Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La contraseña de Nuria

Cuando delitos informáticos consiguió abrir la copia del servidor, la ropa de Nuria ya no estaba en el laboratorio.

La fibra había resultado compatible con miles de prendas. El asiento seguía sin señalar a una sola conductora. Sobre la mesa, en cambio, aparecieron tres accesos que nadie podía medir con una regla.

El técnico giró el monitor.

—Usuario NBENAVENT. Veinte cuarenta y uno, veinte cuarenta y cuatro y veinte cuarenta y ocho.

Ferrer apoyó los nudillos junto al teclado.

—¿Qué abrió?

—Tres documentos del archivo de Topas. Inventario de cámaras, autorizaciones de retirada y registro de copias.

Robles acercó una silla. Yo permanecí de pie.

—¿Desde qué equipo?

El técnico amplió la columna de origen.

—Despacho de dirección. El ordenador de Arturo.

La pantalla despedía una luz azul que endurecía las caras. Ferrer pidió que imprimieran el registro y sacó el teléfono.

—Voy a solicitar la detención.

—Todavía no —dije.

Su mano quedó sobre la mesa.

—Su usuario abrió los documentos mientras su padre estaba en el edificio.

—Su usuario. No sus manos.

—También encaja en el asiento.

—Igual que otras tres mujeres.

Ferrer bloqueó la pantalla con un toque.

—Ayer querías meterla en el coche. Hoy la estás sacando.

—Ayer miró el anclaje antes que la fibra. Sigue mintiendo. Pero una mentira no escribe una contraseña.

Robles tomó una decisión antes de que Ferrer me apartara.

—Revisamos todos los accesos de Nuria. No solo esa noche.

El técnico protestó por el volumen. Ferrer le acercó la orden judicial hasta cubrirle media pantalla.

—Empieza por Topas. Después, cualquier operación abierta desde dirección con usuarios ajenos.

Tardó menos de diez minutos en encontrar la primera grieta en aquel relato.

La cuenta de Nuria había consultado un contrato de León catorce meses antes. El acceso figuraba a las once y diecisiete. A esa hora, ella estaba interviniendo en una reunión grabada con un banco en Madrid.

—Pudo conectarse a distancia —dijo Ferrer.

El técnico negó.

—El sistema antiguo no lo permitía.

Apareció otro acceso. Castellón. Usuario de Eduardo Pons. Terminal de Arturo. Pons estaba de baja tras una operación.

Después, una administrativa despedida dos años antes había autorizado una factura seis semanas después de abandonar la empresa.

Robles dejó las hojas en fila.

—Arturo utilizaba cuentas ajenas.

—O alguien utilizaba su ordenador —dijo Ferrer.

Señalé las horas. Casi todas caían antes de auditorías, inspecciones o renovaciones de contratos.

—No elegía usuarios al azar.

Ferrer leyó el nombre de la administrativa.

—Tráela.

—Primero Nuria —dijo Robles—. Quiero escuchar cómo explica una verdad que también le conviene.

Nuria llegó después del mediodía con otro pantalón oscuro y el mismo abogado. No miró hacia el garaje. La condujeron a una sala pequeña donde el aire acondicionado golpeaba demasiado fuerte.

Ferrer deslizó el registro.

—Su contraseña abrió tres documentos de Topas.

Nuria no tocó el papel.

—Mi padre conocía mis claves.

—La contraseña se cambió hace ocho meses —dijo Robles.

—Por orden suya.

El abogado levantó una mano.

—Mi clienta no tiene que justificar las malas prácticas internas de la víctima.

—La víctima no puede hacerlo —respondí.

Nuria giró hacia mí.

—Eso parece facilitarles mucho el trabajo.

Le acerqué la segunda hoja. El acceso de Madrid.

—Aquí no estaba en Valencia.

Sus ojos bajaron hasta la hora.

—Ya se lo he dicho.

—También dijo que no conocía los archivos de Topas.

—No los conocía.

—Pero sabía que su padre podía entrar con su usuario.

El abogado retiró la hoja.

—No es una contradicción.

—Es una costumbre —dije—. Una que solo recuerda cuando la protege.

Nuria cerró los dedos alrededor del bolso. El cierre metálico golpeó la mesa.

—Arturo exigía las contraseñas de los responsables de área. Decía que la empresa no podía detenerse porque alguien enfermara.

