Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 2El muerto del puerto
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CAPÍTULO 2El muerto del puerto

El muerto del puerto

El coche estaba rodeado de cinta cuando llegamos a la Marina.

El sol rebotaba contra el parabrisas y obligaba a entrecerrar los ojos. A pocos metros, una gaviota golpeaba una bolsa contra el suelo. El sonido se repetía. Seco. Insistente.

Robles enseñó su acreditación al agente.

—Elisa Robles. Salamanca.

El hombre miró mi documentación.

—Esta está caducada.

—Yo también.

No sonrió. Levantó la cinta solo para Robles.

Me agaché y pasé por debajo.

—He dicho que él no.

—Lo he oído.

Una mujer salió de detrás del coche. Pantalón oscuro, camisa clara, el pelo recogido con una goma negra. Se quitó un guante mientras caminaba hacia nosotros.

—Amparo Ferrer.

Robles le dio la mano.

—Gracias por esperar.

Ferrer me señaló con el guante.

—No estaba incluido.

—Suele pasar —dije.

—Aquí no suele.

Se acercó hasta dejarme el sol a la espalda.

—No toques nada. No abras nada. No interrogues a nadie.

—¿Puedo respirar?

—Mientras no alteres la escena.

Robles se interpuso antes de que contestara.

—Conoce a la víctima.

Ferrer cambió la mirada.

—Eso no figuraba en la llamada.

—No he dicho que lo conociera —dije—. He visto su nombre.

—¿Dónde?

Miré el vehículo. Un sedán negro. Limpio. Demasiado para llevar varias horas junto al mar.

—En un contrato de Topas.

Ferrer dejó de jugar con el guante.

—Eso tampoco figuraba.

—La noche se quedó corta.

Decidió dejarme pasar.

—Cinco minutos. Si haces algo que no me guste, te saco yo.

—Eso puede ocurrir antes de llegar al coche.

—Ya está ocurriendo.

Rodeamos la parte trasera. No había cristales rotos. Tampoco golpes visibles. La puerta del acompañante permanecía abierta y una pantalla protectora impedía que el sol cayera directamente sobre el cuerpo.

El hombre estaba sentado con la cabeza ladeada hacia la ventanilla.

Camisa blanca. Cuello abierto. Cinturón puesto.

Las manos descansaban sobre los muslos.

No eran manos de alguien que hubiera intentado salir.

Me detuve junto a la puerta.

—¿Quién lo encontró?

Ferrer se colocó detrás.

—Un empleado del aparcamiento. A las cinco y cuarenta.

—¿Puertas cerradas?

—El coche estaba abierto.

—¿Llaves?

—No han aparecido.

Robles miró el contacto.

—Arranque electrónico.

Ferrer señaló la consola.

—Sin llave física. El mando tampoco está.

Me incliné sin cruzar el marco. El aire del interior olía a plástico caliente. En la alfombrilla había dos granos de arena pegados a una mancha húmeda.

—¿Documentación?

—Cartera en el bolsillo. Dinero. Tarjetas. Reloj.

—Entonces no era un robo.

—Eso también lo sabemos sin ti.

—Todavía no sabéis qué era.

Ferrer dio un paso, pero Robles levantó una mano.

—¿Signos de violencia?

—Ninguno visible.

Miré el cuello. La piel estaba limpia. Los nudillos también. Ni cortes. Ni restos bajo las uñas.

—No se defendió.

—O no tuvo tiempo.

—O conocía a quien se acercó.

Ferrer se agachó a mi lado.

—No conviertas una postura en una declaración.

—Entonces mírale los zapatos.

El derecho descansaba recto. El izquierdo estaba girado hacia dentro, atrapado bajo el borde del asiento. Si hubiera entrado por su cuenta, habría corregido la pierna antes de cerrar la puerta.

Ferrer acercó la cabeza.

—Puede haberse deslizado.

—Con el cinturón puesto.

Robles tocó el marco con el dorso del bolígrafo.

—Alguien lo sentó.

Ferrer no respondió. Se incorporó y llamó a la científica.

—Fotografía el pie izquierdo antes de mover nada.

La mujer levantó la cámara.

El flash rebotó dentro del coche.

Arturo Benavent siguió mirando la ventanilla.

Saqué el teléfono.

Ferrer me agarró la muñeca.

—Te he dicho que no.

—Voy a ampliar una foto.

—Fuera de la escena.

Soltó mi brazo.

Retrocedí dos pasos y abrí la imagen del contrato que Robles me había enviado durante el viaje. La firma aparecía al final de la segunda página.

