CAPÍTULO 5La última reunión
La última reunión
El recepcionista ya había cambiado su versión cuando llegamos al hotel.
La noche anterior aseguraba no recordar a Arturo Benavent. Esa mañana había encontrado una reserva, una llave anulada y tres minutos de grabación que nadie le había pedido conservar.
Ferrer dejó su acreditación sobre el mostrador.
—Empieza por la primera mentira.
El hombre se ajustó la corbata.
—No mentí. No asocié el nombre con la cara.
Robles colocó una fotografía de Arturo junto a su mano.
—Ahora ya puedes.
El recepcionista miró la imagen sin tocarla.
—Vino muchas veces.
—Anoche eran desconocidos —dije.
—Anoche no estaba seguro.
—Y hoy estás protegido por una cámara y dos policías.
Ferrer giró la acreditación hacia él.
—No confundas eso con protección.
El vestíbulo olía a ambientador de limón. Una maleta cruzó el suelo detrás de nosotros, arrastrando una rueda rota. El recepcionista siguió el ruido hasta que desapareció.
—Usaba una sala privada —dijo—. Para reuniones.
—¿Qué sala? —preguntó Robles.
—La Albufera.
Ferrer sacó una libreta.
—¿A qué hora llegó ayer?
—Sobre las siete.
—La precisión ha mejorado.
El hombre abrió el programa de reservas.
—Diecinueve cero seis. La puerta registra la tarjeta.
Me acerqué a la pantalla.
—¿Cuándo salió?
—La tarjeta no volvió a utilizarse.
—Eso no responde.
El recepcionista pulsó varias teclas.
—La sala quedó vacía a las ocho menos cuarto.
—¿Quién lo comprobó?
—Un camarero.
Ferrer cerró la tapa del portátil a medias.
—Vamos a hablar con él antes de que también recuerde demasiado.
El recepcionista sujetó la pantalla.
—Está librando.
—Ya no.
Ferrer pidió que lo localizaran y tomó una decisión.
—Quiero la sala, el registro completo y todas las cámaras desde una hora antes de la llegada de Benavent.
—Necesitaré autorización de dirección.
Robles empujó el teléfono del mostrador hacia él.
—Empieza a pedirla.
Subimos por una escalera lateral. El ascensor tenía una cámara sobre la puerta, pero el pasillo de la primera planta no.
La sala Albufera estaba al fondo. Una mesa ovalada. Seis sillas. Una ventana cerrada con cortina gruesa.
Ferrer introdujo la tarjeta maestra.
—Nadie toca nada.
—Eso lo dices mirándome —respondí.
—Los demás aprenden más rápido.
Dentro quedaba olor a café recalentado. Sobre la mesa había seis posavasos, pero solo dos mostraban marcas circulares.
Robles señaló el más alejado de la puerta.
—Dos personas.
—O una muy sedienta —dijo Ferrer.
Me agaché junto a la papelera. Vacía. La bolsa de plástico estaba nueva.
—La cambiaron.
Ferrer miró el reloj.
—Limpieza de mañana.
—El recepcionista dijo que la sala quedó vacía anoche.
—Las salas también se limpian.
Pasé un dedo a un centímetro del borde de la mesa. Había polvo fino, salvo una franja rectangular junto a la cabecera.
—Aquí dejaron algo.
Robles sacó el teléfono y fotografió la marca.
—Una carpeta.
—O un portátil —dijo Ferrer.
—El enchufe está al otro lado.
Me incorporé. La silla de la cabecera estaba más separada que las demás. En la moqueta, dos líneas oscuras marcaban el recorrido de las ruedas.
—Benavent se sentó aquí.
Ferrer se acercó.
—¿Porque te lo dice la silla?
—Porque podía ver la puerta sin girarse.
—Eso te lo dice a ti.
—A Arturo también.
Robles tocó el respaldo con el bolígrafo.
—¿Y la otra persona?
Señalé la silla situada frente a él. Estaba demasiado cerca de la mesa. Alguien más bajo había tirado de ella hacia delante.
Ferrer levantó la vista.
—No conviertas otra silla en una orden de búsqueda.
—Solo descarta a Benavent.
La puerta se abrió. El director del hotel entró acompañado por un hombre joven con chaleco negro.
—Este es el camarero —dijo.
El joven llevaba una bandeja vacía entre las manos.
Ferrer cerró la puerta detrás de ellos.
—¿Qué serviste?
—Café. Agua. Nada más.
—¿A cuántas personas?
—Dos.
El director lo miró.
—En el parte figura una.
El camarero apretó el borde de la bandeja.
—Solo se facturó una consumición.
—No te he preguntado qué cobrasteis —dijo Ferrer.
