CAPÍTULO 9La caja vacía
La caja vacía
La caja fuerte estaba abierta cuando entramos en el despacho de Arturo.
No tenía golpes ni marcas alrededor de la cerradura. La puerta formaba un ángulo recto con la pared y ocultaba parte de una estantería. Dentro solo quedaban polvo, cuatro tornillos sueltos y una etiqueta plateada pegada al fondo.
Ferrer impidió que me acercara con el brazo.
—Primero científica.
—Ya está abierta.
—Y seguirá estándolo sin tus dedos.
Robles se agachó junto al escritorio. Había una taza limpia sobre una bandeja y una franja rectangular sin polvo entre dos archivadores. Algo había ocupado ese espacio hasta poco antes.
—Falta un ordenador —dijo.
La administrativa que esperaba en la puerta negó con rapidez.
—El señor Benavent trabajaba con portátil.
—¿Dónde está? —preguntó Ferrer.
—No lo sé.
La mujer se llamaba Marta Prats. Llevaba quince años en Custodia Levante y seguía llamando señor Benavent a un hombre muerto. Sus manos sujetaban una tarjeta de acceso que la Policía ya había anulado.
Ferrer decidió separar las preguntas.
Mandó a Robles con Marta al despacho contiguo. Yo me quedé junto a la ventana mientras la científica fotografiaba el interior de la caja y levantaba la etiqueta con una espátula.
—¿Qué pone? —pregunté.
La técnica giró la bolsa sin entregármela.
HVR-8. Número de serie 47-1963-L.
—¿Un grabador? —dijo Ferrer.
—Ocho canales. Almacenamiento local. Modelo antiguo.
—¿Vídeo?
—También accesos, alarmas o pruebas de señal. Depende de cómo estuviera configurado.
Ferrer me miró antes de que hablara.
—No sabemos qué grababa.
—Pero alguien quiere que preguntemos.
La técnica señaló el rectángulo más claro alrededor de la etiqueta.
—La despegaron de otro equipo. El adhesivo es reciente.
—¿La dejaron hoy?
—He dicho reciente.
El borde metálico reflejó la luz del techo. Ninguna palabra mencionaba Topas, David ni C-17. Solo un modelo y un número suficientemente precisos para seguirlos.
Tomé una decisión.
—No busquemos el equipo todavía. Busquemos quién abrió la caja.
Ferrer levantó una ceja.
—Por fin una pregunta que no contiene tu nombre.
El cerrajero de la empresa llegó media hora después. Se arrodilló ante el teclado y retiró una tapa inferior. El mecanismo guardaba las últimas cien aperturas, pero no identificaba usuarios.
—Dos accesos ayer —dijo—. Veintiuna cero cuatro y veintidós catorce.
Robles regresó al oírlo.
—Arturo entró en el edificio a las ocho cincuenta y siete.
—Pudo abrirla a las nueve y cuatro —dije.
—¿Y la segunda vez? —preguntó Ferrer.
El cerrajero pulsó otra tecla.
—Mismo código.
—¿Quién lo conocía?
Marta apareció detrás de Robles.
—Arturo.
—Solo Arturo no es una lista —dijo Ferrer.
La mujer frotó la tarjeta entre los dedos.
—Nuria lo sabía. Eduardo también, aunque fingía que no.
—¿Marcos?
—Lo cambió después de despedirlo.
Ferrer ordenó comprobar cuándo se modificó el código y quién solicitó el servicio. El cerrajero encontró la fecha en su tableta.
Dos meses antes.
El día siguiente al despido de Marcos.
—Eso lo deja fuera —dijo Marta.
—Lo deja sin el código —corrigió Robles.
Abrí uno de los cajones del escritorio con autorización. No había carpetas sobre prisiones. Solo bolígrafos, tarjetas de restaurantes y una llave pequeña con una cabeza verde.
Ferrer la embolsó.
—¿De qué es?
Marta la reconoció.
—Del armario de copias.
—¿Dónde?
La administrativa señaló la estantería cubierta por la puerta de la caja. Detrás había un panel estrecho. La llave abrió una cerradura que casi no se veía.
Dentro encontramos fundas de discos, cables etiquetados y huecos numerados. El siete y el ocho estaban vacíos.
Robles tocó la pegatina situada bajo el último.
HVR-8.
—La caja no guardaba normalmente ese grabador —dijo—. El armario sí.
—Y alguien dejó dentro su etiqueta —añadí.
Ferrer observó ambos espacios.
—O Arturo la dejó para recordar qué faltaba.
—Arturo sabía leer inventarios.
