Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El hombre del Cabanyal

Marcos llevaba cuatro horas esposado cuando dejó de pedir un abogado distinto.

Tenía una tira adhesiva sobre la ceja y un calcetín húmedo pegado al tobillo. Ferrer colocó su teléfono embolsado en el centro de la mesa. El plástico crujió. Marcos apartó la vista.

—La puerta interior no daba a la azotea —dijo Robles—. Daba al patio.

—Ya lo descubristeis.

—Tú también. Por eso saltaste.

Marcos movió la muñeca. La cadena chocó contra el borde metálico.

—Había seis policías en la casa.

—Cinco —dije—. El sexto era yo.

Me miró por primera vez.

—Eso empeora la cuenta.

Ferrer abrió el registro de accesos y giró la pantalla hacia él. La sesión iniciada desde su teléfono ocupaba tres líneas. Debajo aparecía el nombre de la herramienta.

ME-4.

—La creaste tú —dijo.

—La creó la empresa.

—Con tus iniciales.

—Arturo ponía nombres sencillos a las cosas que pensaba utilizar contra alguien.

Ferrer acercó una fotografía de la salida del coche. Arturo seguía inmóvil en el asiento del acompañante.

—Entraste en Custodia Levante tres minutos antes.

Marcos pasó la lengua por el labio partido.

—Entré a robar.

Robles dejó de escribir.

—Repítelo.

—Entré a robar archivos. No a matar a Arturo.

Ferrer no tocó la grabadora. Ya estaba encendida.

Decidí quitarle la salida más cómoda.

—¿Qué archivos?

Marcos hundió los hombros.

—Los que demostraban que instalábamos cámaras fuera de los planos.

—¿Dónde?

—Juzgados. Comisarías. Prisiones.

—Topas.

Su rodilla dejó de moverse.

Ferrer golpeó la mesa con un nudillo.

—Contesta.

—También Topas.

El aire olía a ropa mojada. Marcos tiró de las esposas, pero la mesa estaba anclada.

—Arturo guardaba una red paralela —continuó—. El cliente firmaba por veinte cámaras. Nosotros colocábamos veintiuna. A veces veintidós.

—¿Quién pedía las extras? —preguntó Robles.

—No figuraba en las órdenes.

—Alguien las instalaba.

—Técnicos que recibían el plano corregido el mismo día. Nadie veía el conjunto.

Ferrer deslizó el dedo hasta la descarga de ciento ochenta y seis megas.

—Esto no pesa como un conjunto.

Marcos miró la cifra.

—Es un índice.

—¿De grabaciones?

—De equipos. Ubicación, número de serie, fechas de mantenimiento y personas autorizadas para retirar copias.

La palabra quedó demasiado cerca.

—¿Dónde está? —pregunté.

—No en mi teléfono.

Ferrer se levantó y apoyó las palmas.

—Tu hermana sigue en el piso.

Marcos tensó el cuello.

—Ana no sabe nada.

—Entonces no le molestará que registremos cada habitación.

—Ya la habéis registrado.

—Buscábamos un fugitivo. Ahora buscaremos lo que robó.

Marcos cerró los ojos un segundo. Al abrirlos, me señaló con las manos unidas.

—Él sabe cómo funciona esto.

Ferrer no se volvió.

—Él no decide nada aquí.

—Por eso sigue sentado.

Me incliné hasta que la cadena dejó de sonar.

—Dime dónde está el índice.

—Primero saca a Sergio de comisaría.

Robles soltó el bolígrafo.

—Mala elección.

—No he dicho que lo liberéis. He dicho que lo saquéis de este edificio.

Ferrer rodeó la mesa.

—¿Por qué?

Marcos miró la cámara del techo.

—Porque Arturo le daba acceso.

La puerta se abrió. Un agente entregó a Ferrer una hoja recién impresa. Ella la leyó sin cambiar la cara y la dejó delante de Marcos.

—Tu llamada a Sergio duró cuarenta y siete segundos.

—No respondió él.

—La línea estaba a su nombre.

—La voz no.

Le agarré el borde de la hoja.

—¿Quién contestó?

—No se presentó.

—Entonces describe la voz.

—Hombre. Mayor. Respiraba como si acabara de subir escaleras.

Ferrer retiró la hoja de mis dedos.

