Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El archivo secundario

El primer armario seguía encendido aunque Custodia Levante llevaba tres años declarándolo vacío.

El ventilador vibraba detrás de la chapa. Marcos acercó la oreja sin tocarla. Las esposas tintinearon cuando señaló el tornillo inferior.

—Ese panel no aparece en los planos.

Ferrer hizo una seña al técnico. La punta del destornillador raspó la pintura y levantó una placa estrecha. Detrás había dos líneas de fibra. Una azul. Otra sin marcar.

—La azul alimentaba la red oficial —dijo Marcos.

Robles tocó la segunda con el bolígrafo.

—¿Y esta?

—La que Arturo negaba que existiera.

El cuarto olía a polvo caliente. En la pared opuesta, tres bastidores vacíos conservaban marcas más claras donde antes hubo equipos.

Ferrer se plantó delante de Marcos.

—Empieza sin tecnicismos.

—Las cámaras oficiales enviaban imágenes al servidor del cliente. Las otras grababan aparte.

—¿Aquí?

—Aquí se copiaban. No se almacenaban siempre.

Levanté la placa. La fibra sin etiqueta descendía por un tubo distinto.

—Entonces el HVR-8 no era el archivo.

Marcos me miró.

—Era la llave para abrirlo.

Ferrer ordenó retirar el panel completo. El técnico encontró ocho conectores numerados y un hueco central con dos guías metálicas. El HVR-8 encajaba allí.

—Ocho canales —dijo Robles.

—Ocho entradas simultáneas —corrigió Marcos—. Podías traer una copia local, conectarla y mandarla a otro nodo sin dejarla en este edificio.

—¿Qué nodo?

—Dependía del contrato que no figuraba en el contrato.

Ferrer agarró el respaldo de una silla y lo giró hacia él.

—Siéntate antes de empezar a disfrutar.

Marcos obedeció. El metal de las esposas golpeó el asiento.

—Arturo lo llamó archivo secundario. No era un lugar. Era una cadena. La prisión conservaba su grabación. Custodia podía retirar una copia técnica. Después el HVR la enviaba a otra instalación.

—¿De quién? —pregunté.

—Empresas externas. Almacenes. Despachos. A veces una vivienda.

—Eso no es seguridad.

—Nunca lo fue.

Robles abrió el inventario recuperado del portátil de Ana. Marcos negó antes de que ella mostrara la pantalla.

—Ahí solo aparecen los equipos.

—Y las personas autorizadas para retirar copias.

—Retirar no significa ver.

La frase dejó a Sergio dentro sin acercarlo al asesinato. Ferrer cerró la carpeta.

—¿Quién podía descifrar las imágenes?

Marcos rozó con el pulgar la cadena de las esposas.

—Quien tuviera el índice y la clave física.

—¿Qué clave?

Señaló el hueco central.

—Una tarjeta dentro del HVR-8. Sin ella, los archivos parecían pruebas de señal. Líneas, ruido, minutos muertos.

La cicatriz de mi mano tiró al cerrarla.

—Como el vídeo de David.

—Como cualquier vídeo que alguien quisiera volver inútil.

Ferrer se inclinó sobre él.

—¿Arturo guardaba las claves?

—Guardaba algunas. Las suficientes para que nadie pudiera apartarlo sin miedo.

—Chantaje.

—Seguro de vida.

—Está muerto —dijo Robles.

Marcos levantó los ojos.

—Entonces alguien dejó de tener miedo.

El técnico desmontó una segunda tapa. Dentro apareció una base rectangular cubierta de polvo. En el centro quedaba una franja limpia.

Ferrer pasó la linterna.

—Retiraron algo hace poco.

Marcos acercó las manos esposadas.

—Un módulo de memoria.

—¿Del HVR-8?

—De cualquier HVR compatible. El grabador podía viajar, pero no hacía falta. Bastaba con sacar la tarjeta y meterla en otro equipo.

La mujer del abanico podía haber transportado el aparato, una copia o solo la pieza que permitía leerla. La diferencia cabía en un estuche negro.

Robles contó los conectores otra vez.

—En el índice había nueve instalaciones de Topas.

—Este equipo solo aceptaba ocho a la vez —dijo Marcos.

—Falta una.

—O sobraba una señal.

Ferrer inclinó la linterna hacia él.

—Habla claro.

