador.
—Es del aparcamiento.
—Y usted acaba de describir un chantaje —dije—. Quiero saber quién verá la copia.
Ferrer desenchufó el monitor. Robles llamó al responsable del aparcamiento y pidió que conservara la grabación. Cervera se quedó sin la protección del cristal.
—Arturo tenía un lugar para las conversaciones que no podían entrar en la empresa —dijo.
—¿Otro archivo? —preguntó Ferrer.
—Un garaje. Lo llamaba mantenimiento. Allí hacía firmar las correcciones.
—Dirección.
Cervera negó.
—No mientras siga pagando.
Robles recogió una moneda y la dejó sobre el historial.
—Arturo está muerto. El próximo pago no llegará.
El hombre miró el teléfono sujeto a su cinturón. Después abrió la caja y sacó un sobre. El remite era Custodia Levante. La transferencia del mes anterior estaba grapada a una tarjeta de acceso.
—Nuria renovó el pago hace cuatro días —dijo.
Ferrer no tocó la tarjeta.
—¿Después de la muerte de Arturo?
—Después de que ustedes registraran la nave.
El aire de la garita se volvió más estrecho.
Cervera escribió una dirección en el reverso del recibo. Un garaje privado bajo un edificio de oficinas. Robles la reconoció.
—Está a siete kilómetros de Custodia Levante.
—Arturo iba allí cuando necesitaba que alguien firmara sin testigos.
—¿Quién más tiene acceso? —pregunté.
Cervera señaló la tarjeta.
—Yo no. Me la enviaron para que recordara que podían encontrarme.
Ferrer guardó el recibo y decidió entrar con orden, científica y una unidad distinta a la que había trabajado en Custodia Levante. No avisaría a Pons. Tampoco a Nuria.
Cervera levantó la barrera cuando salimos.
El garaje estaba cerrado cuando llegamos. La tarjeta abrió la verja al primer intento.
Dentro había seis plazas y una puerta al fondo. El suelo conservaba marcas de neumáticos. Ferrer me dejó detrás de la línea de entrada.
Robles iluminó la cerradura.
—Está abierta.
La puerta cedió.
Un motor arrancó al otro lado.
Ferrer levantó el arma. Robles retrocedió. La persiana del fondo comenzó a subir y dejó ver otro vehículo con los faros encendidos.
Nuria estaba al volante.
No buscó la salida.
Aceleró hacia nosotros.