Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 8Contratos de Topas
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CAPÍTULO 8Contratos de Topas

Contratos de Topas

El número de Sergio llevaba tres horas escrito en la pizarra.

Nadie lo había llamado todavía.

Ferrer había colocado debajo una línea de tiempo: salida del coche, conexión desde el teléfono de Marcos, llamada de cuarenta y siete segundos. Robles revisaba las cajas incautadas en la nave. Yo seguía de pie.

—Llámalo —dije.

Ferrer no levantó la cabeza.

—Cuando sepamos qué preguntarle.

—Sabemos que habló con Marcos.

—Sabemos que un teléfono registrado a nombre de Marcos llamó al suyo.

—Empiezas a parecerte a un abogado.

—Y tú sigues pareciéndote a una condena anulada.

Robles sacó una carpeta amarilla de la caja. El cartón estaba blando en los bordes. Dentro había facturas de mantenimiento, partes de trabajo y hojas con sellos de empresas distintas.

—Aquí hay algo —dijo.

Dejó tres documentos sobre la mesa. Los servicios parecían iguales: sustitución de cableado, actualización de almacenamiento y mantenimiento de cámaras. Tres fechas consecutivas. Tres sociedades diferentes.

Ferrer acercó la lámpara.

—¿Mismo centro?

Robles señaló el código.

—CP-L-4.

El aire me rozó la cicatriz de la mano.

—Topas.

—Puede ser cualquier centro de León —dijo Ferrer.

—No utilizaban ese código en cualquier centro.

—¿Cómo lo sabes?

Toqué la segunda factura.

—Porque lo escribí en informes durante años.

Ferrer pidió al agente de documentación que comprobara el código. Mientras esperaba, Robles separó una hoja grapada al último parte.

La empresa facturante era Seguridad Integral del Noroeste.

Disuelta.

—¿Quién cobraba? —pregunté.

Ferrer buscó el CIF en el sistema.

—Una sociedad sin empleados, creada nueve meses antes y cerrada después del servicio.

—Pantalla.

—Sociedad instrumental —dijo Robles.

—Eso aún hay que demostrar.

El agente regresó con una impresión.

—CP-L-4 era Topas.

Ferrer tachó una duda en la pizarra. Después señaló el teléfono de Sergio.

—Ahora sí.

Tomó una decisión.

Robles haría la llamada. Ferrer escucharía sin intervenir. Yo debía permanecer en silencio.

—Eso último no va a durar —dije.

—Haz que dure cuarenta y siete segundos.

Robles marcó.

Sergio contestó al cuarto tono.

—Elisa.

No preguntó quién llamaba. Tampoco por qué.

Robles activó el altavoz.

—Necesito que identifiques una empresa.

—No estoy trabajando.

—No te he preguntado por tu horario.

Sergio soltó aire.

—Dime.

—Seguridad Integral del Noroeste.

Hubo un golpe al otro lado. Como una taza dejada demasiado deprisa.

—No me suena.

Robles giró la factura hacia mí.

—Custodia Levante.

Esta vez el silencio cambió. No fue largo. Fue medido.

—Instalaban equipos —dijo.

—¿Dónde?

—En muchos sitios.

—Topas.

Sergio tardó más.

—Puede ser.

Ferrer escribió una palabra en la pizarra: RECONOCE.

Me acerqué al teléfono.

—¿Qué hicieron allí?

Robles me lanzó una mirada, pero ya era tarde.

Sergio no se sorprendió al oírme.

—Sabía que estabas escuchando.

—No responde.

—Porque no lo recuerdo.

—Recuerdas la empresa.

—Recuerdo un nombre.

—Marcos Esteve también te recordó anoche.

El bolígrafo de Ferrer se detuvo.

Sergio bajó la voz.

—¿Está vivo?

Nadie habló.

Robles se inclinó hacia el teléfono.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque no me llamó para felicitarme.

—¿Qué quería?

—Dinero.

Ferrer escribió otra palabra: MOTIVO.

—¿A cambio de qué? —pregunté.

—De no utilizar mi nombre.

—Ya lo utilizó.

—Contigo siempre termina utilizándose.

La frase me tensó los dedos.

—¿Qué sabía Marcos sobre Topas?

—Pregúntaselo.

—Ha desaparecido.

Sergio no respondió.

Robles pasó la hoja siguiente. Había una anotación a lápiz en el margen.

Cambio de soporte autorizado. Avisar a S. L.

—¿Tus iniciales? —preguntó.

—Hay mucha gente con iniciales.

—En el expediente original de David solo aparece un Sergio Lanza.

—Entonces ya tienes la respuesta que buscabas.

Ferrer negó con la cabeza. Quería que Robles no aceptara la provocación.

—¿Autorizaste un cambio de soporte de grabación? —preguntó ella.

