Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 7El técnico expulsado
18%

CAPÍTULO 7El técnico expulsado

El técnico expulsado

Marcos Esteve había desaparecido antes de que Pons terminara de acusarlo.

Ferrer dejó sobre la mesa el informe del despido. Seis páginas firmadas por Arturo Benavent. Acceso indebido, copia de archivos y amenazas contra la dirección.

Pons mantenía las manos entre las rodillas.

—Preguntó por Barral —dijo.

—¿Cuándo? —preguntó Robles.

—Hace dos meses.

Me acerqué.

—¿Qué quería saber?

Pons miró la pulsera que científica le había retirado.

—Por qué Arturo guardaba su expediente.

Ferrer golpeó el informe con un dedo.

—Estábamos hablando de Marcos.

—Es lo mismo.

—Todavía no.

Pons se inclinó hacia ella.

—Encontró C-17. Copió parte del archivo y empezó a hacer preguntas. Arturo lo echó antes de que pudiera llevarse el resto.

Robles abrió la carpeta por la última página.

—Este informe se registró dos días después del despido.

—Administración tarda.

—Arturo no.

Pons movió la mandíbula. Ferrer pidió el audio de la amenaza. Un agente colocó un teléfono sobre la mesa y pulsó la pantalla.

La voz de Marcos salió entre ruido de tráfico.

—Cuando se sepa lo que guardas, no te salvará ni tu hija.

Después, Arturo respondió:

—Acabas de terminar de cavar.

El archivo se cortaba ahí.

—¿Dónde está el resto? —pregunté.

—No había más —dijo Pons.

—Alguien detuvo la grabación justo cuando contestaba Arturo.

—Pregúnteselo a Marcos.

Ferrer tomó una decisión.

Ordenó registrar su domicilio, localizar su coche y bloquear cualquier salida a su nombre. Pons seguiría detenido hasta que explicara quién había utilizado la cuenta operaciones dos.

—Yo ya he explicado lo que sé.

—Has repartido nombres —dijo Ferrer—. No es lo mismo.

Salimos al pasillo. Robles guardó una copia del despido en su carpeta.

—Pons quiere que miremos a Marcos.

—Eso no significa que mienta.

—Tampoco que diga la verdad.

Mi teléfono vibró. Laura.

Me aparté hasta una ventana cerrada. El cristal estaba caliente pese al aire frío del edificio.

—¿Sergio sigue allí?

—Se ha ido.

—¿Adónde?

—No ha dejado itinerario.

—Entonces no habéis hablado.

—Él ha hablado. Nosotros hemos escuchado.

Apreté el marco.

—¿Qué sabe de Benavent?

—Que trabajó para gente que necesitaba cámaras donde no debía haberlas.

—Eso ya lo sé.

—Entonces Sergio ha hecho un viaje inútil.

Al fondo, Ferrer llamó al ascensor.

—Tenemos un sospechoso —dije.

Laura tardó un segundo.

—¿Uno de esos que parecen culpables antes de abrir la boca?

—Amenazó a Arturo y robó archivos.

—Y por eso ya has decidido que lo están preparando.

No respondí.

—Que te recuerde a ti no lo convierte en inocente —añadió.

Ferrer sostuvo la puerta del ascensor con la mano.

—Barral.

—Llamaré luego.

—Eso dices mucho.

Laura cortó antes que yo.

El piso de Marcos estaba en Benimaclet. La Policía había conseguido autorización por las amenazas, la desaparición y el riesgo de destrucción de pruebas.

La puerta no estaba forzada.

Dentro, los cajones permanecían abiertos y faltaba el ordenador. En el suelo del dormitorio había un hueco limpio donde antes debió de estar una maleta.

Ferrer se calzó los guantes.

—No asumáis que alguien registró esto.

—Alguien buscaba algo —dije.

—O hizo la maleta deprisa.

Robles abrió el armario con el codo. Quedaban camisas, dos chaquetas y un uniforme de Custodia Levante sin insignias.

—No se llevó mucha ropa.

—Puede tener otro sitio —dijo Ferrer.

Un agente encontró el pasaporte dentro de una cómoda.

—Esto se quedó.

—Entonces no pensaba salir del país —dije.

—O tiene otro documento.

Ferrer no permitió que la habitación nos diera una respuesta fácil.

En la cocina quedaba una taza con café seco. Junto al fregadero había un blíster vacío de pastillas para dormir.

Robles levantó la caja con un pañuelo.

—Receta de Marcos.

—¿Cuántas faltan? —preguntó Ferrer.

—Todas.

—Eso sí se lo llevó —dije.

Llamaron a la puerta. Una mujer mayor esperaba en el descansillo con una bolsa de basura.

—Soy la vecina —dijo—. Les he oído entrar.

