Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La discusión

La fotografía de la puerta llevaba toda la mañana boca abajo cuando Robles la giró.

La madera aparecía astillada junto al pestillo. En el suelo había una silla volcada y una carpeta roja abierta. Las hojas habían sido retiradas antes de que científica entrara.

—Dijiste que no recordabas la carpeta —dijo.

Acerqué la imagen. El borde del papel me raspó el pulgar.

—No recordaba haberla visto abierta.

—No es lo mismo.

La sala olía a café recalentado. Ferrer estaba en el juzgado corrigiendo la acusación contra Marcos. Sergio seguía retenido en otra planta. Robles había pedido el expediente original de David sin consultar a ninguno de los dos.

—¿Por qué ahora? —pregunté.

—Porque anoche repetiste una frase que no estaba en ninguna declaración.

Dejó delante de mí la transcripción de mi interrogatorio. Una línea estaba subrayada.

Solo dejaste que entrara.

—No lo dije en voz alta.

—Lo dijiste dos veces.

Aparté la hoja.

Robles abrió una bolsa de archivo. Dentro había fotografías de la sala de Topas, copias del acta y un plano amarillento. Colocó una imagen encima de las demás.

David estaba de espaldas a la cámara del pasillo. Llevaba una carpeta bajo el brazo.

Roja.

—Entró con ella a las veintidós trece —dijo Robles—. Tú llegaste cuatro minutos después.

Toqué la esquina de la fotografía.

La puerta volvió a cerrarse delante de mí.

David no estaba sentado. Caminaba entre la mesa y la pared. Llevaba la camisa abierta en el cuello y apretaba la carpeta contra el pecho.

—No puedes seguir utilizándolo —dijo.

Dejé las llaves sobre la mesa.

—Dámelo.

—No sabes qué hay dentro.

—Por eso quiero verlo.

David retrocedió cuando extendí la mano. El lomo de la carpeta golpeó la pared.

Robles chasqueó los dedos frente a mí.

—¿Dónde estabas?

Retiré la mano de la fotografía.

—En la sala.

—Eso ya lo sabemos.

Me levanté. La silla rozó el suelo.

—David tenía una carpeta. Yo quería quitársela.

Robles no escribió todavía.

—¿Por qué?

—Dijo que contenía una prueba falsa.

—¿Contra quién?

—No lo dijo al principio.

Robles empujó la grabadora hacia mí.

—Entonces empieza por el principio.

Pulsé el botón antes que ella.

La luz roja se encendió.

—David me acusó de permitir que una prueba entrara en una investigación.

—¿La de qué caso?

—Un preso trasladado desde Villabona. Le encontraron un teléfono y dos hojas con nombres de funcionarios.

—¿Eran suyas?

La cicatriz de mi palma se enganchó en el borde de la mesa.

—No.

Robles acercó el cuerpo.

—¿Lo sabías aquella noche?

—Sabía que la cadena de custodia tenía un hueco.

—Eso no responde.

—Sabía que podía estar manipulada.

El bolígrafo golpeó una vez contra su libreta.

—Y la utilizaste.

—Permití que siguiera dentro del expediente.

Robles dejó el bolígrafo.

—¿Para qué?

—El teléfono abrió otras líneas. Pagos. Visitas. Funcionarios que entraban donde no debían.

—Una prueba falsa que conducía a hechos reales.

—Eso creí.

—Eso necesitabas creer.

Me aparté de la mesa y llegué hasta la puerta. El tirador estaba frío.

David había intentado hacer lo mismo.

Lo vi poner la mano sobre el pomo.

—Esta conversación ha terminado —dijo.

Me interpuse.

—Termina cuando me entregues la carpeta.

—Ahí está el problema. Siempre crees que decides cuándo terminan las cosas.

Giró el pomo. Mi brazo chocó contra la puerta y la cerró.

El pestillo sonó.

Robles se levantó detrás de mí.

—¿La cerraste con llave?

No respondí.

Cogió la fotografía de la madera astillada.

—El informe dice que la llave apareció en tu bolsillo.

Me volví.

—La cerré.

—¿Para impedir que saliera?

—Para que nadie entrara.

—No cambia lo que hiciste con David.

La frase no dejó sitio.

Volví a sentarme y acerqué la grabadora.

—Guardé la llave.

Robles pulsó una tecla del portátil. Apareció la declaración de un funcionario que trabajaba aquella noche.

—Escuchó voces. Tú gritabas.

—Sí.

—¿Qué dijiste?

El aire entró mal por la nariz.

David dejó la carpeta sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima.

