CAPÍTULO 6La hija
La hija
Nuria Benavent llegó con un abogado que hablaba antes de sentarse.
—Mi clienta comparece de forma voluntaria.
Ferrer señaló la silla frente a la mesa.
—Entonces puede levantarse cuando quiera.
El abogado no sonrió. Nuria sí, pero solo durante un segundo. Llevaba una chaqueta gris sin bolsillos y la pulsera ancha de la cámara en la muñeca izquierda.
No la escondía.
Robles dejó la fotografía del hotel boca abajo. Yo me quedé junto a la pared. El aire acondicionado lanzaba un golpeteo irregular, como si algo estuviera suelto dentro del conducto.
—¿Cuándo vio a su padre por última vez? —preguntó Ferrer.
Nuria apoyó el bolso sobre las rodillas.
—Ayer por la tarde.
—Hora.
—No la recuerdo.
—La tarjeta sí.
El abogado movió una mano.
—No convierta una pregunta en una acusación.
Ferrer deslizó la factura de la sala Albufera.
—Diecinueve cero seis. Pagada con una tarjeta a nombre de su representada.
Nuria bajó la vista. No tocó el papel.
—Mi padre usaba esa cuenta.
—Es personal —dijo Robles.
—La empresa pagaba gastos desde varias tarjetas.
—Esta no figura en contabilidad.
Nuria levantó la cabeza.
—Entonces pregúntenselo a él.
Ferrer mantuvo la mirada.
—Estamos intentándolo.
El abogado se inclinó hacia su clienta, pero Nuria apartó el hombro antes de que pudiera hablarle al oído.
Decidió responder.
—Reservé la sala.
Ferrer dejó el bolígrafo.
—¿Para quién?
—Para mi padre.
—¿Y Joaquín Ordóñez?
—Ese nombre me lo dio él.
Robles giró la fotografía. Orduña aparecía cruzando el vestíbulo con la carpeta marrón pegada al pecho.
Los dedos de Nuria se cerraron sobre el bolso.
—No lo conozco.
—Pero pagó su reunión —dije.
El abogado giró hacia mí.
—¿Y usted es?
—El hombre al que todavía no ha preguntado por qué está aquí.
Ferrer me cortó con un gesto.
—Barral colabora con la investigación.
—No tiene placa.
—Tampoco la mesa. Y está siendo más útil.
Nuria me miró por primera vez de frente. Sus ojos bajaron hasta la cicatriz de mi mano y volvieron a subir.
—Mi padre habló de usted.
El plástico de la silla crujió bajo el abogado.
—Nuria.
—Ya ha salido su nombre.
Me separé de la pared.
—¿Qué dijo?
—Que usted no sabía cuándo dejar de mirar.
—¿Cuándo lo dijo?
—Hace dos semanas.
—¿Por qué hablaba de mí?
Nuria acarició con el pulgar el cierre del bolso.
—Porque apareció Salamanca.
Robles dejó de escribir.
—¿Qué apareció en Salamanca?
Nuria tardó demasiado.
—Una caja.
El abogado cerró su carpeta.
—Se acabó.
Ferrer colocó la mano sobre la puerta antes de que se levantara.
—Su clienta puede marcharse. La tarjeta, la reserva y la pulsera se quedan.
Nuria miró su muñeca.
—La pulsera no prueba nada.
—No he dicho que pruebe.
—Pero la ha mirado desde que entré.
Ferrer volvió a sentarse.
—Entonces ayúdeme a dejar de hacerlo.
Nuria soltó el cierre del bolso. El metal golpeó una vez.
—La perdí anoche.
El abogado cerró los ojos.
Robles empujó hacia ella el fotograma de la farmacia. La mujer de la chaqueta clara mantenía el brazo extendido sobre la papelera.
—¿A qué hora? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Dónde?
—En la calle.
—Valencia tiene muchas.
—Cerca de mi casa.
Ferrer colocó una segunda fotografía. Nuria saliendo de Custodia Levante la tarde anterior. Misma pulsera. Misma chaqueta clara.
—Su casa está a cuatro kilómetros de esa farmacia.
Nuria no miró la imagen.
—Fui andando.
—Condujo al trabajo —dijo Ferrer.
—Volví sin coche.
—¿Quién se lo llevó?
El abogado puso dos dedos sobre la mesa.
—No responderá a más preguntas sin acceso completo a las actuaciones.
Nuria retiró la mano del bolso.
—Mi padre.
