CAPÍTULO 16
El culpable perfecto
El coche de Marcos llevaba toda la noche en el depósito cuando levantaron el doble fondo del maletero.
La chapa cedió con un golpe seco. Debajo apareció una bolsa negra, encajada entre la rueda de repuesto y el lateral. El agente la sacó sin abrirla. Ferrer observaba desde la línea amarilla.
—Fotografías primero.
La cremallera tenía polvo en los dientes, pero la tela estaba limpia. El perro marcó la bolsa antes de que la científica acercara el reactivo.
—Hay restos de una sustancia química.
Marcos esperaba al otro lado del cristal con su abogado. Había cambiado el calcetín mojado por unos zapatos sin cordones. Cuando vio la bolsa, dejó de hablar.
Ferrer abrió el primer precinto.
Dentro había una herramienta de Custodia Levante. Mango rojo. Punta plana. El mismo modelo utilizado para retirar carcasas de cámaras sin dañar los tornillos.
—Era suya —dijo el encargado del registro.
—Trabajó allí ocho años —respondí.
Robles sacó una llave electrónica envuelta en papel. El código correspondía al coche de Arturo.
Ferrer la sostuvo bajo la luz.
—Una copia funcional.
La tercera bolsa contenía dos ampollas. Una estaba vacía. La etiqueta pertenecía al sedante encontrado en la sangre de Arturo.
El aire del depósito olía a goma caliente. Marcos golpeó el cristal con la palma.
—Eso no estaba ahí.
Su abogado lo apartó.
Ferrer no se volvió.
—Todavía falta algo.
En el fondo encontraron una grabadora. La pantalla tenía una grieta y la carcasa conservaba las iniciales de Marcos grabadas con una punta.
El técnico pulsó reproducción.
Primero sonó una puerta. Después, la voz de Arturo.
—No vas a hacer nada.
Marcos respondió más cerca del micrófono.
—Te voy a matar.
La grabación terminó.
Robles dejó la libreta sobre el capó.
—Herramienta, llave, sedante y amenaza.
—Todo junto —dije.
Ferrer cerró la bolsa.
—Eso suele ser útil en un registro.
—También en una puesta en escena.
Me señaló la puerta.
—Antes de empezar: ¿qué prueba concreta está manipulada?
Miré las cuatro bolsas alineadas.
—Todavía ninguna.
—Entonces no conviertas tu incomodidad en una teoría.
La científica levantó la grabadora.
—Huellas de Marcos en la carcasa. Parciales, pero suficientes.
Ferrer ordenó llevarlo a interrogatorio.
El abogado pidió cinco minutos a solas. Marcos no los utilizó. Entró en la sala con la mandíbula apretada y se sentó antes de que le indicaran la silla.
Ferrer colocó la herramienta delante.
—¿Suya?
—Sí.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Antes de que me echaran.
Robles dejó la llave junto al mango rojo.
—¿Y esto?
Marcos no la tocó.
—Nunca.
—Abre el coche de Arturo.
—Entonces alguien la copió.
—Alguien con acceso al original —dije.
Ferrer me miró de lado.
—No le ayudes.
Marcos inclinó la cabeza.
—Arturo dejaba las llaves en recepción cuando llevaba el coche al taller.
—Y usted conocía el sistema —dijo Robles.
—También Nuria. También Pons. También media empresa.
Ferrer colocó las ampollas.
—El sedante no lo conocía media empresa.
Marcos respiró por la nariz.
—Yo tampoco.
—La receta utilizada para adquirirlo estaba a nombre de su madre.
El abogado levantó una mano.
—Mi cliente no responderá sobre antecedentes médicos familiares.
Marcos giró hacia él.
—Mi madre murió hace cuatro años.
Ferrer empujó una copia de la receta.
—Se utilizó hace dos meses.
La cadena de sus esposas se tensó.
—Entonces tampoco la firmó ella.
—La firma corresponde a un centro donde trabajaba su hermana —dijo Robles.
Marcos golpeó la mesa con los nudillos.
—Ana no ha comprado nada.
El abogado le sujetó la muñeca.
