CAPÍTULO 11
Tres minutos borrados
La fotografía llevaba seis horas bajo plástico cuando Sergio dejó de mirarla.
—No llegaron antes que nosotros —dije.
Ferrer movió el cursor. La grabación avanzó. Un empleado abrió la galería desde dentro y levantó la persiana. Nadie corrió. Nadie vigiló la calle.
—Tampoco tenían prisa —dijo Robles.
Sergio tocó la cremallera de su maleta.
—Sabían que la llave ya no servía.
Ferrer paró el vídeo.
—¿Cómo podían saberlo?
Sergio retiró la mano.
—Arturo no confiaba en una sola cerradura.
—Pero tú sí cruzaste media España con una llave.
Decidí no dejarle otra salida.
Cogí la fotografía y la puse delante de él. Arturo aparecía sentado, más joven. Sergio tenía el pelo oscuro y una corbata estrecha. Detrás, Orduña sostenía un aparato rectangular. No se distinguía ninguna etiqueta.
—¿Cuándo?
—Hace años.
Empujé la imagen hasta golpear sus dedos.
—Eso cabe en demasiadas condenas.
Ferrer abrió el informe del laboratorio. El reverso conservaba restos de adhesivo y fibras de cartón.
—La fotografía estuvo pegada dentro de una carpeta —dijo—. No la dejaron anoche para que la encontráramos. Cayó cuando retiraron el contenido.
Robles colocó tres imágenes del depósito junto a la primera. En el suelo quedaban marcas rectangulares de polvo. Cinco. No una.
La empleada había llamado vacío a un compartimento sin cajas. Las estanterías, las etiquetas arrancadas y dos precintos rotos contaban otra cosa.
Sergio respiró por la nariz.
—Arturo guardaba contratos.
—Y algo más —dije.
Señalé el aparato que sostenía Orduña.
—No era una copia —respondió.
El borde de la fotografía se dobló bajo mi pulgar.
—Entonces ya lo habías visto.
Sergio miró a Ferrer.
—Quiero que conste que esto no tiene relación con el asesinato.
—Constará que ha decidido decirlo ahora —dijo ella.
Sergio se inclinó. La silla rozó el suelo.
—Arturo me enseñó ese equipo tres días antes de que muriera David.
El zumbido del ordenador pareció crecer.
Robles dejó el bolígrafo.
—Ha dicho que apenas conocía a Benavent.
—Dije que no hablaba con él desde hacía años.
—Primero negó conocerlo —dije.
Sergio no me sostuvo la mirada.
—Arturo quería que identificara una instalación. Orduña estaba allí porque conocía el origen del aparato.
—Un muerto consultando a un policía sobre cámaras clandestinas —dijo Ferrer—. Una reunión corriente.
Sergio golpeó la mesa con un dedo.
—No sabía qué habían grabado.
—Pero impediste que lo entregaran.
La mandíbula se le endureció.
—Pedí tiempo.
—David murió tres días después.
La frase quedó entre los dos. Sergio cogió el vaso de agua. No bebió.
Ferrer tomó una decisión.
—Queda en dependencias hasta que comprobemos cada palabra.
—No estoy detenido.
—Todavía no.
Un técnico abrió la puerta sin llamar. Llevaba una tableta y una bolsa con el teléfono de Marcos Esteve.
—Hemos recuperado el registro de administración.
Ferrer apartó el café.
—Empieza por los tres minutos.
El técnico conectó la tableta al monitor. A las nueve y diecisiete, el teléfono de Marcos autenticó una sesión remota. Un minuto después se ejecutó una herramienta antigua: ME-4.
—La creó Esteve —dijo—. Mantenimiento de emergencia, versión cuatro.
—¿Borraba cámaras? —preguntó Robles.
—No. Desvinculaba los accesos.
En la pantalla aparecieron dos columnas. Hora. Tarjeta. Durante ciento ochenta segundos, la segunda quedó vacía.
—Las puertas siguieron registrándose —continuó—, pero el sistema dejó de asociar cada apertura con una identidad.
Ferrer amplió las líneas.
—¿Qué puertas?
—El ascensor de carga y el acceso interior al garaje.
Dos aperturas. Nueve dieciocho. Nueve diecinueve.
El coche de Arturo salió a las nueve veinte.
Apoyé ambas manos en la mesa.