—No recuerdo ese trabajo.

—No te he preguntado si lo recuerdas.

—Y yo no voy a confirmar una anotación que no he visto.

Robles tomó una fotografía y se la envió desde su número oficial.

El teléfono de Sergio vibró al otro lado.

Pasaron varios segundos.

—No es mi letra —dijo.

—Nadie ha dicho que lo sea.

—Pero queréis que sea mi autorización.

—Queremos saber por qué debían avisarte.

—Tal vez porque llevaba incidencias.

—¿De cámaras?

—De seguridad interna.

Miré la fecha.

Tres días antes de la muerte de David.

—¿Qué incidencia?

—No lo sé.

—Mientes.

Ferrer me señaló la puerta.

No me moví.

—Marcos te llamó desde Custodia Levante —continué—. Benavent salió muerto de allí. Y ahora aparece tu nombre en una factura de Topas.

—Aparecen dos letras.

—Te bastaron menos para dejar que me condenaran.

Sergio guardó silencio.

Después dijo:

—No llames culpable a alguien solo porque la historia se parece a la tuya.

Laura había usado casi las mismas palabras.

La boca se me secó.

Ferrer se acercó al teléfono.

—¿Dónde está usted ahora?

—En Salamanca.

—No se mueva de la ciudad.

Sergio soltó una risa breve.

—¿Es una orden?

—Todavía no.

—Entonces haga que lo sea.

Cortó.

Ferrer desactivó el altavoz.

—Te he pedido silencio.

—Y él ha confirmado que conocía el contrato.

—Ha confirmado que conocía la empresa.

—Preguntó si Marcos seguía vivo.

—Eso sí importa —dijo Robles.

Ferrer escribió la pregunta en la pizarra.

¿POR QUÉ TEME POR MARCOS?

Después ordenó pedir los movimientos de Sergio, conservar el registro de la llamada y comprobar quién era el responsable de incidencias en Topas.

—No voy a detenerlo por dos iniciales —dijo.

—No te lo he pedido.

—Lo estabas haciendo sin palabras.

Robles siguió revisando las facturas. Encontró un parte con la misma fecha, pero distinto concepto.

Retirada de unidad defectuosa.

No indicaba número de serie ni destino.

—Aquí falta el albarán —dijo.

Buscamos en la caja.

No estaba.

Ferrer pidió el inventario digital. El archivo correspondiente aparecía vacío. No borrado. Creado sin contenido.

—Alguien abrió el registro para dejar constancia de que existía —dijo Robles—, pero no escribió qué se retiró.

—O nunca llegó a hacerse el trabajo —respondió Ferrer.

Señalé el pago.

—Lo cobraron.

—Eso demuestra que facturaron.

—No que instalaran nada —añadió Robles.

La misma distinción que Ferrer había repetido desde la Marina.

Cogí la factura. En la parte inferior aparecía el sello de recibido del centro penitenciario. La firma era ilegible.

—Necesitamos el original de Topas.

—Ya lo he pedido —dijo Robles.

—No por correo.

—No todos resuelven las cosas entrando por una puerta cerrada.

Mi teléfono vibró.

Lucas.

Miré a Ferrer. Ella siguió escribiendo.

Salí al pasillo antes de contestar.

—Hola.

—Mamá dice que has encontrado algo de David.

La voz de Clara sonó detrás.

—He dicho que estabas trabajando en ello.

—No es lo mismo —respondió Lucas.

Apoyé la espalda contra la pared.

—Hay contratos de cámaras en Topas.

—¿De aquella noche?

—De la misma semana.

—¿Y Sergio?

Dentro de la sala, Robles volvió a marcar su número. Se oyó el primer tono a través de la puerta.

Lucas también lo oyó.

—Está ahí.

—No.

—Pero sigues hablando con él.

—Porque puede saber qué pasó.

—También sabía lo que te hicieron.

El segundo tono atravesó la pared.

—Lo necesito —dije.

Lucas no contestó enseguida.

—Necesitar a alguien no obliga a confiar en él.

La puerta se abrió. Robles me tendió otra factura.

Mismo código. Mismo servicio. Una fecha posterior a la muerte de David.

—Tengo que dejarte.

—Eso también lo dices mucho.

La llamada terminó.

Volví a la mesa. La segunda factura no correspondía a una reparación.

Regularización de retirada.

Ferrer la giró hacia la luz.

—Pagaron dos veces por llevarse el mismo equipo.

Robles señaló el sello inferior.

En la primera hoja, la recepción estaba firmada por un funcionario de Topas.

En la segunda, por una empresa externa.

Custodia Levante había retirado una unidad de grabación tres días antes de la muerte de David.

Y había cobrado de nuevo por retirarla cuatro días después.