Capítulo 10 La declaración
La primavera llegó tarde ese año.
Llegó como llegaba siempre en el norte — no de golpe sino por acumulación, cada día un poco menos frío que el anterior, el hielo del río Keld rompiéndose primero en los bordes y luego en el centro con ese sonido específico que se oía desde la aldea en las noches quietas.
Aldren lo oyó desde su habitación una noche de principios del deshielo y se quedó despierto escuchando hasta que el sonido terminó. Pensó en el paso de Keth abriéndose con el deshielo. Pensó en las primeras caravanas del año cruzando hacia el sur. Pensó en Mira y en Dorvn.
Tres años habían pasado desde ese día en el mercado. Tres años en que Aldren había crecido en todos los sentidos que puede crecer un hombre joven. Diecisiete años. La edad en que el norte consideraba que un hombre podía responder de sus propias decisiones.
Esa noche, escuchando el hielo del Keld romperse, Aldren tomó la suya.
— ✦ —
Fue a ver a Edvar por la mañana.
El anciano estaba en el banco, como siempre. Edvar tenía el gorro de lana todavía puesto pero la capa menos apretada, que era su manera de reconocer que el invierno había terminado sin celebrarlo demasiado.
Aldren se sentó en el suelo junto al banco. No dijeron nada durante un momento. Era el silencio de siempre entre ellos.
—Estoy listo —dijo Aldren.
Edvar no respondió de inmediato. Siguió mirando las montañas.
—¿Cuándo lo decidiste? —dijo al fin.
Aldren lo pensó de verdad antes de responder.
—En el roble torcido —dijo—. La noche de Eira. —Una pausa—. Pero tardé en saberlo.
El anciano asintió. Despacio, con esa manera suya de asentir que no era acuerdo sino reconocimiento.
—¿Tienes miedo?
—Sí —dijo Aldren.
—Bien.
Aldren lo miró de reojo.
—¿Bien?
—El que no tiene miedo no entiende lo que está haciendo. —Edvar hizo una pausa breve—. El que tiene miedo y lo hace de todas formas es otra cosa.
Se quedaron en silencio otro rato.
—Esta tarde hay reunión —dijo Edvar—. El asunto del nuevo peaje al ganado. Todo el mundo estará.
—Lo sé.
—Necesito que estés ahí —dijo Aldren—. Y necesito que digas tú primero quién soy. Que venga de ti.
Edvar lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo yo solo parecerá arrogancia. —Aldren sostenía la mirada del anciano—. Si lo dice el sabio de los Vorn es otra cosa.
Algo en la expresión de Edvar cambió — no mucho, pero suficiente para que Aldren lo viera. El orgullo difícil, el que cuesta.
—Has pensado en esto —dijo Edvar.
—Llevo tiempo pensando en esto.
El anciano asintió una vez más.
—Lo haré —dijo—. Esta tarde.
Aldren se levantó. Se quedó un momento de pie frente al anciano.
—Edvar.
—Dime.
—Gracias. —Lo dijo simplemente, sin adornos—. Por todo lo que hiciste. Por mi padre. Por mí. Por esperar.
Edvar apartó los ojos hacia las montañas, que era su manera de decir las cosas que no sabía decir de otra manera.
—Ve —dijo—. Que tu madre sepa que esta tarde va a pasar algo.
— ✦ —
Su madre lo escuchó de pie junto a la ventana, con las manos quietas a los lados y los ojos fijos en él mientras hablaba. Aldren le contó lo que iba a hacer con la misma voz con que le habría contado cualquier otra cosa.
Cuando terminó, su madre dijo:
—¿Puedo pedirte una cosa?
—Dime.
—Que vuelvas. —Lo dijo mirándole directamente—. Que hagas lo que tengas que hacer y que vuelvas.
—Voy a intentarlo —dijo Aldren.
No dijo te lo prometo. Los dos sabían que eso habría sido menos honesto. Su madre asintió.
Luego, cuando Aldren se giró para irse, ella dio un paso hacia él y le puso la mano en el brazo. Solo un momento. La mano en el brazo durante ese segundo exacto, y luego lo soltó.
Aldren salió.
— ✦ —
La plaza de la aldea era un espacio sin pretensiones — tierra pisada y compacta, el pozo en el centro, los tejados de las casas cerrando tres de sus lados.
Cuando Aldren llegó, había ya casi todo el mundo. Ochenta personas, quizás más. El sol de la tarde iluminaba la plaza desde el oeste con esa luz larga y dorada de la primavera.
Aldren se colocó al fondo, entre la gente, y esperó.
Hablaron primero los hombres mayores del asunto del peaje al ganado — el nuevo impuesto que los Drak querían aplicar. Era la conversación de siempre con números distintos: rabia contenida, propuestas que se deshacían solas por falta de poder real.