Ferrer se quedó quieta.
—¿Qué coche?
—El mío.
—¿Por qué?
—Porque el suyo estaba en el taller.
Robles abrió una carpeta distinta.
—Recogió su vehículo a las seis y diez.
—Eso me dijo después.
—¿Y usted cómo volvió?
—Taxi.
—No hay ningún cargo.
—Pagué en efectivo.
La respuesta salió demasiado limpia. Decidí seguirla.
—¿Dónde la dejó el taxi?
Ferrer me miró, pero no me detuvo.
Nuria apretó la correa del bolso.
—En casa.
—Nombre de la calle.
La dijo.
—Número.
También.
—Hora.
—No miré el reloj.
—Recuerda la dirección, el pago, el coche de su padre y la pulsera. Solo se le escapan las horas.
El abogado se levantó.
—Nos vamos.
Ferrer abrió la puerta.
—Perfecto. Antes, entregue la pulsera.
Nuria se la quitó. La piel debajo estaba más clara, salvo una marca roja junto al cierre.
La dejó dentro de una bolsa.
—No es la única.
Ferrer alzó la vista.
—¿Qué significa eso?
—Mi padre encargó seis. Para el consejo de la empresa.
—¿Con las mismas iniciales?
—No significan mi nombre.
Miré el metal.
—¿Qué significan?
—Nave Benavent. Las entregó cuando inauguramos el almacén.
El borde de la bolsa se me clavó en los dedos. Habíamos leído una identidad donde solo había un logotipo.
Ferrer no cambió de expresión.
—Deme la lista de quienes recibieron una.
—Está en administración.
—Administración está precintada.
—Entonces ya la tienen.
El abogado abrió la puerta. Nuria se levantó, pero Robles colocó una hoja delante de ella.
—Una última cosa.
Era una copia del plano C-17. La zona de Topas aparecía recortada; solo se veía el código y la fecha.
—¿Ha visto esto antes?
Nuria dio un paso atrás.
Muy pequeño.
—No.
—Ni siquiera ha mirado el código —dije.
El abogado apartó la hoja.
—Esto ha terminado.
Salieron. La puerta quedó abierta.
Ferrer esperó hasta que sus pasos desaparecieron por el pasillo.
—Te has equivocado con la pulsera.
—Nos hemos equivocado.
—Yo no he dicho que fuera suya.
Robles recogió el plano.
—Pero ella mintió sobre algo.
—Sobre varias cosas —dije.
Ferrer señaló la silla vacía.
—Y tú has decidido cuáles antes de comprobarlas.
Cogió el teléfono y ordenó localizar el taxi, revisar las seis pulseras y verificar quién tenía acceso a la tarjeta.
Robles me entregó una copia de los correos de Nuria con su padre.
—Lee el tercero.
Arturo le exigía firmar una transferencia antes del viernes. Nuria se negaba. Él respondía con una frase corta.
Si no firmas tú, firmará alguien por ti.
—No parece una hija obediente —dijo Robles.
—Parece alguien que llegó tarde a dejar de serlo.
Ferrer volvió con una tableta.
—El taxi existe.
Me la mostró.
Nuria había subido a las veintidós treinta y ocho. El conductor la recogió delante de Custodia Levante y la dejó en su domicilio.
—Eso no la limpia —dije.
—Pero rompe tu ruta.
Robles amplió el recibo.
—El coche de Arturo salió a las nueve y veinte. Ella tomó el taxi más de una hora después.
Ferrer deslizó otra imagen.
—Y llevaba la pulsera puesta al subir.
La mujer de la farmacia no podía ser Nuria. Habíamos seguido una marca que no pertenecía a una sola persona.
Mi teléfono vibró.
Clara.
Contesté.
—Dime.
—Ha venido Sergio.
Miré a Robles. Ella ya había entendido por mi cara.
—¿Qué quiere?
—No ha entrado. Está abajo.
—Que se vaya.
—Dice que conoce a Arturo Benavent.
La frase me endureció la nuca.
Ferrer escuchaba.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Clara bajó la voz.
—Desde antes de Topas.
La puerta de la sala se abrió de golpe. Un agente entró con una bolsa transparente.
Dentro había otra pulsera.
N. B.
—La llevaba Eduardo Pons cuando lo detuvimos —dijo—. Y acaba de pedir hablar.
Ferrer cogió la bolsa.
—¿Sobre qué?
El agente miró hacia mí.
—Sobre Barral.