Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 10Sergio llega a Valencia
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CAPÍTULO 10Sergio llega a Valencia

Sergio llega a Valencia

Sergio estaba sentado frente a Ferrer cuando llegué a comisaría.

Había dejado una maleta pequeña junto a la pared. La camisa conservaba dos pliegues verticales y una mancha oscura junto al puño. No parecía haber pasado por un hotel.

—Te dije que no salieras de Salamanca —dijo Ferrer.

—Dijiste que no me moviera de la ciudad.

—Eso suele significar lo mismo.

Sergio miró hacia mí.

—Necesitaba hablar con Julio.

—Entonces habrías llamado.

—No contesta cuando la conversación no le conviene.

Cerré la puerta con el talón.

—Has tardado poco en encontrarme.

Ferrer colocó sobre la mesa un registro interno. Alguien había solicitado los datos preliminares sobre la muerte de Arturo Benavent antes de que su identidad apareciera en la nota oficial.

Usuario retirado. Sergio Lanza.

—La petición salió a las seis y doce —dijo Ferrer—. El cadáver fue identificado a las seis y diecinueve.

Sergio tomó la hoja por una esquina.

—La hora del sistema puede estar mal.

—Siete minutos mal y justo a tu favor.

Robles entró con la bolsa de la etiqueta. COPIA DOS seguía visible bajo el plástico.

Sergio apartó la mirada demasiado tarde.

Decidí no preguntarle por Arturo.

—¿Qué significa?

—Dos palabras.

—Las has reconocido.

—Sé leer.

Robles dejó la bolsa entre nosotros.

—¿Sabías que Benavent guardaba un grabador?

—Guardaba muchas cosas.

Ferrer se inclinó hacia delante.

—Acabas de admitir que lo conocías.

Sergio soltó la hoja.

—Conocía su trabajo.

—Clara dice que conocías al hombre.

Su mandíbula se tensó.

—Clara escucha conversaciones que no le corresponden.

Di un paso.

—La conversación ocurrió delante de mi casa.

—Y no entré.

—Eso no te vuelve prudente.

Ferrer golpeó la mesa con dos nudillos. No fuerte. Bastó.

—¿Cuándo conoció a Arturo Benavent?

Sergio miró la maleta.

—Durante unas obras en Topas.

—Fecha.

—No la recuerdo.

—Todos olvidáis lo mismo —dijo Robles—. Las horas, las fechas y lo que había dentro de las cajas.

Sergio deslizó la lengua por el labio inferior.

—Custodia Levante sustituyó equipos. Yo coordinaba incidencias.

—¿Qué equipos? —pregunté.

—Control de accesos. Cámaras. Alarmas.

—¿El HVR-8?

La bolsa crujió bajo los dedos de Robles.

—No sé qué modelo utilizaban.

—Has mirado la etiqueta como si faltara algo.

—Falta el aparato.

Ferrer decidió separar las dos investigaciones.

Pidió a Robles que comprobara la solicitud anticipada de información. Ella se ocuparía de Benavent. Yo no debía intervenir hasta que Sergio terminara una respuesta.

—Podrías haberme dejado en Salamanca —dije.

—Todavía puedo mandarte allí.

Robles salió con el registro.

Ferrer colocó una fotografía de Arturo frente a Sergio.

—¿Cuándo habló con él por última vez?

—Hace años.

—Marcos Esteve le llamó anteayer.

—Marcos no es Arturo.

—No le he preguntado eso.

Sergio frotó la mancha del puño. No desapareció.

—Marcos quería vender información.

—¿Qué información?

—Expedientes viejos.

—¿De quién?

—No llegó a decirlo.

—Cuarenta y siete segundos dan para varios nombres.

Sergio levantó la vista.

—Dijo Barral.

La cicatriz de mi mano tiró al cerrar el puño.

—¿Qué tenía sobre mí?

—Quería dinero antes de enseñarlo.

—¿Y se lo diste?

—No.

—Por eso preguntaste si seguía vivo.

Sergio tardó en responder.

—Porque sonaba asustado.

Ferrer acercó la grabadora.

—¿De quién?

—No lo dijo.

—¿Qué escuchó detrás?

Sergio negó.

—Tráfico. Una puerta metálica.

La nave tenía una.

También Custodia Levante.

Ferrer eligió una dirección distinta.

—¿Por qué pidió información sobre el cadáver antes de que estuviera identificado?

Sergio miró la fotografía de Arturo.

—Me avisaron de que habían encontrado un coche.

—¿Quién?

—Un antiguo compañero.

—Nombre.

—No está relacionado.

Ferrer retiró la fotografía.

—Entonces no le importará que lo comprobemos.

Sergio apretó los labios.

—Javier Nieto. Policía portuaria.

Ferrer salió para localizarlo. Nos dejó solos con una cámara encendida detrás del cristal.

Sergio tocó la bolsa de la etiqueta. No llegó a moverla.

—No deberías haber venido —dije.

—Eso me dijo Clara.

