Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 9 Cuestión de tiempo
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Capítulo 9 Cuestión de tiempo

Dos años más.

Aldren los notó de la misma manera en que había notado los dos anteriores — no como una suma abstracta sino como una acumulación de cosas concretas.

La marca en la puerta de su habitación había tenido que moverse dos veces más.

La voz se había asentado. En la fragua de Maren hacía trabajo que el herrero ya no supervisaba.

Catorce años. Cuatro inviernos desde la muerte de Eira, que era la manera en que Aldren contaba el tiempo. La aldea seguía igual. El paso de Keth seguía en manos de los Drak.

Bren el joven había vuelto del paso hacía más de un año — más callado que antes, con algo en los ojos que no estaba cuando se fue. Aldren lo miraba a veces. Pensaba en los dos tipos de rabia. Pensaba en cuál tenía él.

— ✦ —

Edvar lo había mencionado una mañana de finales de otoño, entre dos silencios, con esa manera suya de dejar caer la información en el momento exacto en que iba a aterrizar bien.

—Hay un mercado en el cruce de los caminos del este. Cada luna llena desde el deshielo hasta los primeros fríos. Este mes es el último del año.

Aldren había esperado que hubiera más. No hubo más. Edvar había vuelto a mirar las montañas. Y en el silencio entre los dos había estado todo lo que ninguno necesitaba decir.

Aldren había ido dos días después.

— ✦ —

El cruce de los caminos del este era una explanada amplia entre colinas, suficientemente plana y alejada de cualquier aldea concreta como para que nadie la reclamara como propia. Cuando Aldren llegó, había ya quince o veinte puestos montados.

Lo primero que notó fue un olor: especias del sur mezcladas con cuero curtido. Lo segundo fue el ruido. Lo tercero, algo que no era exactamente un sonido ni un olor sino una cualidad del aire, fue la presencia Drak.

No había que buscarla — estaba ahí, integrada en el mercado. Tres hombres en el extremo norte de la explanada, con esa ropa de viaje que Aldren había aprendido a reconocer. Aldren los localizó. Los mantuvo en la periferia de su visión. Y luego se puso a trabajar.

Trabajar, en su caso, significaba moverse entre los puestos con el paso de alguien que podría comprar o podría no comprar. Mirar lo que había. Notar los precios. Escuchar fragmentos de conversaciones. Aprendía cosas. Las guardaba.

Pasó así casi una hora. Y llegó a un punto en que había recorrido el mercado suficientemente. Fue entonces cuando la vio.

— ✦ —

Estaba junto a un puesto de especias en el lado oeste de la explanada.

Era una mujer muy mayor — de esas personas cuya edad ya no se cuenta en años sino en la manera en que el cuerpo ha aprendido a llevarlos.

El pelo completamente blanco, recogido hacia atrás.

La espalda con esa curvatura leve que dan las décadas, pero sin la fragilidad que uno esperaría.

Estaba de pie junto al puesto con las manos cruzadas delante, mirando las especias.

Y luego levantó los ojos. Y los puso en Aldren.

No fue la mirada de curiosidad habitual ante sus ojos. Era otra cosa. Era el impacto. La expresión específica de alguien que ha visto algo que no esperaba ver y que está usando todas sus fuerzas para no reaccionar de la manera en que su cuerpo quiere reaccionar.

Aldren no apartó los ojos. Ella tampoco. Duró solo unos segundos. Pero fue del tipo de mirada que se mide en otra unidad de tiempo. Luego ella apartó los ojos hacia las especias.

Aldren siguió andando. Pero algo se había instalado en su cabeza que no iba a irse fácilmente.

Siguió moviéndose entre los puestos. Pensó en lo que le había dicho Edvar. Si el bebé tenía una madre, esa madre también los tendría. Y si esa madre tenía familia... podrían reconocerte.

Fue hacia donde estaba la mujer.