ARTURO BENAVENT. CUSTODIA LEVANTE.

Debajo, una fecha.

Tres días antes de la muerte de David.

Robles miró por encima de mi hombro.

—¿Seguro que es el mismo?

—Comprueba el DNI.

Ferrer hizo una seña a un agente. El hombre abrió una bolsa transparente y leyó el documento.

—Arturo Benavent Sanchís. Cincuenta y ocho.

Le mostré la pantalla.

—La firma.

Ferrer no la tocó.

—Podría ser una empresa con su nombre.

—El administrador era él.

—¿Y cómo tienes eso?

—Apareció en Salamanca.

—No he preguntado dónde apareció.

Robles guardó mi teléfono en el bolsillo de mi chaqueta.

—Lo incorporaremos por la vía correcta.

—Hoy todo el mundo está preocupado por la vía —dije.

Ferrer se acercó a la parte delantera.

—Porque la vía es lo que impide que un abogado tire el caso a la basura.

Abrió una carpeta apoyada sobre el capó de un coche policial. Dentro había fotografías de Arturo tomadas aquella mañana.

—No llevaba documentación relacionada con prisiones.

—La llevaba encima hace treinta años —dije.

—Los contratos no pesan tanto.

—Las copias sí.

Ferrer cerró la carpeta.

—Vamos a empezar de nuevo. Tú viste su nombre. Nada más.

—De momento.

—De momento, trabajas con lo que puedes demostrar.

Robles apoyó una mano en el techo del vehículo.

—¿Última vez que lo vieron vivo?

Ferrer giró hacia ella.

—Salió de su empresa a las nueve y veinte. Solo.

—¿Cámaras?

—Una en la entrada. Otra en el garaje.

—¿Funcionaban?

Ferrer tardó medio segundo.

—La del garaje tuvo una interrupción.

Levanté la vista.

—¿Cuánto?

—Todavía lo están comprobando.

—Dímelo.

—No das órdenes aquí.

Me acerqué al capó.

—Si alguien ha borrado una hora, no es una avería.

—No he dicho una hora.

—Entonces fueron minutos.

Ferrer cerró la carpeta con fuerza.

—Tres.

Robles dejó de apoyarse en el coche.

—¿Solo tres?

—Solo en ese equipo.

—Suficiente para entrar o salir —dije.

—Suficiente para que todavía no sepamos nada.

Ferrer tomó una decisión.

—Quiero las imágenes de Salamanca, el contrato completo y una relación de cualquier persona que estuviera con Benavent en Topas.

—No estaba en Topas —dijo Robles—. Su empresa sí.

—Entonces quiero saber quién instaló los equipos.

Guardé el teléfono.

—Custodia Levante.

—Eso es una razón social.

—Arturo firmó.

Ferrer me sostuvo la mirada.

—Firmar no es instalar.

—Pero sirve para preguntar.

—No a un muerto.

Un agente nos llamó desde el otro lado.

—Inspectora.

La científica había retirado la protección del asiento trasero. Señalaba una marca oscura en la tapicería.

Ferrer se puso los guantes de nuevo.

—Atrás.

La seguimos sin obedecer del todo.

La marca estaba junto al cinturón central. No parecía sangre. Era una franja de polvo gris, rectangular, con dos líneas limpias en los extremos.

Me incliné.

—Ahí había algo apoyado.

—Una caja —dijo Robles.

Ferrer midió la marca con los dedos sin tocarla.

—O un maletín.

El agente levantó una bolsa pequeña.

—Esto estaba debajo del asiento.

Dentro había un tornillo negro y corto. En la cabeza aparecía grabado un número.

C-17.

Robles lo miró.

—¿Te suena?

No respondí.

Había visto tornillos iguales sujetando las carcasas de las cámaras de Topas.

Ferrer acercó la bolsa a la luz.

—¿Qué es?

—Una pieza de montaje.

—¿De qué?

La científica tocó el borde de la puerta.

—Inspectora, falta la alfombrilla del conductor.

Todos miramos al otro lado.

El asiento estaba vacío.

La puerta, cerrada.

Y en el suelo solo quedaban cuatro anclajes descubiertos.

Ferrer rodeó el coche y tiró de la manilla con el guante. La puerta se abrió.

El asiento del conductor estaba demasiado adelantado.

Mucho.

Robles me miró.

No hizo falta decirlo.

Arturo Benavent no había llevado su coche hasta la Marina.

Alguien lo había conducido con el cadáver sentado a su lado.