—¿Dónde las guardaba?

—En sobres.

—La caja fuerte estaba vacía.

—Entonces pregúntele a quien la vació.

Ferrer se inclinó.

—¿Usted sabía lo que hacía con esas claves?

Nuria miró el cristal oscuro de la pared.

—Sabía que firmaba cosas con nombres de otros.

El abogado se volvió hacia ella.

—No responda más.

Robles puso delante una factura autorizada por la administrativa despedida.

—¿Quién es Ana Beltrán?

La reacción fue pequeña. El pulgar dejó de frotar el asa.

—Contabilidad.

—Ya no trabajaba allí cuando aprobó esto.

—Mi padre conservaba su usuario.

—¿Ana lo sabía?

Nuria tardó demasiado.

—Lo descubrió.

—¿Qué ocurrió?

—La denunciaron por desviar pagos.

El zumbido del aire acondicionado llenó el espacio. Ferrer abrió otra hoja.

—¿Era culpable?

Nuria empujó la silla hacia atrás.

—Había firmado otras cosas.

—No he preguntado eso.

—Es lo que utilizó mi padre.

Robles sostuvo la mirada.

—¿Para que nadie creyera la parte que no había firmado?

El abogado se levantó.

—La entrevista ha terminado.

Nuria también se puso en pie, pero yo bloqueé la carpeta con la mano.

—¿Qué preparaba Arturo contra usted?

No contestó.

—Las llaves de Marcos estaban en su despacho. Su cuenta abrió Topas. Su ropa se parece a la fibra. Con eso basta para construir una historia.

—Ya la han construido.

—No. Su padre empezó antes.

La mandíbula de Nuria se movió. Miró al abogado y después a Ferrer.

—Busquen una carpeta llamada incidencias heredadas.

—¿Dónde? —preguntó Robles.

—En el servidor financiero.

—Ese servidor fue borrado.

Nuria recogió el bolso.

—Mi padre nunca borraba lo que podía utilizar.

Salió sin mirar la pantalla.

Encontramos la copia en un disco de respaldo retirado de la nave. El técnico necesitó casi una hora para reconstruir el índice. Había carpetas con nombres de empleados, sanciones, errores reales y documentos añadidos después.

Ana Beltrán. Eduardo Pons. Marta Vidal. Marcos Esteve.

Cada uno tenía algo que ocultar antes de que Arturo añadiera lo que necesitaba.

Mi teléfono vibró mientras Robles abría los archivos. Era Laura. Contesté en el pasillo.

—Dime.

—Clara dice que has dormido tres horas.

—Ha exagerado.

—Entonces fueron dos.

Apoyé la espalda contra la pared. Al otro lado del cristal, Ferrer ordenaba imprimir las autorizaciones.

—Arturo no inventaba culpables desde cero.

Laura dejó algo sobre una mesa. Sonó un vaso.

—Claro. La tinta agarra mejor donde ya hay una mancha.

—Nuria sabía que utilizaba cuentas ajenas.

—Y calló.

—También mintió sobre Topas.

—Tú mentiste sobre David.

El borde del teléfono se clavó en mi palma.

—No es lo mismo.

—Eso dijiste de la prueba falsa.

No respondí.

Laura bajó la voz.

—No tuvieron que inventarte. Tenían tu firma, tus amenazas y tu forma de entrar en una habitación. Solo ordenaron todo para que nadie mirara fuera.

Robles abrió la puerta.

—Julio.

Laura oyó su voz.

—Vuelve antes de decidir quién merece que lo salves.

Colgó.

Entré. Sobre la mesa había cinco carpetas impresas. Cuatro llevaban nombres de antiguos empleados.

La quinta era más reciente.

NURIA BENAVENT.

Ferrer pasó la primera hoja. Contratos irregulares. Accesos a Topas. Transferencias autorizadas con su usuario. Debajo, una casilla marcada en rojo.

RESPONSABLE EN CASO DE INVESTIGACIÓN.

—Arturo la estaba preparando —dijo Robles.

Negué.

La fecha de creación aparecía en la esquina inferior.

Dos días antes del asesinato.

—No —dije—. La estaba sustituyendo.

Ferrer levantó la vista.

En el historial del documento figuraba un nombre anterior.

MARCOS ESTEVE.

Y alguien lo había borrado la misma noche en que murió Arturo.