CAPÍTULO 14
El abanico cerrado
La mujer del abanico ya estaba en Madrid cuando Ferrer consiguió verla subir al tren.
La grabación ocupaba tres pantallas de la sala de seguridad. En la primera, caminaba junto a Orduña por el vestíbulo del hotel. En la segunda, cruzaba la puerta giratoria. En la tercera, esperaba un taxi con el abanico cerrado contra el pecho.
—Diecinueve cuarenta y dos —dijo Robles.
Ferrer retrocedió la imagen.
—Arturo salió siete minutos después.
El recepcionista permanecía junto a la puerta. Había dejado de ajustar la corbata. Cada vez que aparecía la mujer, clavaba los ojos en el suelo.
—Dijiste que no la conocías —le recordé.
—Dije que no sabía su nombre.
—No es la misma mentira.
Ferrer congeló el primer plano. La mujer llevaba el abrigo oscuro y una carpeta rígida bajo el brazo. Orduña caminaba medio paso detrás.
—¿La habías visto antes? —preguntó.
El recepcionista tocó el mostrador con dos dedos.
—Venía con Arturo.
—¿Cuántas veces?
—Dos. Quizá tres.
Robles acercó la fotografía de Salamanca.
—Y siempre con abanico.
—No me fijo en los complementos.
Señalé la pantalla.
—Te has fijado en no mirarlo.
El hombre retiró la mano.
Ferrer tomó una decisión.
—Quiero las reservas anteriores, pagos, cámaras y matrículas. Si falta un minuto, vuelvo con una orden que cierre el hotel.
El recepcionista abrió el sistema.
—Las reuniones no estaban a su nombre.
—Ya hemos superado esa sorpresa —dijo Robles.
Aparecieron dos reservas. Ambas habían sido pagadas por Custodia Levante. Sala pequeña. Servicio de bebidas. Ninguna lista de asistentes.
Ferrer pulsó la última.
—¿Qué sirvieron esa noche?
—Whisky. Agua. Refrescos.
—¿Agua con limón?
El recepcionista miró hacia la cámara del pasillo.
—Había una jarra.
Mi nuca se tensó bajo el cuello de la camisa.
—¿Quién la pidió?
—La señora.
Robles dejó de escribir.
—¿La preparó ella?
—Pidió limón aparte. El camarero lo llevó en un plato.
Ferrer abrió la grabación de la sala. Solo existía imagen del pasillo. La puerta permanecía cerrada durante treinta y seis minutos.
A las siete y treinta y nueve, la mujer salió sola.
Llevaba la carpeta de Orduña.
—Pausa —dije.
Ferrer detuvo el vídeo.
La mujer miró a la cámara. No de frente. Apenas levantó los ojos. Después abrió el abanico, lo sostuvo durante dos segundos y volvió a cerrarlo.
—Sabía dónde estaba el objetivo —dijo Robles.
—Lo sabía desde antes de entrar.
Ferrer avanzó.
Orduña salió tres minutos más tarde. Sin carpeta. Arturo apareció detrás, se ajustó el puño y regresó a la sala. Permaneció allí otros siete minutos.
—Ella se llevó algo —dijo Ferrer.
—Y Arturo se quedó bebiendo.
El recepcionista movió el ratón.
—No puedo saber qué había dentro.
—Pero puedes decirme adónde fueron —respondí.
El taxi había pagado la entrada del hotel con una aplicación corporativa. La carrera terminó en la estación Joaquín Sorolla. El conductor confirmó a la Policía que transportó a una mujer y a un anciano.
Ferrer guardó la copia.
—Vamos a la estación.
El centro de control olía a plástico recalentado. Un operador buscó la hora mientras Robles colocaba las capturas junto al teclado.
La primera cámara los mostró entrando a las ocho menos nueve. Orduña llevaba la gorra baja. La mujer no intentaba ocultarse.
Cruzó bajo dos objetivos y miró a ambos.
—Otra vez —dije.
El operador volvió atrás.
La sonrisa aparecía justo antes de que cambiara el ángulo.
—No sonríe a quien maneja la cámara —dijo Ferrer—. Sonríe para quien la verá después.
