Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Demasiado limpio

La tira de control estaba cosida dentro de la bolsa y llevaba una hora posterior a la detención de Marcos.

La científica la extendió sobre la mesa con dos pinzas. El papel conservaba una mancha de aceite en una esquina.

Marcos había sido esposado a las cinco y cuarenta.

Ferrer acercó la lámpara.

—¿Puede haberse reutilizado?

—La tira pertenece a esta bolsa —respondió la científica—. Coinciden el lote, el número de costura y el precinto interior.

Robles abrió el inventario del registro.

—El coche no quedó bajo custodia hasta las nueve y veinte.

Alguien había tenido más de una hora para recoger la bolsa, llenarla y ocultarla bajo el maletero.

—Eso no señala a Nuria —dijo Ferrer.

—Señala a alguien que podía entrar en el almacén después de que Marcos ya estuviera aquí.

Ferrer dobló la hoja sin apartarla de la mesa.

—Vamos a preguntar quién trabajaba a las ocho doce.

El almacén 17 seguía precintado. El olor a lejía había desaparecido, pero las juntas del suelo conservaban una línea blanca. Una administrativa esperaba junto a la zona de devoluciones.

Se llamaba Marta Vidal.

Tenía las uñas mordidas y una carpeta apretada contra el pecho.

—Yo abrí el turno —dijo.

Ferrer le mostró la fotografía de la bolsa.

—¿La reconoce?

Marta no contestó. Sus dedos hundieron el cartón.

—No le pregunto si quiere reconocerla.

—Preparamos muchas iguales.

Robles dejó la tira de control sobre una caja.

—Esta salió a las ocho doce.

Marta miró hacia el pasillo vacío.

—Entonces estará en el registro.

—No está.

La mujer deslizó el pulgar bajo la goma de la carpeta. El cartón crujió.

—El sistema fallaba.

—El papel no —dije.

Marta levantó los ojos.

—Usted no trabaja aquí.

—Por eso todavía puedo hacer preguntas que otros aprendieron a evitar.

Ferrer se interpuso antes de que la mujer cerrara la carpeta.

—¿Quién se llevó la bolsa?

Marta tragó sin separar los labios.

—Dirección.

—Nombre.

—No firmó.

Robles señaló la mesa de expediciones. Había un tampón, formularios autocopiativos y un bolígrafo sujeto con una cadena.

—Nadie retira material sin dejar copia.

Marta dejó la carpeta.

—Ella no retiraba. Ordenaba.

Ferrer acercó una silla con el pie.

—Siéntese.

—No quiero declarar aquí.

—Buena decisión.

Dos agentes la acompañaron hasta el coche. Antes de subir, Marta miró la nave una última vez.

—No dejen sola a mi hija.

Ferrer cerró la puerta.

—¿Por qué iba a estar en peligro?

Marta sostuvo la mirada a través del cristal.

—Porque Nuria sabe dónde estudia.

La frase cambió el registro.

Ferrer pidió protección para la familia de Marta y ordenó que nadie avisara a Custodia Levante. Después regresamos a la zona de devoluciones.

Robles abrió la carpeta que Marta había soltado. Dentro había copias de albaranes sin registrar.

La tercera pertenecía a la bolsa.

En el espacio destinado a la firma solo aparecía una línea. Debajo, Marta había escrito a mano:

ENTREGADA A DIRECCIÓN. URGENTE.

—¿Nuria? —preguntó Robles.

Marta respondió desde el coche, con la ventanilla bajada.

—Llegó sola. Dijo que Marcos había robado material y que necesitaba recuperar pruebas antes de que entrara la Policía.

—Marcos ya estaba detenido —dije.

—Ella lo sabía.

Ferrer arrancó la copia del talonario.

—¿Qué metió dentro?

—No lo vi. Se la llevó vacía.

—¿Cuándo regresó?

Marta negó.

—No volvió.

La bolsa apareció en el coche de Marcos poco más de una hora después.

Ferrer llamó al juzgado y pidió incorporar la nueva diligencia antes de la comparecencia. No retiró la acusación. Tampoco permitió que siguiera avanzando sin la corrección.

—Marcos continúa dentro por el robo y la manipulación —dijo al guardar el teléfono—. El asesinato espera.

—Eso no le gustará a Nuria.

—A mí tampoco.

La encontramos en la comisaría antes de que pudiéramos ir a buscarla.

Esperaba con su abogado junto a recepción. Llevaba el mismo anillo, pero no la pulsera. Cuando vio a Marta dentro del coche policial, su mano dejó de girar.