—Eso sirve para media ciudad.

—Me llamó por mi nombre.

Robles cruzó una mirada conmigo.

—Marcaste tú.

—Y él sabía que estaba dentro de Custodia Levante.

La cadena volvió a golpear la mesa. Esta vez Marcos no la detuvo.

—Me dijo que dejara el archivo donde estaba. Después abrió el ascensor desde otra terminal.

Ferrer acercó la cara.

—La herramienta ME-4 desvinculó las tarjetas.

—La activé yo.

Nadie tocó nada durante un segundo.

Marcos bajó las manos.

—Quería entrar, copiar el índice y salir sin que Arturo pudiera demostrarlo. Tres minutos. Ese era el límite.

—Y alguien movió un cadáver dentro de tu ventana —dije.

—Yo vi bajar el ascensor.

—¿A quién?

—A nadie. Las puertas se abrieron y el garaje estaba a oscuras.

Ferrer señaló la fotografía.

—El coche salió un minuto después.

—Escuché el motor. Pensé que Arturo se marchaba.

—Iba sentado al lado.

—No me acerqué.

Robles empujó otra imagen. El parasol ocultaba al conductor.

—¿Hombre o mujer?

—No vi a nadie.

Ferrer recogió las fotografías.

—Has admitido acceso ilegal, robo de información y manipulación de registros. Sigues sin darme una razón para creerte en lo demás.

—Porque si hubiera matado a Arturo, no habría utilizado una herramienta con mis iniciales.

—La arrogancia también deja firma —dije.

Marcos se levantó de golpe. La mesa tembló. Un agente abrió la puerta, pero Ferrer levantó la mano.

—Siéntate.

—Tú no estabas allí —me dijo—. Solo buscas otro hombre que cargue con tu noche.

La silla cayó detrás de él.

Mi mano alcanzó su camisa antes de que terminara. Lo empujé contra la pared. La tira de la ceja se despegó por una esquina.

—Julio —dijo Robles.

Marcos sonrió con sangre en los dientes.

—Eso también lo pondrán en el informe.

Levanté el puño.

El metal de las esposas rozó mi muñeca. Vi la mano de Lucas apartando una fotografía. Necesitar a alguien no obliga a confiar en él.

Abrí los dedos.

Ferrer me separó con el antebrazo.

—Fuera.

Solté la camisa y recogí la silla. No miré a Marcos al colocarla.

—Dale acceso al índice —dije.

—No tienes nada que ordenar —respondió Ferrer.

—Él no quiere proteger a su hermana. Quiere controlar cuándo vemos los nombres.

Marcos limpió la sangre con el hombro.

Robles recogió su teléfono embolsado.

—La descarga salió de Custodia a las nueve diecinueve. Después se conectó durante once segundos a una nube privada.

El color desapareció de la cara de Marcos.

Ferrer tomó una decisión.

—Traed el portátil de Ana. Y que delitos informáticos abra la cuenta.

Marcos golpeó la mesa con ambas manos.

—No.

El agente lo sujetó por los hombros. Él intentó girarse, pisó la pata de la silla y cayó de rodillas. Ferrer no se movió.

—Contraseña —dijo.

—No sabéis qué vais a abrir.

—Por eso quiero abrirlo.

Marcos respiró contra el suelo. Después pronunció doce caracteres. Robles los anotó sin repetirlos.

El portátil llegó antes de que volvieran a colocarle otra tira en la ceja. El técnico entró, conectó el cargador y escribió la clave. Una carpeta apareció en la pantalla.

CL-RESPALDO.

Dentro había un único archivo. No era un vídeo.

Ferrer abrió el índice.

Cientos de filas llenaron la pantalla. Centros, ubicaciones, números de serie. En la última columna figuraban nombres.

Robles buscó Topas.

Aparecieron nueve instalaciones.

Ocho tenían como responsable a Arturo Benavent.

La novena no.

La fecha de alta era tres días antes del disparo. La de baja, la mañana posterior. En observaciones había una orden de retirada nunca ejecutada. Robles acercó el rostro. Yo apoyé un dedo sobre la última columna. El nombre no pertenecía a ningún técnico.

Ferrer amplió la línea.

Junto a la cámara instalada en el pasillo donde murió David figuraba un único autorizado.

SERGIO LANZA.