Decidí seguir su recorrido completo.
—Pon todas las cámaras hasta que se separen.
La mujer pasó el control con un billete digital. Orduña no. Él esperó junto a la línea amarilla mientras ella avanzaba hacia el andén.
La carpeta rígida seguía bajo su brazo.
—¿Nombre del billete? —preguntó Robles.
El operador consultó la reserva.
—Adela Ferrán Pardo.
Ferrer sacó el teléfono.
—Identificación.
Un agente respondió antes de que terminara la frase. Adela Ferrán existía. Ochenta y seis años. Residía en Albacete y no había viajado en seis meses.
—Documento robado —dije.
—No —respondió Robles, leyendo el informe—. Renovado. El anterior nunca fue entregado.
La mujer había utilizado una identidad válida y un documento que seguía circulando.
Ferrer tocó la pantalla.
—Eso nos da un delito. No un nombre.
El tren abrió las puertas a las ocho y doce. La mujer subió al coche cuatro. Orduña permaneció en el andén.
Cuando sonó el aviso de cierre, ella se giró.
No miró a Orduña.
Miró a la cámara.
Abrió el abanico una última vez. Después entró y las puertas se cerraron.
—¿Orduña salió de la estación? —pregunté.
El operador cambió de secuencia. El anciano esperó hasta que el tren desapareció. Luego cruzó el vestíbulo y tomó un taxi.
Ferrer anotó la matrícula.
—Lo quiero localizado.
—La mujer primero —dije.
—La mujer estaba en un tren cuando murió Arturo.
Robles comprobó la cronología. El vehículo salió de Custodia Levante a las nueve veinte. A esa hora, el tren circulaba a más de cien kilómetros de Valencia.
El revisor recordaba a la pasajera por el abanico. Había permanecido en su asiento hasta Madrid. Pagó un café con una tarjeta vinculada al mismo billete.
Ferrer cerró la libreta.
—No condujo el coche.
—Eso no la deja fuera.
—La deja fuera de Valencia.
El operador cargó las imágenes interiores del tren. La mujer aparecía junto a la ventanilla. La carpeta descansaba sobre sus rodillas.
A las nueve diecisiete, mientras Marcos activaba ME-4, ella seguía sentada.
No utilizaba el teléfono.
No hablaba con nadie.
Tenía las manos sobre el abanico.
—Congela —dijo Robles.
El operador obedeció.
La mujer miraba su reflejo en el cristal. No parecía preocupada por llegar. Tampoco por lo que dejaba atrás.
Ferrer amplió la carpeta.
—Es demasiado gruesa para documentos.
La superficie era negra. Rígida. Tenía dos cierres metálicos y una marca clara en un lateral.
—No es una carpeta —dije.
El operador mejoró el contraste. Los píxeles se separaron alrededor de una etiqueta rectangular.
Solo se distinguían tres caracteres.
HVR.
Robles abrió en su teléfono la fotografía tomada en el despacho de Arturo. La etiqueta que había quedado en la caja fuerte llevaba el número completo.
HVR-8.
Las medidas coincidían.
Ferrer acercó ambas imágenes.
—Se llevó el grabador.
—Antes de que Arturo muriera.
—Entonces sabía que debía sacarlo.
El operador cambió a las cámaras de llegada. El tren entró en Madrid a las diez y cuatro. Los pasajeros comenzaron a bajar.
La mujer apareció entre dos hombres con maletas.
Seguía llevando el abanico.
Pero ya no llevaba el estuche.
Ferrer avanzó fotograma a fotograma. La mujer cruzó el andén, pasó junto a tres cámaras y miró a cada una. Nadie caminaba con ella.
—Busca cuándo salió del coche —ordenó.
El operador retrocedió hasta la apertura de las puertas.
La mujer se levantó de su asiento con las manos vacías.
Robles señaló la pantalla.
—El estuche no llegó a Madrid.
Ferrer cogió el teléfono para llamar a la Policía ferroviaria.
Yo seguí mirando el asiento vacío.
La mujer no había utilizado el viaje para huir.
Lo había utilizado para entregar el grabador antes de que el tren llegara a su destino.