Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Nadie tuvo que sujetarlo

El nombre de Sergio seguía abierto en la pantalla cuando Ferrer recibió la autopsia.

Las persianas ya no dejaban pasar luz directa. Sergio estaba junto a la pared, sin chaqueta. Habían registrado su maleta. Solo encontraron ropa y una carpeta vacía.

—Único autorizado —dijo Ferrer.

Sergio miró la línea de Topas.

—Autorizado para retirar un equipo. No para instalarlo.

—Tampoco para ocultarlo —respondió Robles.

Apoyé el dedo sobre la fecha de alta.

—Tres días antes de que muriera David.

Sergio retiró la silla y se sentó.

—Custodia Levante necesitaba una firma policial para trabajar dentro de la prisión.

—Y eligieron la tuya.

—Yo estaba en seguridad operativa.

Ferrer cerró el portátil.

—Eso explica por qué podía firmar. No por qué una cámara clandestina llevaba su autorización.

El cuello de la camisa se movió contra la piel.

—Arturo dijo que había un punto ciego. Quería cubrirlo sin abrir otro expediente de contratación.

—Una cámara fuera de los planos no cubre un punto ciego —dije—. Lo crea para los demás.

Sergio me miró.

—No vi ninguna imagen.

—No te he preguntado eso.

Robles colocó la fotografía del depósito junto a él.

—¿Orduña estaba presente cuando autorizó la retirada?

—Orduña no figuraba en ningún procedimiento.

—Tú tampoco figurabas en el plano.

Ferrer tomó una decisión.

—La autorización no demuestra que controlara la cámara. Pero sí que mintió sobre Arturo y sobre Topas. No sale de aquí.

Sergio apoyó las manos en las rodillas.

—¿Detenido?

—Localizable, vigilado y sin teléfono. Elija la palabra que le permita dormir.

Un golpe en la puerta cortó su respuesta. La forense entró con una carpeta marrón y dejó dos fotografías boca abajo. Olía a desinfectante. Ferrer abrió el informe por la última página.

—Dígame qué cambia.

—La muerte no empezó en el coche.

La forense giró una imagen. Arturo tenía una marca bajo el pelo.

—Se golpeó al caer. No fue la causa.

Robles acercó la fotografía.

—¿Lo empujaron?

—No hay lesiones de defensa. Ni marcas en muñecas, brazos o cuello. Nadie tuvo que sujetarlo.

Ferrer pasó una hoja.

—Entonces se dejó hacer.

—O no supo que se lo estaban haciendo.

La forense señaló un valor subrayado.

—Había un sedante en sangre. Dosis suficiente para desorientarlo y reducir su capacidad de reacción. No para matarlo.

Sergio se inclinó, pero un agente le tocó el hombro.

—Atrás.

—El corazón falló después —continuó la forense—. El alcohol y el tiempo sin asistencia hicieron el resto.

—¿Bebió por voluntad propia? —pregunté.

—No puedo preguntárselo. Pero no encontramos lesiones en la boca ni restos que indiquen que lo obligaron.

Ferrer cerró una mano sobre el informe.

—Aceptó la bebida de alguien.

—Aceptó beber —corrigió la forense—. La confianza la ponen ustedes.

Decidí volver al principio.

—¿Cuánto tardó en hacer efecto?

—Entre quince y treinta minutos para que empezara a perder coordinación.

Robles abrió la cronología.

—Arturo entró en Custodia Levante a las ocho cincuenta y siete. El coche salió a las nueve veinte.

—Veintitrés minutos —dije.

Ferrer señaló la hora.

—Pudo tomarlo al llegar.

—O antes —respondió la forense.

Sergio tocó la mesa con dos dedos.

—La reunión del hotel.

Todos lo miramos.

—Arturo estuvo allí antes de ir a la empresa. Si ya había bebido, pudo conducir sin notar todavía el efecto.

Ferrer apartó el informe.

—Acaba de recordar algo útil.

—Acabo de hacer una resta.

—Las suyas siempre llegan tarde.

La forense recogió una fotografía.

—En el estómago quedaban restos de comida, alcohol y una bebida con cítricos. No puedo identificar dónde la tomó, pero no era solo whisky.

Robles anotó la palabra.

—¿Vaso o botella?

—Eso pertenece a la escena, no al cuerpo.

