Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El asiento bajo

El asiento tenía dos movimientos recientes, no uno.

La grasa de las guías se abría en franjas distintas. Una llegaba casi hasta el volante. La otra retrocedía cuatro centímetros y terminaba antes de la posición habitual de Arturo.

La científica dejó la lupa sobre la mesa.

—Alguien condujo con el asiento adelantado y después intentó devolverlo.

Ferrer apoyó una mano en el respaldo.

—¿Intentó?

—No llegó a la marca antigua.

Robles señaló la línea de polvo endurecido. Arturo había utilizado durante años la misma posición. El contorno formaba un borde oscuro en ambas guías.

El último conductor lo había dejado demasiado cerca.

—Quería que pareciera suyo —dije.

—O no sabía dónde lo colocaba —respondió Ferrer.

Me agaché junto al pedal. En la goma quedaba una presión reciente en la mitad inferior, no en el centro.

—Conducía estirando la pierna.

La científica acercó una regla.

—Pie pequeño o poca altura.

Ferrer levantó el respaldo hasta la inclinación registrada al salir de la empresa.

—Marcos mide uno ochenta.

—Y Arturo uno ochenta y dos —dijo Robles.

—Los dos conducirían con la rodilla dentro del volante.

Ferrer llamó al técnico del laboratorio.

—Quiero una reconstrucción con personas de alturas distintas. Nada de estimaciones.

El garaje se llenó de cinta métrica, hojas en el suelo y tres empleados de Custodia Levante que habían aceptado colaborar.

La primera era Marta Vidal. Medía uno sesenta y uno. Se sentó sin quitarse el abrigo. Al colocar los pies en los pedales, tuvo que adelantar el asiento dos puntos más.

—No llego bien —dijo.

—No conduzca —respondió Ferrer—. Solo apoye el talón.

Marta obedeció. Su rodilla quedó demasiado baja. La marca del pedal no coincidía.

Robles anotó el resultado.

—Marta queda fuera por tres centímetros.

—Nunca he conducido ese coche —dijo ella.

—Hoy tampoco —respondió Ferrer.

La segunda era una técnica llamada Lorena. Uno sesenta y seis. Ajustó el respaldo y agarró el volante con ambas manos.

La posición coincidía casi por completo.

—¿Usaba el coche de Arturo? —pregunté.

Lorena soltó el volante.

—Una vez. Para llevarlo al taller.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

Ferrer le mostró la llave duplicada encontrada en la bolsa.

—¿Podía copiarla?

La técnica se levantó.

—Podía hacerlo cualquiera de mantenimiento.

—No he preguntado cualquiera.

Lorena miró al abogado de la empresa, situado junto a la puerta.

—Sí.

El hombre cerró la carpeta.

—Mi representada ya ha colaborado suficiente.

Ferrer bloqueó el paso con el brazo.

—Su representada puede marcharse cuando termine la medición.

La tercera empleada medía uno sesenta y cuatro. Trabajaba en recepción y había recogido varias veces las llaves de Arturo. Al sentarse, dejó el asiento exactamente en la posición encontrada.

Robles se inclinó sobre la guía.

—Coincide.

La recepcionista retiró las manos.

—Yo estaba en casa.

—Lo comprobaremos —dijo Ferrer.

—Ya lo hicieron.

El tono salió demasiado rápido.

Ferrer cerró la puerta del conductor.

—Volveremos a hacerlo.

Tres mujeres encajaban en el margen. Nuria era la cuarta.

Su abogado había rechazado la prueba.

Ferrer guardó las mediciones.

—No puedo obligarla a sentarse.

—Pero puedes preguntarle por qué no quiere hacerlo.

—Ya lo he hecho.

—¿Qué respondió?

—Que no participa en recreaciones diseñadas para incriminarla.

Robles recogió la hoja de Lorena.

—Eso lo ha escrito el abogado.

—Nuria lo firmó.

El teléfono de Robles vibró. Leyó el mensaje y me hizo una seña para apartarnos.

—La autorización de Topas ha salido hacia documentoscopia.

—¿La firma?

—Es tuya.

El frío de la mesa atravesó mi palma.

—Eso ya lo sabía.

—La tinta de la hora parece distinta. Necesitan el original para confirmarlo.

—Sergio lo preparó.

Robles guardó el teléfono.

—Tú recuerdas que David dijo su nombre. Todavía no demuestra quién escribió nada.

—¿Has hablado con él?

—No.

—Bien.

—No lo he hecho porque Ferrer lo ha prohibido, no porque tú hayas aprendido paciencia.

Me incorporé.

—Cuando tengamos la tinta.

—Cuando tengamos algo que no dependa de tu memoria.