—No responda.
Ferrer cambió las ampollas por la grabadora.
—Esta sí la reconoce.
Marcos observó la grieta.
—La tiré.
—Conserva sus huellas.
—Porque era mía.
El técnico reprodujo la amenaza otra vez. La frase quedó suspendida sobre la mesa.
—¿Cuándo la grabó? —pregunté.
—Hace siete meses.
—¿Dónde?
—En el almacén. Arturo acababa de acusar a Ana de filtrar contratos.
Ferrer apoyó dos dedos sobre la grabadora.
—Usted amenazó con matarlo.
—Después de que él dijera que iba a arruinarla.
—Esa parte no está.
—Porque la habéis cortado.
El abogado se inclinó.
—No sabe quién la cortó.
Marcos sostuvo la mirada de Ferrer.
—Pero sé quién guardaba todas las amenazas.
—Arturo.
—Coleccionaba culpables.
Ferrer recogió los objetos uno a uno.
—También coleccionaba enemigos. Usted entró en la empresa, manipuló los registros, robó un archivo y ocultó dónde estaba. Su herramienta aparece junto al sedante y la llave del coche. Su voz anuncia lo que ocurrió después.
—La voz no mueve cadáveres.
—Su teléfono sí abrió las puertas.
Marcos se levantó. El abogado lo empujó de nuevo hacia la silla.
—Alguien utilizó mis tres minutos.
—Y usted se los regaló —dijo Robles.
Ferrer cerró la carpeta.
—Solicitaré prisión provisional por el asesinato de Arturo Benavent.
El abogado protestó. Marcos no. Miró las bolsas mientras el agente le sujetaba el brazo.
—Pregúntale a Nuria quién tenía la llave de mi coche.
Ferrer se detuvo.
—¿La tenía?
—Cuando me despidieron, ella recogió el vehículo de empresa. Mi coche estaba en el taller y me prestó el suyo dos días.
—Eso no le da acceso ahora.
—Se quedó con el llavero completo.
El agente lo sacó. La puerta cerró con un golpe que hizo vibrar la grabadora.
Ferrer guardó el informe.
—Una llave perdida no borra cuatro pruebas.
—Tampoco las explica —dije.
—Las explica Marcos.
—Las acumula Marcos.
Robles se apoyó en el borde de la mesa.
—¿Qué estás diciendo?
No respondí. Saqué el teléfono y llamé a Laura antes de que Ferrer pudiera echarme otra vez.
—Han encontrado el sedante, la llave de Arturo y una amenaza en el coche de Marcos.
—¿Y tú no te lo crees?
—Está demasiado bien colocado.
—Eso no sirve.
El ruido de una puerta llegó desde Salamanca.
—Dime quién podía entrar en el coche —continuó—. Cuándo. Para qué. Y cómo consiguió cada objeto. Si no puedes, solo estás eligiendo al sospechoso que te resulta más cómodo defender.
Apreté la uña contra la funda del teléfono.
—Nuria tuvo una copia de sus llaves.
—Eso es una posibilidad.
—La herramienta salió de Custodia. El sedante se compró con una receta vinculada a su hermana. La grabación estaba recortada.
—Tres hechos. Todavía no una explicación.
Ferrer esperaba con los brazos cruzados.
—La encontraré.
Laura bajó la voz.
—Encuentra primero la parte que no encaja. Luego llama.
Cortó.
Volví al depósito. La científica había retirado ya los objetos, pero la bolsa negra seguía sobre la mesa. Ferrer entró detrás de mí.
—No la toques.
—Quiero verla por debajo.
—¿Por qué?
—Porque nadie guarda una bolsa encajada sin rozar la base.
La científica la levantó con dos pinzas. En el tejido no había barro ni aceite. Solo una tira gris pegada sobre unas letras blancas.
Ferrer acercó la lámpara.
Pasé la uña por el aire, sin tocar.
—Retira la cinta.
La científica despegó un extremo.
Debajo apareció una palabra.
DEVOLUCIONES.
Ferrer tiró un poco más.
La segunda línea quedó al descubierto.
ALMACÉN 17.