— ✦ —

Ella lo vio venir. No intentó moverse ni mirar hacia otro lado. Se quedó donde estaba, y cuando Aldren llegó a un paso de ella lo miró directamente.

De cerca, los años en su cara eran aún más evidentes — una vida entera escrita en la piel. Pero sus ojos eran otra historia. Claros, directos, con esa concentración de quien lleva mucho tiempo mirando el mundo con atención.

Junto a ella había un hombre de unos cincuenta años, ancho de hombros, con las manos del tipo de persona que trabaja con herramientas pesadas. Había estado cerca todo el tiempo, con esa quietud evaluadora de quien observa sin querer ser visto observando.

—¿De dónde eres? —dijo ella. Sin rodeos. Con la voz firme de quien pregunta lo que pregunta porque quiere saber la respuesta.

—De los Vorn —dijo Aldren.

Algo cruzó por su cara. Rápido, casi invisible. Pero Aldren lo vio.

—¿Cómo te llamas?

—Aldren.

Esta vez el cambio fue más difícil de controlar. La mujer miró sus ojos — los dos, uno gris, uno dorado — con una atención que iba más allá de la curiosidad habitual.

—¿Sabes por qué te miro así? —dijo.

—Tengo una idea —dijo Aldren.

La mujer lo estudió un momento más. Luego señaló con un gesto mínimo hacia el borde de la explanada, donde los pinos empezaban y el ruido del mercado se amortiguaba.

—Ven —dijo.

— ✦ —

Se sentaron en el tronco caído que había justo donde los árboles empezaban. El hombre llegó un momento después y se quedó de pie a un paso detrás de la mujer, con los brazos cruzados y esa expresión evaluadora.

El ruido del mercado llegaba desde atrás amortiguado pero presente.

La mujer tardó un momento en empezar. Estaba ordenando algo, eligiendo por dónde entrar en una historia que llevaba mucho tiempo sin contarse en voz alta.

—Mi hija —dijo al fin— tuvo un hijo hace muchos años. El padre era un hombre con poder. Un hombre que no quería que ese hijo existiera.

Aldren escuchó sin interrumpir.

—Se lo quitaron. Una noche llegaron hombres y se llevaron al bebé. Nos dijeron que lo habían abandonado en el río. Que era lo más compasivo. Que no buscáramos.

—¿Buscaron?

—Mi hija sí. Durante años. No encontró nada. Murió sin saber qué había pasado con él.

El mercado seguía sonando de fondo. Aldren pensó en su padre — en ese hombre serio y leal que había crecido entre los Vorn sin saber quién era, que había muerto en el paso sin saber quién era.

—¿Cómo era ese bebé? —dijo.

La mujer lo miró durante un momento. Luego dijo:

—Tenía los ojos distintos el uno del otro. Uno gris. Uno del color de la miel en otoño.

Aldren no dijo nada durante un momento.

El viento movió los pinos por encima de ellos.

—Ese bebé vivió —dijo Aldren al fin—. Lo encontró un hombre de mi pueblo junto al río. Lo crió. Se hizo Vorn. Tuvo hijos. —Una pausa—. Murió hace años, antes de que yo tuviera memoria de él.

La mujer lo miraba con esos ojos claros y directos. Y Aldren vio en ellos algo que se reorganizaba despacio, como cuando el agua turbia empieza a asentarse y deja ver el fondo.

—¿Eras su hijo? —dijo.

—Sí.

La mujer miró sus propias manos durante un momento largo. Y Aldren vio que le temblaban ligeramente — no de miedo sino de algo completamente distinto, del tipo de temblor que viene de dentro cuando algo que lleva décadas apretado encuentra por dónde soltarse.

—¿Sabes quién era su padre? ¿Quién se lo quitó a mi hija?

—Tengo una idea —dijo Aldren, usando las mismas palabras que ella había usado antes.

La mujer levantó los ojos. Y en ellos había algo que Aldren reconoció porque lo había sentido él mismo — esa rabia fría y paciente que sabe esperar.