—Firmaste una diligencia que sabías incompleta —dijo.

—Firmé que recibí el teléfono.

—Firmaste que llegó así.

Golpeé la mesa con la palma.

—El teléfono existía.

—También existe una pistola si la colocas junto a un cadáver.

—No compares.

—Eso haces tú. Cambias el tamaño para no mirar la forma.

Agarré la carpeta.

David no la soltó.

—Dámela.

—Contiene las órdenes.

—¿De quién?

—De los que sabían que aceptarías la prueba si te daba resultados.

Tiré con más fuerza. El canto rojo se dobló entre los dos.

—Dime el nombre.

David me acercó la cara.

—No te pusieron una pistola.

Robles cerró el portátil.

—¿Lo amenazaste?

—Sí.

—¿Con qué?

—Con detenerlo.

—David era confidente.

—También había cometido delitos.

—Todos los confidentes los cometen. Por eso resultan útiles.

La palabra cayó peor que un golpe.

—Le dije que podía hacer que volviera a prisión.

—¿Podías?

—Podía intentarlo.

—Eso tampoco es lo mismo.

Cogí el teléfono. Robles extendió la mano para detenerme, pero vio el nombre antes de que marcara.

—¿Clara?

—No voy a llamar a Sergio.

—No te lo he pedido.

Salí al pasillo. La luz blanca se reflejaba en el suelo encerado. Clara respondió sin saludar.

—Habla.

Me apoyé contra la pared.

—He recordado el inicio de la noche de David.

Al otro lado, un cajón se cerró.

—¿El inicio o una versión nueva?

—Cerré la puerta con llave.

Clara no llenó el silencio.

—Le impedí salir —continué—. Quería quitarle una carpeta.

—¿Lo tocaste?

—Agarré la carpeta.

—No te he preguntado por la carpeta.

Apreté el teléfono.

—Le sujeté la camisa cuando intentó apartarme.

—¿Le pegaste?

—Todavía no lo recuerdo.

—¿Le amenazaste?

—Le dije que podía devolverlo a prisión.

La respiración de Clara sonó cerca del micrófono.

—¿Podías hacerlo?

—No importa.

—Importa saber si mentiste para asustarlo o si utilizaste poder real.

—Las dos cosas servían igual dentro de esa sala.

Clara movió algo sobre una mesa.

—¿Por qué me llamas a mí?

Miré la puerta de la sala donde esperaba Robles.

—Porque Sergio convertiría lo que hice en una consecuencia de lo que hicieron otros.

—Y tú necesitas que alguien no lo haga.

—Necesito decirlo sin que lo arreglen.

Clara tardó un segundo.

—Entonces no lo arregles tú.

El tirador de la puerta se movió. Robles salió y esperó a unos metros.

—David tenía razón —dije—. Yo no fabriqué aquella prueba. Pero vi el hueco y dejé que siguiera porque me servía.

—Eso no te convierte en quien la colocó.

—Me convierte en quien la utilizó.

—Sí.

No hubo consuelo detrás de la palabra.

—Cerré la puerta —repetí.

—Entonces deja de hablar de la puerta.

Me separé de la pared.

—¿Qué quieres que diga?

—Qué hiciste después.

Los dedos se me cerraron alrededor del teléfono.

—No lo recuerdo completo.

—Recuerdas suficiente para saber que no empezó con un disparo.

La llamada terminó sin despedidas.

Robles seguía esperando. Me ofreció la grabadora.

—¿Continuamos?

Entré y cerré la puerta sin echar la llave.

El clic del pestillo me devolvió la carpeta roja entre las manos. David tiraba hacia él. Yo hacia mí.

El lomo se abrió.

Varias hojas cayeron al suelo.

Una llevaba mi firma.

No era la diligencia del teléfono.

Era una autorización para introducirlo en la cadena de custodia después de que hubiera comenzado el registro.

Robles vio cómo miraba la fotografía.

—¿Qué has recordado?

Señalé el espacio vacío junto a la carpeta.

—Las hojas no desaparecieron después del disparo.

—¿Cuándo?

La voz de David volvió antes que la respuesta.

—Mira la fecha, Julio.

En la parte inferior de la autorización figuraba el día correcto.

La hora no.

El documento afirmaba que yo había recibido el teléfono cuarenta y siete minutos antes de tocarlo.

—La prueba ya llevaba mi firma cuando entré en aquella sala —dije.

Robles acercó la grabadora.

—¿Quién preparó el documento?

Levanté la vista.

David había pronunciado el nombre durante la discusión.

Esta vez lo recordé completo.

—Sergio.