—Y tú sabes convertir cualquier objeto en una provocación.
La científica midió los huecos. Uno correspondía al tamaño de una unidad portátil. El otro, a una caja de discos.
Marta apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—Eso estaba lleno la semana pasada.
Ferrer giró hacia ella.
—¿Lo vio?
—Arturo me pidió que buscara una factura. Abrió el armario delante de mí.
—¿Qué había?
—Una máquina negra y una caja gris. No las toqué.
—¿Vio una carpeta marrón?
Marta negó.
Robles le enseñó la fotografía del hotel. La carpeta C-17 aparecía bajo el brazo de Orduña.
—¿Esta?
La mujer acercó la cara.
—Arturo la guardaba en la caja fuerte.
—¿La vio ayer?
—Por la mañana.
—¿Y después de la reunión?
Marta soltó la tarjeta. Cayó sobre la moqueta sin ruido.
—Volvió enfadado. Me mandó a casa.
—¿A qué hora?
—Antes de las nueve.
—¿Estaba Nuria?
—En su despacho.
—¿Eduardo?
—Dijo que se iba a cenar con un cliente.
Ferrer decidió intervenir los registros de aparcamiento y la agenda de Pons. También pidió la ubicación del teléfono de Marta, no porque la considerara sospechosa, sino porque había aprendido a no regalar excepciones.
La mujer recogió su tarjeta.
—Yo no volví.
—Entonces será fácil demostrarlo —dijo Ferrer.
Mientras los agentes desmontaban el armario, salí al pasillo y llamé a Clara. Esta vez el teléfono vibró en su casa, no en mi bolsillo.
Contestó Martina.
—Papá.
—Hola.
—Estoy comiendo yogur.
Oí la cuchara rozar el vaso.
—No manches la pared.
—Ya no.
Clara tomó el teléfono.
—Eso ha sonado a orden desde otra ciudad.
—No ha funcionado mejor cuando estaba allí.
Al fondo, una puerta se cerró. Miré el despacho de Arturo.
—Hemos encontrado una caja vacía y la etiqueta de un grabador.
Clara no respondió enseguida.
—¿Sabes qué grababa?
—No.
—¿Sabes quién se lo llevó?
—Tampoco.
—Eso son dos respuestas.
Apoyé el hombro contra la pared.
—Puede afectar a lo de David. No puedo garantizar que se quede en Valencia.
—¿Puede llevar a alguien hasta nosotros?
—No lo sé.
La cuchara volvió a rozar el vaso.
—Eso no es protección.
—Es la verdad.
—Entonces mándame la dirección del hotel y el contacto de Ferrer. Y habla con Lucas esta noche.
Abrí el teléfono y envié ambos datos.
—Ya está.
—Bien.
No añadió nada más. Tampoco hacía falta.
Cuando regresé, Ferrer había colocado una línea temporal sobre el escritorio. Arturo abrió la caja a las nueve y cuatro. Su coche salió a las nueve y veinte. La segunda apertura ocurrió cincuenta y cuatro minutos después.
—Alguien volvió por lo que dejó —dije.
—O alguien esperó a que saliera —respondió Robles.
El cerrajero levantó la mano.
—Hay algo más. La puerta tiene sensor de peso.
Ferrer se acercó.
—¿Qué registra?
—No el contenido exacto. Solo variaciones grandes para detectar que queda mal cerrada.
Conectó otro lector. La primera apertura añadió cuatro kilos y ochocientos gramos. La segunda los retiró.
Arturo había guardado algo antes de salir.
Alguien lo sacó después de que su coche abandonara el edificio.
Ferrer pidió la lista de tarjetas activas a las diez y catorce. El sistema devolvió un único usuario dentro de las oficinas.
Nuria Benavent.
—Eso no demuestra que abriera la caja —dijo Robles.
—Demuestra que todavía estaba aquí —respondió Ferrer.
Un agente entró con el registro del ascensor.
A las diez y dieciséis, la cabina de carga había bajado desde la planta de Arturo hasta el garaje. Nadie utilizó una tarjeta para llamarla.
—Tiene un mando interno —dijo Marta desde la puerta—. Arturo guardaba uno.
—¿Dónde? —pregunté.
La administrativa señaló la caja fuerte vacía.
Ferrer pidió que revisaran el hueco del mando y las huellas del ascensor.
La científica regresó con la bolsa de la etiqueta. Bajo el adhesivo había aparecido una segunda inscripción, hecha con rotulador antes de arrancarla del aparato.
No era C-17.
Eran dos palabras.
COPIA DOS.