—Clara suele reconocer las malas decisiones antes que nosotros.

—No me incluyas en tu familia.

—Fuiste tú quien apareció en la puerta.

Sergio bajó la voz.

—Si Arturo tenía una segunda copia, alguien buscará la primera.

—¿De qué?

—No lo sé.

—Has cruzado media España por algo que no sabes.

—He cruzado media España porque Marcos utilizó tu nombre y Arturo está muerto.

—Siempre llegas después de que alguien cae.

La silla de Sergio chirrió. Se levantó, pero la cámara seguía grabando.

—Ten cuidado.

—Esa frase tampoco te pertenece ya.

La puerta se abrió. Ferrer entró con Robles.

—Javier Nieto niega haberle avisado —dijo.

Sergio no se sentó.

—Entonces se está protegiendo.

—O usted acaba de darnos un nombre para perder tiempo.

Robles sostuvo una impresión.

—La solicitud de información no salió de una cuenta antigua. Alguien reactivó sus credenciales ayer.

—Yo no puedo hacer eso —dijo Sergio.

—Desde fuera, no.

—¿Desde dónde? —pregunté.

Robles dejó la hoja sobre la mesa.

—Desde una terminal de Custodia Levante.

El aire me raspó la garganta.

Ferrer señaló la silla.

—Ahora vuelve a sentarse.

Sergio obedeció.

—Alguien utilizó mi usuario.

—Alguien que sabía que preguntaríamos por usted —dijo Ferrer.

—O alguien que quería que llegara a Valencia.

Miré la maleta.

—Y funcionó.

Sergio apoyó los antebrazos.

—No vine por una solicitud.

—Entonces dilo de una vez —dije.

Sacó una llave pequeña del bolsillo. Cabeza verde.

Igual que la encontrada en el escritorio de Arturo.

Ferrer se la quitó antes de que pudiera dejarla sobre la mesa.

—¿De dónde ha salido?

—Me la dio Benavent.

—Ha dicho que no hablaba con él desde hacía años.

—Me la envió hace una semana.

—¿Por correo?

—Con un mensajero identificado. Tengo el justificante.

Por una vez, no había anonimato ni sombra. Solo una empresa de reparto y una firma que podía comprobarse.

—¿Qué abre? —preguntó Robles.

Sergio miró la bolsa de COPIA DOS.

—Un depósito.

—¿Dónde?

—Valencia.

Ferrer pidió la dirección.

Sergio negó.

—Primero quiero hablar con Julio.

—Ya lo está haciendo.

—A solas.

Ferrer guardó la llave.

—Eso no ocurrirá.

Saqué mi teléfono antes de pensarlo demasiado.

—Entonces hablarás con Laura.

Sergio se quedó inmóvil.

Marqué yo. Laura respondió con ruido de platos al fondo.

—¿Ha pasado algo?

—Sergio está conmigo.

No preguntó dónde.

—Pon el altavoz.

Lo hice.

Laura respiró una vez.

—¿Conocías a Arturo antes de que muriera David?

Sergio miró la cámara del techo.

—Sí.

—¿Julio lo sabía?

—No.

—¿Le ocultaste también la llave?

—Intentaba evitar que—

—No digas que era por él.

La voz de Laura se quebró apenas y volvió más baja.

—Esa frase ya la has utilizado.

Sergio tocó el borde de la mesa.

—El depósito contiene documentos.

—¿Sobre David? —preguntó ella.

—Puede.

—Eso significa que no lo sabes o que no quieres decirlo.

Sergio no contestó.

Laura tampoco insistió.

—Julio, no vayas solo.

—No pensaba hacerlo.

Ferrer me miró. No parecía convencida.

La llamada terminó sin despedidas.

Sergio dio la dirección. Una galería de depósitos privados cerca de la estación del Norte. La llave abría el compartimento 318.

Ferrer movilizó a dos agentes y pidió autorización de entrada. Robles comprobó el justificante del mensajero.

La entrega existía.

Remitente: Arturo Benavent.

Fecha: tres días antes de morir.

—¿Por qué no la enseñaste antes? —pregunté.

Sergio recogió la maleta.

—Porque Arturo escribió una condición.

Sacó del bolsillo interior una tarjeta doblada. Ferrer la abrió con guantes.

La letra era firme. Solo había una frase.

ENTREGAR A JULIO BARRAL CUANDO APAREZCA LA SEGUNDA COPIA.

Robles levantó la vista.

—La etiqueta no es una pista para nosotros.

Sergio miró hacia la puerta.

—Es una señal para mí.

El teléfono de Ferrer sonó. Escuchó sin interrumpir.

Después guardó la llave verde en una bolsa nueva.

—Llegamos tarde.

—¿Al depósito? —pregunté.

—Al compartimento 318.

Una empleada acababa de encontrarlo abierto.

Dentro no quedaban documentos.

Solo una fotografía de Arturo Benavent sentado frente a Sergio.

Y, detrás de los dos, Julián Orduña sostenía la primera copia.