—El consejo Drak —dijo ella. No era una pregunta.

—Sí.

La mujer asintió, muy despacio.

—Llevamos mucho tiempo viviendo entre ellos. Mi familia. Callando. Esperando sin saber exactamente qué esperábamos. —Una pausa larga—. Quizás esperábamos esto.

Aldren miró al hombre de pie detrás de la mujer. El hombre le devolvió la mirada — directa ahora, sin el velo evaluador de antes. En sus ojos había algo que Aldren reconoció como una decisión tomada y ya firme.

—¿Cómo te llamas? —le dijo Aldren.

—Dorvn —dijo el hombre—. Soy su nieto. Trabajo en el mantenimiento del paso de Keth.

Aldren lo miró durante un momento. Pensó en el paso. En los relevos de guardias, en los puestos de control, en la geografía de un lugar que conocía desde fuera pero que este hombre conocía desde dentro.

—Cuando sea el momento —dijo Aldren, eligiendo las palabras con esa precisión que había aprendido de años de escuchar a Edvar—, ¿te importaría contarme cómo funciona?

Dorvn lo miró durante un momento más.

—Cuando sea el momento —dijo— ya hablaremos.

No era un sí exactamente. Pero tampoco era un no. Era algo más parecido a lo que Maren había dicho aquel primer día en la fragua — que no era una bienvenida en las palabras pero era una bienvenida en lo que significaba.

La mujer había estado escuchando sin intervenir. Ahora volvió a mirar a Aldren.

—¿Cómo te llamas tú? No te lo he preguntado.

—Mira —dijo la mujer.

Aldren asintió. Dejó que el nombre se asentara.

—Mira. Yo no sé todavía exactamente qué va a pasar. No tengo un plan completo ni un ejército ni ninguna certeza de que las cosas vayan a salir bien. —La miró directamente—. Pero sé lo que quiero recuperar. Y sé que para hacerlo voy a necesitar gente que conozca a los Drak desde dentro.

Mira lo miró durante un momento largo. Luego hizo algo que Aldren no esperaba: sonrió. No una sonrisa amplia ni cálida. Era más pequeña que eso, más antigua, del tipo que aparece en las caras de quienes han esperado mucho tiempo algo y acaban de verlo llegar.

—Ven a vernos —dijo—. Cuando estés listo. Sabremos encontrarnos.

Se levantó con esa lentitud cuidadosa de los cuerpos muy viejos que conocen sus límites. Y estuvo a punto de irse. Luego se detuvo.

Miró a Aldren una última vez.

—Tú tienes los ojos de tu abuela —dijo.

Y se fue hacia el mercado sin mirar atrás, con Dorvn un paso detrás.

— ✦ —

Aldren se quedó sentado en el tronco caído durante un rato después de que desaparecieran.

El mercado seguía. Los tres hombres Drak en el extremo norte de la explanada seguían donde habían estado. No habían notado nada. Para ellos había sido un mercado normal en un día normal.

Aldren miró sus propias manos. Manos de catorce años — con los callos de la fragua instalados en las palmas.

Pensó en Mira y en lo que llevaba décadas cargando. Pensó en Dorvn y en los años en el paso aprendiendo cada detalle. Pensó en su padre, que había crecido entre los Vorn sin saber que tenía una familia en otro sitio que llevaba toda su vida buscándole.

Tú tienes los ojos de tu abuela.

La frase se asentó en algún lugar del interior con esa suavidad específica de las cosas que encajan perfectamente en el espacio que llevaban tiempo esperando ocupar.

Se levantó. Emprendió el camino de vuelta a la aldea. Tenía mucho en qué pensar. Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, pensar no le pesaba.

A lo lejos, al sur, las montañas cerraban el horizonte. El paso de Keth estaba ahí, como siempre, oscuro entre las cumbres.

Aldren lo miró durante un momento. Luego apartó los ojos y siguió andando.