CAPÍTULO 4Custodia Levante
Custodia Levante
La orden llegó cuando la lejía ya se había secado.
El suelo de la nave seguía húmedo en las juntas. Científica había levantado la alfombrilla y marcado la columna con cinta amarilla. La pintura negra del coche de Arturo encajaba con la franja del hormigón.
Ferrer me enseñó el informe preliminar sin soltarlo.
—Transferencia compatible. Falta el laboratorio.
—El coche estuvo aquí.
—Compatible no significa confirmado.
Robles tocó la bolsa de la alfombrilla con el bolígrafo.
—¿Y esto?
—Mismo modelo, misma medida.
El hombre del mono azul esperaba sentado junto a la puerta. Se llamaba Vicente Llorca. Empresa externa de limpieza. Movía una rodilla sin levantar el talón.
Ferrer se plantó delante.
—¿Quién te mandó venir?
Vicente miró la manguera enrollada.
—La central.
—La central tiene personas.
—A mí me salta un servicio y vengo.
Ferrer dejó un teléfono embolsado sobre una caja.
—El aviso llegó a las cinco cincuenta y ocho. El cadáver apareció a las cinco cuarenta.
La rodilla se detuvo.
—Yo no sabía nada de ningún cadáver.
—No te lo he preguntado.
Vicente se humedeció los labios. Miró hacia la salida.
Decidí acercarme a la columna.
—¿Qué te dijeron que limpiaras?
—El suelo.
—Has lavado una pared.
—La manguera salpica.
Señalé la franja sin pintura.
—También arranca coches.
Vicente se levantó demasiado deprisa. Ferrer le puso una mano en el pecho y lo devolvió a la silla.
—Sentado.
—Yo no he matado a nadie.
—Sigues respondiendo preguntas que nadie te hace —dijo Robles.
Ferrer levantó la bolsa del teléfono.
—El servicio se creó desde una cuenta de Custodia Levante. Usuario: operaciones dos. ¿Quién la utiliza?
Vicente apretó las manos entre las piernas.
—El encargado.
—Nombre.
—Eduardo Pons.
Ferrer hizo una seña a un agente.
—Localízalo. Que no entre en la empresa ni toque un ordenador.
La científica levantó la alfombrilla. En una esquina había una línea rojiza, casi borrada.
—Estaba debajo —dijo—. La lejía ha debilitado la muestra.
Ferrer se calzó otro par de guantes.
—¿Sangre?
—Lo sabré en el laboratorio.
Vicente volvió a mirar la puerta.
Tomé una decisión.
—No limpiabas una nave. Limpiabas el lugar donde murió Benavent.
—Yo no sabía quién había estado aquí.
—Pero sabías dónde insistir.
Su boca se abrió. No salió nada.
Ferrer acercó una fotografía de la columna.
—En el parte pone «limpieza general». Has lavado el suelo, la pared y una alfombrilla. Explícalo.
Vicente hundió los pulgares en las palmas.
—Había marcas con tiza.
—¿Qué marcas?
—Cruces. En el suelo y en la columna. Alguien señaló lo que debía limpiar.
—¿Quién tenía acceso?
—La puerta estaba abierta.
Ferrer cerró la carpeta.
—Ya no.
Lo dejó bajo custodia y nos llevó a la sede de Custodia Levante.
El edificio olía a aire acondicionado recién encendido. Una recepcionista esperaba detrás del mostrador. Dos agentes copiaban discos duros en una mesa auxiliar.
—Quiero hablar con la dirección —dijo Ferrer.
La mujer pulsó una tecla.
—La señora Benavent viene de camino.
—No he dicho familia.
—Es la directora financiera.
—¿Y operaciones?
La recepcionista retiró la mano.
—Eduardo no contesta.
Robles apoyó la acreditación sobre el mostrador.
—Acaba de convertirse en un problema mayor.
Subimos a la segunda planta. Despachos de cristal. En cada mesa había dos pantallas y una caja metálica bajo llave.
Toqué una de las cajas.
—¿Qué guardan aquí?
Un técnico de la empresa, escoltado por un agente, tragó saliva.
—Llaves maestras. Tarjetas de acceso. Copias de configuración.
—¿Copias de cámaras?
—Depende del contrato.
Ferrer abrió una caja con la llave intervenida. Dentro había sobres numerados, discos externos y tarjetas sin nombre.
—¿Esto es normal?
—Es respaldo operativo.
—Normal no era la pregunta —dije.
El técnico miró al agente.