La científica llamó desde el vehículo.

Había desmontado la cubierta inferior de la palanca. Bajo el plástico apareció una rozadura reciente. Una fibra oscura permanecía atrapada en el borde.

Ferrer se puso los guantes.

—¿Ropa?

—Parece tejido sintético.

Robles acercó la luz.

—Pantalón.

—O abrigo —dije.

La científica embolsó la fibra.

—Quien condujo rozó aquí al inclinarse.

Ferrer señaló la consola.

—¿Para qué?

Me senté en el asiento y adelanté el cuerpo. Desde aquella posición, la mano derecha quedaba junto al hueco donde faltaba la alfombrilla.

—Para recoger algo del suelo.

—La bolsa —dijo Robles.

Negué.

—La bolsa estaba en el coche de Marcos. Aquí faltaba la alfombrilla.

Ferrer abrió la puerta trasera.

—Entonces pudo retirar la alfombrilla mientras conducía.

—O después de detenerse.

El cinturón del acompañante seguía extendido. Arturo había sido colocado allí antes de que el coche saliera de la empresa.

Alguien condujo con el cadáver al lado, se inclinó hacia el suelo y retiró lo que había caído sobre la alfombrilla.

—El sedante —dijo Robles.

—O el recipiente —respondí.

Ferrer cerró el vehículo.

—Buscad restos en el anclaje de la alfombrilla. Y comparad la fibra con la ropa intervenida.

Su teléfono sonó antes de que terminara. Escuchó sin hablar y señaló la salida.

—Nuria ha entregado las llaves de Marcos.

Las dejó su abogado en comisaría dentro de un sobre. Llavero verde. Dos llaves domésticas. Una del coche.

La electrónica había sido anulada hacía seis meses.

—No podía abrirlo —dijo Ferrer.

Robles examinó la carcasa.

—No con esta.

—Podía copiarla antes de que la anularan —respondí.

—Podía —repitió Ferrer—. Seguimos acumulando posibilidades.

El sobre contenía también una declaración firmada. Nuria aseguraba que conservó el llavero por orden de Arturo y que nunca utilizó la llave.

Ferrer dobló el documento.

—Sigue investigada por la bolsa y por la intimidación a Marta. El juez no autoriza la detención por homicidio.

—Todavía.

—Esa palabra no es una prueba.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Videollamada.

Martina apareció sentada en mi silla. Solo se veía la mitad de su cara y el respaldo detrás.

—Es mía —dijo.

—Ya veo.

Golpeó el asiento con ambas manos.

—Tú no estás.

Clara pasó al fondo, pero no se acercó al teléfono.

—Estoy trabajando.

—Siempre.

La palabra salió limpia. Sin intención.

Me senté en un banco del pasillo.

—¿Qué has hecho hoy?

Martina levantó un dibujo. Había pintado una mesa, tres personas y una silla vacía.

—Falta uno —dije.

—No. Está trabajando.

La hoja desapareció de la pantalla. Martina dejó el teléfono sobre la mesa y corrió hacia otra habitación.

No llamé para que volviera.

Clara recogió el móvil.

—¿Has encontrado algo?

—Alguien intentó colocar el asiento como lo usaba Arturo.

—Y no supo.

—No del todo.

—Entonces conocía sus costumbres, pero no su cuerpo.

Detrás de ella, Martina arrastró mi silla. Las patas rasparon el suelo.

—Tengo que volver —dije.

—Eso llevas diciendo desde que te fuiste.

Clara colgó antes de que pudiera corregir la frase.

Cuando regresé al garaje, Nuria estaba junto al coche.

Había llegado con su abogado para firmar la entrega de las llaves. Ferrer sostenía el formulario. Robles permanecía junto a la puerta del conductor.

—Solo queremos comprobar una posición —dijo Ferrer.

—Ya he respondido —contestó el abogado.

Nuria miró el asiento, no a nosotros.

—No voy a sentarme en el coche donde apareció muerto mi padre.

—No apareció ahí —dije—. Murió antes de llegar a la Marina.

Su abogado dio un paso.

—No responda.

Nuria acercó una mano al techo del vehículo. No llegó a tocarlo.

—Ustedes ya han elegido lo que quieren ver.

Ferrer abrió la puerta.

—Entonces ayúdenos a verlo mal.

Nuria no se movió.

La científica pasó detrás con la bolsa de la fibra. El plástico rozó la chaqueta de Nuria.

Mismo tejido oscuro.

Mismo brillo sintético.

Nuria miró la bolsa. Después bajó los ojos hacia el suelo del conductor.

No preguntó qué habían encontrado.

Tampoco miró el asiento.

Miró directamente el anclaje vacío de la alfombrilla.