Ferrer se levantó.

—Volvemos a hablar con Nuria.

Sergio intentó ponerse en pie.

—Yo voy.

El agente lo devolvió a la silla.

—Usted va a aprender a esperar —dijo Ferrer.

Nuria nos recibió en el despacho de su padre con las ventanas abiertas. El ruido de la avenida entraba a golpes. Habían retirado la caja fuerte, pero el rectángulo limpio seguía en la pared.

—Pensé que habían terminado de registrar —dijo.

Ferrer dejó la autopsia sobre la mesa.

—Ahora registramos respuestas.

Nuria miró la carpeta sin tocarla.

—Ya les dije que no vi a mi padre esa noche.

—Dijo que llevaba semanas sin hablar con él fuera de reuniones —respondió Robles.

—Es lo mismo.

Me acerqué al mueble de bebidas. Dos botellas. Cuatro vasos. Una jarra vacía con una rodaja seca pegada al cristal.

Nuria siguió mi mano.

—Eso lo utiliza todo el personal.

—Tu padre también.

—Cuando estaba aquí.

Ferrer abrió el informe.

—Arturo fue sedado antes de salir del edificio.

Nuria no retrocedió. Solo apretó el pulgar contra el anillo.

—Entonces Marcos tuvo tiempo.

—Marcos entró para robar —dije.

—Y ustedes le creen.

—Cuando podemos comprobarlo.

Nuria soltó una risa corta.

—A mi padre le encantaban los hombres que parecían culpables antes de abrir la boca.

Robles acercó una silla, pero Nuria no se sentó.

—¿Qué bebía Arturo en las reuniones?

—Whisky.

—Había cítricos.

—Entonces tomaría otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

Nuria miró la jarra.

—Agua con limón. Decía que así bebía menos alcohol.

Ferrer tocó el borde de cristal con un guante.

—¿Quién la preparaba?

—Recepción. A veces yo. A veces él.

—Anoche.

—No estaba aquí.

La frase salió demasiado rápida.

Decidí cambiar el ángulo.

—¿Cuándo supiste que estaba muerto?

—Cuando llamó la Policía.

—¿Quién llamó primero?

—No recuerdo el nombre.

—Pero preguntaste por el coche.

Nuria giró hacia mí.

—Era su coche.

Robles abrió una fotografía de la escena.

—La Policía no había dicho dónde apareció ni qué vehículo era.

El anillo dejó una marca blanca en su dedo.

—Eduardo me avisó.

—Eduardo estaba escondiendo un portátil —dijo Ferrer.

—Eso no significa que no tuviera teléfono.

Ferrer sacó el suyo.

—Vamos a comprobar la llamada.

Nuria dio un paso y golpeó la jarra con la cadera. El cristal rodó sobre la mesa. La rodaja seca cayó junto al informe.

La científica levantó una bolsa.

—No la toque.

Nuria dejó las manos abiertas.

—Es agua vieja.

La mujer embolsó la rodaja y después la jarra.

Ferrer no apartó los ojos de Nuria.

—Ha dicho que no estuvo aquí.

—No estuve.

—Pero sabía que Arturo bebía agua con limón antes de conducir.

—Era mi padre.

—Y alguien introdujo el sedante en una bebida que aceptó sin defenderse.

Nuria se volvió hacia la ventana.

—Confiar en una persona no significa quererla.

El teléfono de Robles vibró. Leyó la pantalla y me la mostró.

El registro de Eduardo no contenía ninguna comunicación con Nuria hasta después de que el cadáver fuera identificado.

Ferrer guardó silencio. Nuria seguía de espaldas.

—Eduardo no te avisó —dije.

Nuria apoyó una mano en el cristal.

—Entonces sería otra persona.

—Dame el nombre.

No respondió.

Robles recibió otro archivo. Era el registro de accesos recuperado fuera de los tres minutos borrados. Abrió la línea correspondiente a la planta de dirección.

Una tarjeta había entrado en el despacho de Arturo a las ocho cuarenta y uno.

Dieciséis minutos antes de que él llegara al edificio.

Ferrer giró la pantalla hacia Nuria.

—Ha dicho que no estuvo aquí.

Nuria miró el número de usuario.

No necesitó leer el nombre.

La tarjeta pertenecía a dirección financiera.

A ella.