CAPÍTULO 3Un coche que no llegó solo
Un coche que no llegó solo
El asiento del conductor estaba fuera del coche cuando entré en el garaje de científica.
Lo habían colocado sobre una mesa metálica. Las guías seguían cubiertas de polvo, salvo dos franjas recientes donde alguien lo había desplazado hacia delante. Ferrer sostenía una cinta métrica junto al respaldo.
—Un metro sesenta y cinco —dijo.
Robles dejó su carpeta sobre otra mesa.
—Eso no se puede calcular así.
—No lo estoy calculando. Estoy descartando.
Me acerqué al asiento. La espuma conservaba una hendidura estrecha en el lado izquierdo. Alguien había conducido apoyando más peso sobre una cadera.
—¿Cuánto medía Benavent?
Ferrer recogió la cinta.
—Uno ochenta y dos.
—Marcos Esteve, uno ochenta.
—Todavía no hemos hablado con él.
—Pero ya habéis pedido su ficha.
Ferrer me miró por encima del techo del coche.
—Aquí algunos trabajamos mientras otros observan muebles.
La puerta del garaje se cerró detrás de un técnico. El golpe hizo vibrar las herramientas colgadas en la pared. Me incliné sobre las guías sin tocarlas.
—El asiento se movió después de que Benavent dejara de conducir.
—O lo utilizaba otra persona —dijo Robles.
Ferrer abrió la puerta trasera.
—Su hija figura como conductora autorizada. También dos empleados.
—¿Alturas?
—Las tendrás cuando yo las tenga.
Decidí dejar el asiento y rodeé el vehículo. La alfombrilla del conductor seguía sin aparecer. En su lugar había una capa fina de polvo interrumpida por una marca curva.
—Aquí apoyaron algo.
El técnico se acercó con una lámpara.
—Un zapato.
—No. Demasiado ancho.
Ferrer se agachó.
—Una bolsa.
Señalé los anclajes descubiertos.
—Quitaron la alfombrilla porque cayó algo encima.
—¿Sangre? —preguntó Robles.
El técnico apagó la lámpara.
—El reactivo no ha dado positivo.
—Entonces buscad fibras, grasa o sedante.
Ferrer cerró la puerta.
—No diriges el laboratorio.
—No. Solo intento que no limpiéis la pregunta junto con el coche.
Su mano quedó sobre la manilla.
—Una frase más y esperas fuera.
—Te quedan cuatro minutos.
Robles abrió la carpeta antes de que Ferrer respondiera.
—El kilometraje.
Sacó una fotografía del cuadro. Ciento doce mil cuatrocientos ocho kilómetros.
El técnico encendió una tableta.
—La revisión del taller fue anteayer. Ciento doce mil trescientos cuarenta y uno.
—Sesenta y siete kilómetros —dije.
Ferrer deslizó el dedo por la pantalla.
—De su empresa a su casa hay once. De la casa a la Marina, nueve.
—Quedan cuarenta y siete.
Robles sacó el teléfono.
—Puede haber hecho varios trayectos.
—O el cadáver recorrió más camino que él.
Ferrer amplió el informe del taller. La hora de entrega aparecía al final.
—Benavent recogió el coche a las seis y diez. La cámara de su empresa lo captó entrando a las ocho cincuenta y siete.
—¿Y saliendo?
— A la una y veinte.
—Solo.
—Eso parece.
—No parece nada hasta que veamos la imagen.
Ferrer bloqueó la tableta.
—La verás cuando lleguemos a comisaría.
Me agaché junto a la rueda delantera. En el borde interior había una rozadura blanca. Pasé el dedo a un centímetro de la marca.
—Esto es reciente.
El técnico acercó la lámpara otra vez.
—Transferencia de pintura.
—¿Contra qué?
—Cuando la analicemos, te lo cuento en un idioma sencillo.
Robles señaló el neumático.
—¿Puede haber rozado una pared?