—He venido a entregar documentación —dijo.

Ferrer sostuvo el albarán.

—Nosotros también tenemos una entrega.

El abogado extendió la mano.

—Antes de mostrar nada, necesito saber en qué condición comparece mi clienta.

—En la condición de alguien que retiró una bolsa que terminó llena de pruebas en el coche de un detenido.

Nuria no miró el papel.

—Marta se equivoca.

Desde el pasillo llegó el golpe de una puerta. Marta entró acompañada por un agente.

Nuria giró hacia ella.

—Deberías haberme llamado.

Marta apretó los brazos contra el cuerpo.

—Eso era lo que no podía hacer.

Ferrer abrió la sala de interrogatorios.

—Entren las dos.

El abogado bloqueó el paso.

—No habrá careo sin autorización.

—Entonces su clienta puede explicar la bolsa antes de que Marta explique por qué teme por su hija.

Nuria clavó los ojos en la administrativa.

—Yo no he amenazado a nadie.

—No hacía falta —respondió Marta—. Dijiste el nombre del colegio.

El abogado agarró el codo de Nuria.

—No conteste.

Ella se soltó.

—Le pregunté si seguía llevando allí a la niña.

—Después de decirme que las familias pagan los errores de quienes hablan.

El pasillo quedó en silencio.

Ferrer abrió la puerta de la sala.

—Ahora sí quiero que entre.

Nuria no se movió.

Un técnico apareció al fondo con la grabadora de Marcos dentro de una bolsa nueva.

—Hemos recuperado el búfer anterior al archivo exportado.

Ferrer lo hizo pasar.

El aparato guardaba veintiséis segundos que no aparecían en la copia encontrada dentro del coche. El técnico conectó un altavoz portátil y pulsó reproducción.

La voz de Arturo salió entre un roce de ropa.

—Tu hermana firmó las devoluciones.

Marcos respondió lejos del micrófono.

—Porque tú se lo ordenaste.

—Intenta demostrarlo.

Se oyó una silla.

—No vas a cargarle esto.

Arturo soltó una risa breve.

—Ella ya lo lleva encima. Solo falta que alguien lo coloque en el orden correcto.

Después llegó la frase conocida.

—No vas a hacer nada.

—Te voy a matar.

El audio continuó cinco segundos más. Una puerta se cerró.

La copia hallada en el coche terminaba antes.

Ferrer detuvo la reproducción.

—La amenaza es real.

—El montaje también —dije.

Nuria observaba la grabadora. Había dejado de girar el anillo.

—Mi padre guardaba conversaciones.

—Y alguien recortó esta —respondió Robles.

—Marcos pudo hacerlo.

—Entonces metió en su coche una versión que lo perjudicaba y dejó la completa en la memoria —dije—. Muy cuidadoso para unas cosas.

Ferrer tomó el albarán.

—La bolsa salió del almacén cuando Marcos estaba detenido. Usted la retiró. Apareció en su vehículo con una grabación manipulada.

Nuria levantó la barbilla.

—Retiré una bolsa porque mi padre había escondido material de la empresa. No la llevé a ningún coche.

—¿Dónde la dejó?

—En dirección.

—Su tarjeta no volvió a entrar en el edificio.

El abogado cerró su carpeta.

—Terminamos.

Ferrer bloqueó la puerta con la mano.

—Su clienta puede marcharse cuando entregue las llaves que conserva de Marcos.

Nuria miró por fin el albarán.

—No conservo ninguna.

Marta habló detrás de ella.

—Las vi en tu mesa.

Nuria se volvió.

—Viste un llavero.

—Con la cinta verde. La que usaba Marcos.

El rostro de Nuria perdió color durante un instante. Después recuperó la voz.

—Mi padre me pidió que lo guardara.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Antes de despedirlo.

—¿Y por qué no lo devolviste?

Nuria me sostuvo la mirada.

—Porque mi padre nunca devolvía aquello que podía necesitar contra alguien.

La frase rozó algo que llevaba años sin nombre.

El técnico retiró la grabadora, pero el altavoz seguía encendido. Un ruido residual llenó la sala. Papel. Una mesa desplazándose. Una respiración cortada.

Apoyé la mano en la pared.

No era el almacén.

No era Valencia.

David sostenía una carpeta frente a mí. Yo le bloqueaba la puerta.

Y antes del disparo había pronunciado casi las mismas palabras que Arturo.

—No falsificaste la prueba, Julio.

La cicatriz de mi palma se cerró sobre el yeso.

La voz de David terminó la frase dentro de mi cabeza.

—Solo dejaste que entrara.