—Una de las entradas no pertenecía a Custodia. Llegaba ya codificada. Arturo ordenó conservarla, pero ningún técnico instaló esa cámara.

El borde del panel se clavó en mi palma.

—¿Quién la instaló?

—Nunca vi una orden. Tampoco un número de empleado.

—Pero la copiasteis.

—El sistema copiaba lo que recibía.

Ferrer soltó la linterna sobre la mesa.

—Los sistemas no toman decisiones.

Marcos miró la luz girar hasta detenerse.

—Arturo sí.

Robles señaló los conectores.

—¿Topas estaba entre estos ocho?

Marcos tardó un segundo.

—Una vez.

—No te he preguntado cuántas.

—No sé qué cámara alimentaba la entrada. Solo vi el nombre del centro.

Ferrer golpeó el bastidor con la linterna.

—Has trabajado años aquí y nunca preguntaste.

—Preguntar era una forma rápida de dejar de trabajar.

Me aparté del armario y saqué el teléfono. Ferrer me miró, pero no tuve que justificarlo. Salí al pasillo antes de marcar.

Laura respondió al tercer tono.

—¿Qué ha pasado?

—Puede existir una grabación completa de la noche de David.

Al otro lado cesó un ruido de platos.

—¿Puede o existe?

—Existe una red que pudo copiarla. Todavía no tenemos el archivo.

—Eso sí lo entiendo.

Apoyé la espalda contra la pared. La pintura se deshacía bajo la chaqueta.

—Quiero que Lucas lo sepa por mí.

Laura no respondió enseguida.

—Está aquí.

Hubo pasos. Después, la respiración de Lucas ocupó la línea.

—¿Se ve quién disparó?

—No lo sé.

—¿Y si fuiste tú?

Apreté el borde del teléfono.

—Entonces no voy a pedirte que mires hacia otro lado.

Lucas soltó el aire.

—Eso no responde.

—Si fui yo, te lo diré antes de que alguien lo convierta en otra versión.

El silencio cambió. Ya no pesaba igual.

—¿Cuándo vuelves? —preguntó.

—No tengo una fecha.

—Bien.

Laura recuperó el teléfono.

—Eso ha sonado casi humano.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Corté antes de estropearlo y regresé al cuarto.

Ferrer sostenía una bolsa transparente. Dentro había una tarjeta metálica del tamaño de dos dedos. No llevaba nombre. Solo una muesca triangular.

—Estaba bajo la guía —dijo.

Marcos se levantó. El agente le presionó el hombro.

—No la conectéis.

—Hace un minuto era una llave —dijo Robles.

—Esa no abre. Borra.

Ferrer dejó de acercarla al lector.

—Explícalo.

—Las tarjetas de emergencia limpiaban la tabla de rutas si alguien intervenía el equipo. Arturo las guardaba para destruir el recorrido de las copias.

—¿Y esta quedó olvidada?

Marcos negó.

—Quedó colocada.

El técnico examinó la muesca.

—Está partida.

Marcos miró el hueco del bastidor. La otra mitad seguía dentro, apenas visible entre dos contactos.

—Alguien empezó el borrado y cortó la corriente antes de que terminara.

Robles acercó la linterna. Una luz roja parpadeaba detrás del conector.

—¿Se puede recuperar la ruta?

—Una parte.

—¿Hasta dónde?

Marcos no miró la luz. Miró la puerta.

—Hasta el último lugar donde el HVR-8 entregó una copia.

Ferrer llamó al técnico de delitos informáticos. Yo sujeté el panel para que no cayera.

Ferrer apartó al técnico del lector.

—Corta la alimentación exterior. Nadie conecta nada hasta que podamos aislar la respuesta.

El técnico alcanzó el interruptor. Marcos dio un paso, arrastrando al agente con él.

—Ya es tarde.

Marcos tiró de las esposas.

—No lo hagáis aquí.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque cuando reconstruyáis la ruta, el otro extremo sabrá que la habéis abierto.

Ferrer mantuvo la tarjeta dentro de la bolsa.

—¿Una alarma?

—Una confirmación.

—¿A quién?

Marcos se humedeció el labio partido.

—A quien todavía tenga conectado el archivo secundario.

El ventilador cambió de tono.

Una vibración recorrió la fibra sin etiqueta.

Después, al otro lado de la pared, alguien desconectó el cable.