Ferrer salió al pasillo.

—¿Cuándo vio a Marcos por última vez?

—Anoche.

La mujer sujetó la bolsa con las dos manos.

—Discutía con alguien.

—¿Dentro del piso?

—Primero sí. Luego bajaron.

Me acerqué.

—¿Hombre o mujer?

—No lo vi bien.

—¿La voz?

—Un hombre.

—¿Está segura?

La mujer bajó la mirada.

—Creo que sí.

—¿Qué escuchó?

—Algo de una copia.

—¿Qué palabras?

Ferrer giró hacia mí.

—Déjala responder.

La vecina apretó el plástico. Una botella crujió dentro.

—Uno dijo: «Devuélvemela». El otro contestó que ya era tarde.

—¿Cuál era Marcos?

—No lo sé.

—Pero ha dicho que lo vio.

—He dicho que lo vi salir.

—¿Solo?

La mujer retrocedió medio paso.

—Tal vez el otro ya había bajado.

Ferrer se colocó entre nosotros.

—Gracias. Un agente tomará sus datos.

La vecina entró en su casa sin despedirse.

Ferrer esperó a que cerrara.

—Acabas de convertir una duda en tres versiones.

—Estaba ocultando algo.

—Ahora lo ocultará mejor.

Regresó al dormitorio y me dejó fuera del siguiente interrogatorio.

Robles se quedó conmigo en el pasillo.

—Te avisó.

—No necesitaba ayuda para equivocarse.

—Tú sí para escucharla.

Dentro, un agente llamó a Ferrer. Habían encontrado el rúter escondido detrás de una estantería. Seguía conectado.

Un técnico revisó el registro de actividad desde la mesa del comedor.

—Hubo una conexión remota a Custodia Levante anoche.

Ferrer acercó una silla.

—Hora.

—Veintiuna diecisiete.

Robles consultó sus notas.

—La cámara del garaje se interrumpió a las nueve y dieciocho.

—La sesión duró cuatro minutos —dijo el técnico.

—¿Desde este piso? —pregunté.

—Desde esta red.

Ferrer me miró.

—Marcos podía estar aquí mientras borraba los accesos.

—O alguien utilizó su conexión.

—Ya estás construyendo la salida.

El técnico continuó.

—Se descargó un archivo. No puedo saber cuál porque utilizaron un nombre temporal.

—¿Quedó algo? —preguntó Robles.

—Un tamaño. Ciento ochenta y seis megas.

No era suficiente para una gran base de datos. Sí para una grabación.

Ferrer ordenó copiar el rúter, identificar el dispositivo conectado y comprobar si Marcos había utilizado antes ese acceso.

Un agente apareció en la puerta con una carpeta.

—El coche de Esteve está en su plaza.

—¿Llaves? —preguntó Ferrer.

—No han aparecido.

—Regístrenlo.

Bajamos al garaje. El vehículo estaba cubierto de polvo salvo la puerta del conductor. Alguien la había abierto recientemente.

Ferrer inspeccionó el interior. No había sedante, herramientas ni sangre. Solo un recibo de una gasolinera y un sobre de Custodia Levante abierto por un lateral.

Robles sacó la hoja.

Era la liquidación de Marcos.

Faltaban horas, vacaciones y una indemnización completa.

—Tenía razones para odiarlo —dijo Ferrer.

—No para matarlo.

—Las razones no vienen con instrucciones.

El técnico del piso bajó con una tableta.

—Ya tenemos el dispositivo que entró en la red.

—¿El portátil de Marcos? —preguntó Robles.

—No. Un teléfono.

Mostró el identificador. El aparato estaba registrado a nombre de Marcos Esteve, pero su última antena no era Benimaclet.

—¿Dónde estaba? —pregunté.

—Cerca de Custodia Levante.

Ferrer tomó la tableta.

—Entonces alguien dejó el rúter abierto para simular que trabajaba desde casa.

—O Marcos utilizó su teléfono desde la empresa —dijo Robles.

Las dos opciones lo mantenían dentro del caso.

El agente de telecomunicaciones llamó a Ferrer. Ella activó el altavoz.

—Tenemos los últimos movimientos de la línea de Esteve. El teléfono se apagó a las veintidós cero cuatro.

—¿Última llamada? —preguntó.

—Saliente. Veintiuna treinta y uno. Duración: cuarenta y siete segundos.

Ferrer anotó el número.

—¿Titular?

Hubo un ruido de teclado.

—Sergio Lanza.

Robles levantó la cabeza.

El coche de Marcos seguía inmóvil frente a nosotros.

Su teléfono había estado junto a Custodia Levante después de la salida del cadáver.

Y once minutos más tarde había llamado al hombre que permitió que me condenaran.