Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6)
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CAPÍTULO 1La mujer que sonríe
La mujer que sonríe
La mujer del abanico había sonreído a tres cámaras antes de desaparecer.
Robles dejó las fotografías sobre la mesa. Banco, estación, hotel. En las tres, el mismo abrigo oscuro. En las tres, el abanico cerrado entre los dedos. Julián Orduña caminaba a su lado con la espalda encogida y una gorra que no ocultaba nada.
—No huye —dije.
Robles empujó hacia mí la imagen del hotel.
—Tampoco se presenta en comisaría.
La sala olía a tóner caliente. Un fluorescente zumbaba encima de nosotros. Pasé la uña por el borde de la ampliación sin tocar la cara de la mujer.
—Mira dónde están sus ojos.
—Ya los he visto.
—No mira al objetivo. Mira a quien controla la cámara.
Robles se inclinó. La sonrisa seguía allí. Pequeña. Sin sorpresa.
Cogí la fotografía del banco y la puse junto a la del hotel. En la primera, Orduña llevaba la carpeta que había sacado de la caja. En la segunda, ya no.
—La entregó entre un sitio y otro.
—O la guardó.
—No llevaba bolsa.
Robles abrió el portátil. La pantalla mostró una línea de movimientos: Salamanca, Madrid, Valencia. Un billete comprado con el nombre de Julián Ordóñez. Mala falsificación. Casi una provocación.
Robles amplió la imagen de la estación. La mujer caminaba medio paso detrás de Orduña. No lo vigilaba. Lo conducía. Su mano izquierda señalaba una salida lateral mientras él miraba los paneles.
—No eligió el trayecto —dije.
—Compraron los billetes con cuatro horas de diferencia.
—Pero subieron juntos.
Robles pulsó otra tecla. La cámara exterior los mostraba entrando en un coche blanco. La matrícula pertenecía a una empresa de alquiler. El vehículo había sido devuelto esa misma noche en Valencia, limpio y con ciento ochenta kilómetros más.
—¿Quién firmó la devolución?
—Un empleado que ahora dice que no recuerda sus caras.
—Enséñame el contrato.
—Ya lo ha pedido Valencia.
Arranqué una hoja de la libreta y apunté la matrícula. Robles me la quitó, hizo una copia y me devolvió la original.
—Así funciona compartir.
Volvió a la línea de movimientos.
—Llegaron a Valencia el martes. Él no volvió a utilizar la tarjeta.
—¿Ella?
—No existe.
Cerré el portátil con dos dedos.
—Todo el mundo existe.
—No para Renfe, hoteles, bancos ni Policía.
—Entonces alguien le presta su nombre.
Robles retiró mi mano del ordenador y volvió a abrirlo.
—O alguien ha pasado treinta años enseñándole a no dejarlo.
Decidí ir a Valencia antes de que pronunciara la frase siguiente.
—Pide colaboración.
—Ya la he pedido.
—No para localizarlo. Para detenerlo.
Robles apoyó los codos.
—Orduña no tiene una orden vigente.
—Fingió su muerte.
—Hace treinta años. Necesito algo que siga respirando en un juzgado.
Señalé la firma de la caja de seguridad.
—Esto.
—Esto demuestra que un muerto abrió una caja. No quién murió en su lugar.
Me levanté. La silla golpeó la pared.
—Cuando encontremos a Orduña, se lo preguntamos.
Robles no se movió.
—Cuando lo encontremos, hablo yo primero.
—No.
—Entonces no vienes.
Cogí la fotografía del hotel. Ella me la quitó antes de que pudiera doblarla.
—Has tardado menos de un minuto.
—¿En qué?
—En convertir una investigación conjunta en una persecución tuya.
Guardó las imágenes dentro de una carpeta azul. La cerró con una goma.
—Salimos mañana. Con autorización, un inspector de Valencia y sin improvisaciones.
—Eso último no puedes autorizarlo.
—Puedo dejarte en Salamanca.
Me puse la chaqueta.
—Mañana a las seis.
—A las siete.
—A las seis y media.
Robles escribió algo en una hoja.
—Has negociado media hora. Intenta no celebrarlo rompiendo ninguna puerta.
Salí sin responder.