—O una columna —dije.
Ferrer guardó la tableta.
—Vamos a ver las cámaras.
Tomó la decisión antes de que yo pudiera exigirla.
La sala de visionado estaba demasiado fría. Dos monitores ocupaban la pared y el ventilador del ordenador lanzaba un zumbido continuo. Ferrer se sentó frente al teclado.
—Entrada de Custodia Levante. Veinte cincuenta y siete.
La imagen mostró un edificio bajo, con una verja corredera. El coche de Benavent entró sin detenerse. Arturo conducía. La cámara captó su rostro durante menos de un segundo.
Robles tocó la pantalla.
—Solo.
—Eso ya lo habíamos dicho —respondió Ferrer.
—Lo habías supuesto.
Ferrer adelantó la grabación.
A las nueve y veinte, la verja volvió a abrirse. El vehículo salió con los faros encendidos. El reflejo del cristal ocultaba el interior.
—Pausa —dije.
Ferrer obedeció.
—Retrocede dos segundos.
La imagen volvió atrás. El coche giró hacia la calle. Durante el movimiento, una farola atravesó el parabrisas.
Había una sombra en el asiento del acompañante.
Robles se acercó.
—Puede ser el respaldo.
—El respaldo no lleva camisa blanca.
Ferrer amplió el fotograma. Los píxeles rompieron el rostro, pero el cuello abierto de Arturo seguía visible.
—Ya iba en el asiento del acompañante —dijo.
—Y no se movía.
Ferrer reprodujo los segundos siguientes. El conductor quedaba oculto detrás del parasol bajado.
—Lo colocó así a propósito —dije.
—O le molestaba la luz.
—Era de noche.
Robles señaló el lateral del coche.
—La rozadura no está.
Ferrer congeló la imagen.
La pintura negra aparecía intacta al salir de la empresa.
—Entonces chocó después —dijo.
—Buscad una columna blanca entre aquí y la Marina.
Ferrer abrió un mapa. Marcó la empresa, la casa de Arturo y el aparcamiento donde apareció el coche.
—No podemos revisar cada garaje de Valencia.
—No hizo sesenta y siete kilómetros dentro de esos tres puntos.
Robles apoyó un dedo sobre el mapa.
—Hay que reconstruir la ruta.
Ferrer introdujo la matrícula en el sistema de cámaras de tráfico. Aparecieron cuatro registros. Avenida del Puerto. Circunvalación. Una vía de servicio. Después, nada durante treinta y ocho minutos.
El coche reaparecía cerca de la Marina a las cinco y doce.
—Seis horas desaparecido —dije.
— Tres horas y cincuenta y dos minutos—corrigió Ferrer.
—Me tranquiliza la precisión.
Abrió el primer registro. El conductor seguía oculto. En el asiento del acompañante, Arturo mantenía la cabeza erguida.
En la última imagen, la tenía apoyada contra el cristal.
Robles cruzó los brazos.
—Murió durante el trayecto.
—O lo colocaron de otra forma.
Ferrer amplió la vía de servicio.
—Esta carretera lleva a una zona industrial.
—¿Qué hay allí?
—Almacenes. Talleres. Empresas de logística.
Toqué el mapa.
—Y cámaras.
Ferrer apartó mi mano del monitor.
—No todas conectadas al sistema público.
—Custodia Levante se dedicaba precisamente a conectarlas.
Su teléfono vibró sobre la mesa. Leyó la pantalla y se levantó sin decir nada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Robles.
Ferrer abrió la puerta.
—Han encontrado el mando del coche.
La seguimos hasta una sala contigua. Un agente esperaba con una bolsa de pruebas. Dentro había una llave electrónica cubierta por un polvo gris.
—Estaba en una papelera —dijo—. A dos calles del aparcamiento.
Ferrer levantó la bolsa.
—¿Cámaras?
—Una farmacia enfoca la esquina. Estamos descargando las imágenes.