—Yo solo mantengo equipos.
Robles sacó un disco. Etiqueta blanca. CP-04.
—¿Qué significa?
—Centro penitenciario cuatro.
El plástico me raspó bajo las uñas.
—¿Cuántos centros?
—No llevo esa parte.
—Ahora la llevas.
Ferrer embolsó el disco.
—Quiero el inventario completo.
El técnico señaló un servidor.
—Está en la red.
Uno de los agentes levantó la cabeza.
—No está.
La recepcionista apareció en la puerta.
—La base antigua se retiró el año pasado.
—¿A dónde? —preguntó Robles.
La mujer miró el suelo.
—Archivo externo.
—Dirección.
—Nave diecisiete.
Ferrer cerró la caja de golpe.
Habíamos pasado dos horas allí y nadie había mencionado un archivo.
Volvimos a registrar la nave.
Retiraron un panel de chapa detrás de la zona lavada. El hueco guardaba seis armarios estrechos. Sin ordenadores. Solo carpetas, cintas y discos numerados.
Ferrer tocó el primer cierre.
—Precintado por la empresa.
El sello llevaba fecha de tres semanas antes.
Abrimos el armario central. Las carpetas estaban ordenadas por provincias. Valencia. Castellón. Alicante. Después León, Asturias y Salamanca.
Deslicé un dedo por los lomos.
—No son solo clientes locales.
Ferrer sacó una carpeta gris.
Dentro había contratos de juzgados, comisarías y centros de menores. Mantenimiento. Sustitución de cámaras. Control de accesos. Demasiadas empresas intermediarias para trabajos que debían llevar un solo nombre.
Robles extendió tres facturas sobre una mesa.
—Mismo servicio. Tres sociedades.
—¿Propietarios? —pregunté.
Ferrer leyó las firmas.
—Una administradora fallecida. Un insolvente. Una empresa disuelta.
—Cabezas de papel.
La puerta metálica golpeó. Un agente entró con Eduardo Pons esposado.
Llevaba la camisa por fuera y una mancha de café en el pecho.
—Lo encontramos en un aparcamiento —dijo el agente—. Tenía un portátil en el maletero.
Pons miró los armarios abiertos.
—No podían tocar eso.
Ferrer se acercó.
—Acabas de ayudarme.
—Son archivos de clientes. Hay cláusulas.
—También hay un muerto.
Pons apretó la mandíbula.
—Arturo decidía qué se guardaba.
—Y tú qué se limpiaba.
—Yo no envié a nadie.
Ferrer mostró el registro.
—Operaciones dos.
—La usan cuatro personas.
—Dame los nombres.
Pons miró las carpetas.
—Necesito un abogado.
—Lo tendrás.
Robles cogió el portátil intervenido.
—Y nosotros esto.
Pons dio un paso. El agente tensó las esposas.
—No lo enciendan.
—Ahora sí quiero encenderlo —dije.
Mientras el técnico conectaba el equipo, mi teléfono vibró. Laura.
Me aparté hasta la puerta.
—Estoy fuera.
—No suena a fuera.
Dentro, una caja cayó al suelo.
—Estoy en una nave.
—Martina quiere hablar contigo.
La niña respiró cerca del micrófono.
—He borrado la pared.
—Bien.
—Se ve todavía.
Miré la franja blanca de la columna.
—A veces queda marca.
—Mamá dice que vas a volver.
—Voy a volver.
—¿Cuándo?
El técnico me hizo una seña desde el portátil.
—Cuando termine aquí.
Laura recuperó el teléfono.
—Eso no era una fecha.
—No tengo una.
—Entonces di eso.
Apreté el marco de la puerta.
—No sé cuándo.
—Mejor.
Cortó.
Regresé a la mesa. El portátil mostraba un directorio protegido.
—Hay proyectos borrados —dijo el técnico—. Algunos pueden recuperarse.
Ferrer señaló una carpeta sin nombre.
—Esa.
Apareció una lista de códigos. C-03. C-11. C-17. Cada uno llevaba fechas, números de serie y ubicaciones abreviadas.
Robles buscó el tornillo hallado en el coche.
—C-17.
El técnico abrió la línea.
La pantalla mostró el plano antiguo de una instalación penitenciaria. Tres cámaras oficiales aparecían marcadas en azul.
Una cuarta, en rojo.
Debajo figuraba una palabra.
TOPAS.
Pons dejó de tirar de las esposas.
Me acerqué.
La cámara roja estaba situada frente a una puerta que conocía.
La sala donde murió David.