Lucas tenía la fotografía extendida sobre la mesa cuando llegué a casa.
Clara estaba de pie junto a él. Laura sostenía la copia de la lista de los siete nombres. Martina dibujaba en el suelo con un rotulador sin tapa. La punta dejaba manchas negras en sus dedos.
—Eso estaba en mi carpeta —dije.
Clara recogió el rotulador y puso la tapa.
—La carpeta estaba abierta.
—No.
—Entonces la cerraste mal.
Lucas no apartó la vista de la mujer.
—¿Por qué sonríe?
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Porque sabía que la estaban grabando.
—No te he preguntado eso.
Laura dobló la lista por la mitad.
—Te pregunta por qué no tiene miedo.
Me quité la chaqueta. La manga se enganchó en el respaldo.
—No lo sé.
Lucas giró la imagen hacia mí.
—¿Y el muerto?
—Orduña está vivo.
—En los papeles está muerto.
—Los papeles mienten.
Clara apoyó una mano sobre la fotografía.
—Los papeles no hacen nada solos.
Martina se levantó y me enseñó el dibujo. Cuatro figuras. Una estaba separada, en la esquina.
—Este eres tú.
El papel crujió entre mis dedos.
—¿Por qué estoy ahí?
—Porque trabajas.
Clara cogió el dibujo antes de que lo doblara sin querer.
—Mañana te vas.
No era una pregunta.
—A Valencia.
Lucas empujó la silla hacia atrás.
—¿Por ella?
—Por Orduña.
—Siempre cambias el nombre.
Laura dejó la lista sobre la mesa.
—Esta vez no.
Laura abrió un cajón y sacó un cargador que yo llevaba semanas buscando.
—También te llevas esto.
Lo dejó encima de la chaqueta.
—No voy a necesitar que me administres la maleta.
—No es la maleta.
Clara miró el teléfono que sobresalía de mi bolsillo.
—Cuando llamemos, contestas. Aunque solo puedas decir que sigues vivo.
—Eso no siempre depende de mí.
—Contestar sí.
Martina volvió a sentarse y dibujó una línea desde mi figura hasta las otras tres. El rotulador chirrió sobre el papel.
Miré a Laura.
—No he terminado.
—Precisamente.
Abrió la carpeta azul que Robles me había obligado a llevar. Sacó la autorización de colaboración y leyó la primera línea.
—Vas con Robles. Eso está bien.
—No necesito permiso.
—No te lo estoy dando.
Clara se acercó hasta quedar entre la puerta y yo.
—Llamas cada día.
—Si puedo.
—No.
Su dedo golpeó la mesa una vez.
—No vas a volver a desaparecer detrás de un «si puedo».
Lucas cogió la fotografía y la sostuvo por una esquina.
—Quiero saber qué encuentras sobre David.
—Lo que pueda contar.
—Eso también significa nada.
Apreté la mandíbula. Laura vio el gesto y apartó a Martina con la rodilla antes de que se acercara más.
—Dile la verdad —dijo.
—La verdad puede cambiar mañana.
—Entonces mañana la corriges.
Cogí la fotografía de la mano de Lucas.
—Orduña estaba vivo cuando todos dijeron que estaba muerto. Conoce a la mujer del abanico y abrió una caja donde aparecía mi nombre. Voy a Valencia porque puede saber quién preparó aquella lista.
Lucas esperó.
—¿Y David?
—Todavía no sé si estaba en ella.
—Eso sí era una respuesta.
Clara abrió la puerta del pasillo.
—Prepara la bolsa. Y deja una copia de todo aquí.
No discutí. Fui al dormitorio, saqué una camisa y la metí sin doblar. El teléfono vibró en el bolsillo.
Robles.
—Dime.
—Cambio de hora.
—No negocio dos veces.
—No hay tren.
Me detuve con la mano dentro de la bolsa.
—¿Qué ha pasado?
Al otro lado sonó una puerta. Después, la voz de Robles bajó.
—La Policía de Valencia ha encontrado un coche en la Marina. Hay un hombre muerto dentro.
—¿Quién?
—Arturo Benavent.
El nombre me cerró los dedos alrededor de la camisa.
Lo había visto esa mañana.
No en una fotografía.
En la firma del contrato que instaló las cámaras de Topas.