—¿Huellas?
—Una parcial. También hay una fibra roja enganchada en la carcasa.
Robles miró mi chaqueta. Negra.
Ferrer hizo lo mismo.
—Por una vez, no eres tú.
El agente dejó otra bolsa sobre la mesa. Contenía un fragmento blanco, del tamaño de una uña.
—Esto estaba pegado al lateral del mando.
El técnico del garaje entró detrás de nosotros. Tomó la bolsa y la acercó a la luz.
—Pintura industrial.
—¿De una columna? —pregunté.
—Puede.
—¿Dónde?
El agente consultó su tableta.
—La cámara de tráfico perdió el coche junto al polígono de Vara de Quart.
Ferrer introdujo el nombre en el buscador interno. Apareció una lista de empresas y naves registradas.
Bajó dos líneas.
Se detuvo.
En la nave número diecisiete figuraba un único arrendatario.
Custodia Levante.
Ferrer cerró la pantalla antes de que pudiera tocarla.
—Vamos allí.
—¿Con orden?
—La estoy pidiendo.
—Para cuando llegue, habrán limpiado el garaje.
—Benavent está muerto. Quien lo hizo no sabe qué hemos encontrado.
Robles recogió la carpeta.
—Eso suponiendo que no tenga acceso a la investigación.
Ferrer dejó la mano sobre el teléfono.
Nadie respondió.
El agente de la puerta carraspeó.
—Inspectora, hay algo más.
Giró la tableta hacia nosotros. La farmacia había enviado ya un fotograma.
Una mujer arrojaba el mando a la papelera.
No se veía su cara. Llevaba una chaqueta clara y una pulsera ancha en la muñeca izquierda.
Ferrer amplió la mano.
En el metal de la pulsera había dos letras grabadas.
N. B.
Robles miró la ficha de la víctima.
—Nuria Benavent.
Ferrer cogió las llaves del coche policial.
—Primero la nave.
—¿Y la hija?
—Que no sepa que la hemos visto.
Salimos al pasillo. Mi teléfono vibró antes de llegar a la escalera.
Laura.
Contesté mientras Robles empujaba la puerta.
—Ahora no es buen momento.
—Nunca lo es.
Martina habló al fondo. Una cuchara golpeó un plato.
—¿Qué ha pasado?
—Eso iba a preguntarte.
Apreté el teléfono contra la oreja.
—Hemos encontrado una ruta.
—No te he preguntado por el muerto.
Robles se detuvo un escalón más abajo.
Laura esperó.
Miré la hora en la pantalla. Había pasado la mañana entera.
—¿Cómo están los niños?
—Martina ha pintado la pared. Lucas no ha salido de su habitación.
—Hablaré con él luego.
—Hablarás con los dos.
Ferrer abrió la puerta de salida y señaló el coche.
—Barral.
Laura oyó su voz.
—Ya tienes otra persona diciéndote dónde ir.
—Te llamo cuando salga de la nave.
—No. Llamas antes de entrar.
—Laura.
—Antes.
Cortó.
Guardé el teléfono y seguí a Robles.
Ferrer arrancó antes de que cerrara la puerta. El coche salió del aparcamiento con un tirón.
—¿Problemas? —preguntó.
—Una pared.
—¿Qué?
—Nada que puedas detener.
Veinte minutos después, la puerta de la nave diecisiete estaba abierta.
La orden todavía no había llegado.
Un líquido transparente corría desde el interior hasta la calle. Olía a lejía.
Ferrer frenó.
Un hombre con mono azul sostenía una manguera junto al desagüe.
Al vernos, soltó la boquilla.
El agua siguió golpeando el suelo.
—Policía —gritó Ferrer—. Apártate.
El hombre levantó las manos.
Detrás de él, en una columna blanca, faltaba una franja de pintura negra a la altura exacta del coche de Arturo.
Y junto a la pared había una alfombrilla todavía mojada.