El joven dejó la bandeja sobre una silla.
—Cuando entré, el señor Benavent estaba solo. Después llegó otro hombre.
Robles sacó la fotografía de Orduña.
—¿Este?
El camarero miró la cara del anciano. Sus dedos dejaron de moverse.
—Llevaba gorra.
—La cara no —dije.
—Puede ser.
Ferrer dio un paso.
—Aquí «puede ser» significa que no quieres equivocarte o que no quieres acertar.
El camarero se frotó el pulgar contra el chaleco.
—Era mayor. Caminaba despacio. No pidió nada.
—¿Entró con una mujer? —preguntó Robles.
—No.
—¿La viste en el pasillo?
—Vi a una mujer cerca del ascensor.
Robles mostró la imagen del abanico.
El camarero no necesitó acercarse.
—Esa.
El director le tocó el brazo.
—Piénsalo bien.
El joven se apartó.
—Llevaba eso en la mano.
Señaló el abanico cerrado.
Decidí cambiar la dirección.
—¿Quién salió primero?
—La mujer.
—No había entrado —dijo Ferrer.
—Entró después.
El director soltó aire.
—Acabas de decir que viste dos personas.
—Cuando llevé el café había dos. Cuando recogí, había tres.
Robles levantó la fotografía.
—¿A qué hora recogiste?
—A las ocho menos diez.
—¿Seguían los tres?
—El señor Benavent y la mujer. El anciano ya no.
Ferrer miró la franja limpia de la mesa.
—¿Había una carpeta?
El camarero asintió.
—Marrón. Con una goma.
—¿Quién la tenía?
—El anciano cuando salió.
La sala quedó quieta. El aire acondicionado golpeó la cortina y la tela rozó el cristal.
Ferrer señaló la puerta.
—Necesito las cámaras ahora.
El director abrió las manos.
—Ya les hemos facilitado las disponibles.
—No las suficientes.
Bajamos a la sala de seguridad. Cuatro monitores mostraban entradas, ascensores y zonas comunes. No había cámara en el pasillo de la sala Albufera.
El técnico buscó la franja horaria.
A las diecinueve cero seis, Arturo cruzó el vestíbulo con una carpeta marrón bajo el brazo.
—Pausa —dije.
Robles acercó la cara a la pantalla.
La goma era negra. En una esquina aparecía una etiqueta blanca.
C-17.
Ferrer no dijo nada. Ordenó continuar.
A las diecinueve diecinueve, Orduña entró por la puerta giratoria. Gorra oscura. Paso corto. Sin carpeta.
A las diecinueve treinta y cuatro apareció la mujer del abanico.
No se acercó a recepción. Miró hacia la cámara, sonrió y tomó la escalera.
—Sabía dónde estaba la sala —dijo Robles.
—O alguien se lo indicó —respondió Ferrer.
A las diecinueve cincuenta y dos, Orduña regresó al vestíbulo.
Llevaba la carpeta marrón pegada al pecho.
Arturo no apareció detrás.
La mujer tampoco.
—¿Salida lateral? —pregunté.
El técnico cambió de cámara.
Orduña abandonó el hotel por el acceso del aparcamiento. Un coche blanco esperaba con el motor encendido.
El mismo vehículo de alquiler visto en Salamanca.
—Amplía al conductor —dijo Ferrer.
La imagen se rompió en cuadrados. Solo se distinguía una manga oscura y una mano sobre el volante.
—El abanico —dijo Robles.
La mujer lo sostenía entre los dedos mientras conducía.
El coche salió.
Volvimos a la cámara del vestíbulo. Arturo apareció nueve minutos después. Ya no llevaba la carpeta.
Caminaba deprisa. Se detuvo junto a recepción y habló con el empleado de noche.
El técnico activó el audio.
No había sonido.
—¿Qué pidió? —preguntó Ferrer.
El director llamó al recepcionista.
El hombre entró con la cara más pálida.
—Quería saber quién había reservado la sala.
—¿No la reservó él? —dijo Robles.
—No.
Ferrer acercó una silla.
—Siéntate y termina de recordar.
El recepcionista no se sentó.
—La reserva llegó por internet. A nombre de Joaquín Ordóñez.
Orduña.
—¿Quién pagó? —pregunté.
El hombre regresó al ordenador. Abrió la ficha y giró la pantalla.
—Tarjeta de empresa.
—¿De Custodia Levante? —dijo Robles.
—No.
El número estaba oculto salvo los cuatro últimos dígitos. Ferrer pidió la identificación bancaria. El sistema tardó unos segundos.
Apareció el titular.
NURIA BENAVENT.
La hija de Arturo había pagado la reunión de su padre con un hombre muerto desde hacía treinta años.