—No borraron la salida.
—Ocultaron quién bajó con él —dijo Robles.
El técnico tocó otra línea.
—También descargaron un archivo de ciento ochenta y seis megas. La transferencia terminó ocho segundos antes de que el vehículo cruzara la verja.
Sergio levantó la cabeza.
—¿Desde qué servidor?
—Archivo técnico dos.
—Ese nombre no existía cuando yo conocí la empresa.
Ferrer giró hacia él.
—Tiene una memoria selectiva muy útil.
Yo seguí mirando las horas. Tres minutos exactos. No una avería. No un fallo. Una ventana fabricada para que los hechos sobrevivieran sin nombres.
La hora de una llamada. La llegada de una patrulla. Un intervalo desplazado en mi expediente.
Robles me tocó el antebrazo.
—Julio.
Aparté las manos.
—Quiero saber cuántas veces se utilizó ME-4.
El técnico introdujo una búsqueda.
—Veintisiete desde que se creó.
—¿En qué instalaciones?
La lista empezó a cargarse. Juzgados. Centros de menores. Dos comisarías. Cuatro prisiones.
Una línea apareció cerca del final.
CENTRO PENITENCIARIO TOPAS.
Sergio se levantó. Ferrer le cerró el paso con la palma.
—Siéntese.
—La herramienta no demuestra quién la utilizó.
—Demuestra que reconoce el problema —dije.
—Demuestra que sé leer una pantalla.
Decidí no seguirle.
Señalé el teléfono embolsado.
—Marcos pudo activar la herramienta. También cualquiera con su certificado.
El técnico negó.
—El certificado necesitaba una confirmación desde el móvil.
Ferrer cogió la bolsa.
—Entonces estuvo en Custodia Levante.
—Su teléfono estuvo —dije.
—Y llamó a Sergio.
—Durante cuarenta y siete segundos.
Ferrer se acercó hasta que la bolsa quedó entre nosotros.
—¿Vas a absolverlo antes de encontrarlo?
Laura había utilizado casi las mismas palabras. El plástico crujió bajo los dedos de Ferrer.
—Voy a preguntarle por qué alguien utilizó su nombre para abrir dos puertas.
—O por qué las abrió él —dijo Robles.
El técnico deslizó otra carpeta en la pantalla.
—Hemos recuperado su expediente laboral. Pons borró los contactos de emergencia del servidor principal, pero había una copia en el portátil intervenido.
Ferrer leyó el primer nombre.
—Ana Esteve. Hermana.
—Dirección en el Cabanyal —añadió el técnico.
Robles ya estaba guardando las fotografías.
—Pide vigilancia.
—No —dije.
Ferrer alzó la vista.
—No sabemos si Marcos controla todavía el móvil ni quién puede avisarlo. Entramos antes de que una patrulla se quede mirando su portal.
Ferrer sostuvo la bolsa unos segundos. Después llamó a dos agentes y dejó a Sergio en la sala, con otros dos frente a la puerta.
El cielo empezaba a aclararse cuando llegamos al Cabanyal. La fachada tenía desconchones alrededor de los balcones. Una persiana golpeaba arriba con cada ráfaga.
Ferrer pulsó el timbre. Nadie respondió.
Robles llamó con los nudillos.
—Ana Esteve. Policía.
Dentro cayó algo. Un golpe breve. Después, silencio.
Ferrer hizo una seña al agente de la cerradura. La puerta se abrió al segundo intento.
El piso olía a humedad cerrada. Una silla estaba volcada junto a la mesa. En el pasillo, unas huellas húmedas avanzaban hacia la escalera interior.
—Atrás —ordenó Ferrer.
Toqué la pared. El yeso seguía mojado donde una mano había resbalado.
Las pisadas no iban hacia la salida.
Subían.
Le quité el seguro a la linterna.
Arriba crujió una tabla.
Ferrer levantó el arma.
—Marcos, baja con las manos visibles.
Una sombra cruzó el hueco de la claraboya.
Robles señaló el último tramo.
—Está en la azotea.
Negué.
El polvo del escalón superior estaba intacto. Las huellas terminaban antes, junto a una puerta estrecha sin pomo.
Me acerqué. Al otro lado, alguien contenía la respiración.
Puse la mano sobre la madera.
—No ha subido.
La puerta se abrió de golpe.