Aldren lo dejó ir. Dejó que la conversación encontrara su fondo natural, ese punto donde la gente ha dicho lo que tenía que decir y se queda en silencio porque ya no hay más que decir dentro de los límites de lo posible.
Fue entonces cuando Edvar habló. No levantó la voz. Nunca lo hacía. Pero había algo en su voz que hacía que la gente prestara atención sin saber exactamente por qué.
—Hay algo más que decir esta tarde —dijo Edvar.
El silencio que siguió era del tipo que se produce cuando todo el mundo siente que lo que viene a continuación va a ser importante.
—Muchos de vosotros conocéis la profecía.
Los que no la conocéis, la habéis oído. Los Vorn llevamos generaciones con esa historia — que llegará alguien que devolverá lo que nos fue arrebatado.
—Edvar miró a la gente con esa calma suya—.
He pasado muchos años preguntándome si era verdad. Ya no me lo pregunto.
Y entonces miró directamente hacia donde estaba Aldren.
Ochenta pares de ojos siguieron esa mirada.
Aldren no esquivó el peso de todos ellos. Se abrió paso hacia el centro de la plaza con ese paso suyo tranquilo. Cuando llegó junto al pozo y se giró a mirar a su gente sintió que el miedo seguía ahí, exactamente donde lo había dejado esa mañana, y que estaba bien que siguiera ahí.
—No voy a hablaros de profecías —dijo.
Su voz en la plaza era diferente. No más alta — simplemente diferente, del tipo de diferencia que ocurre cuando una voz encuentra el espacio para el que está hecha.
—Voy a hablaros de lo que sé. De lo que todos sabemos pero hemos dejado de decir en voz alta porque llevamos tanto tiempo diciéndolo que las palabras han perdido el peso.
—Hizo una pausa—. El paso de Keth era nuestro.
Nos lo quitaron con violencia y con traición, y desde entonces vivimos bajo unas condiciones que no elegimos y que cada año son peores. Mi padre murió allí.
Hizo una pausa. No mencionó a Eira. No hacía falta. Vio en las caras de la gente que todos sabían que estaba ahí.
—No os voy a prometer que será fácil. No lo será.
Los Drak son más y llevan más tiempo controlando el paso.
Tienen alianzas y recursos que nosotros no tenemos.
—Los miró directamente—. Pero tienen algo más que nosotros no tenemos: la convicción de que esto va a seguir siendo siempre así.
De que somos un pueblo que aguanta y calla y encoge los hombros.
Una pausa.
—Y eso es lo que vamos a cambiar primero.
El silencio que siguió tenía una textura diferente al de antes.
Fue entonces cuando habló el primero. No fue Maren.
Fue un chico de diecinueve años que Aldren conocía de vista.
Se llamaba Kael. Tenía esa energía específica de los muy jóvenes cuando algo les llega de verdad — la energía anterior al cálculo, la de quien siente algo con suficiente claridad como para moverse antes de pensar.
Se levantó desde donde estaba, en el lado oeste de la plaza, con ese movimiento rápido e involuntario de los cuerpos que actúan antes de que la cabeza haya dado permiso.
—Yo estaré —dijo.
No lo dijo en voz alta exactamente. No fue un grito ni una declaración solemne. Fue simplemente la afirmación de alguien que ha tomado una decisión y la está poniendo en palabras con esa claridad directa de quien no ha aprendido todavía a rodear las cosas.
Aldren lo miró. Kael le sostenía la mirada. Tenía los ojos oscuros y serios y esa ligera tensión en la mandíbula de quien ha hecho algo que sabe que no tiene vuelta atrás y que está bien que no la tenga.
—Gracias —dijo Aldren.
Y luego Maren se levantó. El herrero, con sus brazos cruzados y esa postura suya de no moverse más de lo necesario, dijo con esa economía de palabras de siempre:
—Habla cuando estés listo. Yo estaré.
Y luego otros. No todos — nunca todos, y Aldren no esperaba todos. Había personas que escuchaban sin comprometerse. Aldren los vio y no los forzó.
Empezaron las preguntas. ¿Cómo? ¿Con qué? ¿Cuándo? ¿Quién más? Las preguntas llegaron de varios sitios a la vez. Aldren respondió a cada una con honestidad — tenía respuestas para algunas, y para las otras dijo todavía no lo sé sin disculparse.
La reunión se alargó. El sol bajó otro tramo hacia el oeste. Y la conversación fue encontrando, poco a poco, esa calidad diferente que tienen las conversaciones cuando dejan de ser sobre lo que podría ser y empiezan a ser sobre lo que va a ser.
Cuando la gente empezó a dispersarse, Aldren se quedó junto al pozo.
Pensó en Kael. En la manera en que se había levantado antes de que nadie más lo hiciera. Pensó en que eso también era un tipo de valor — no el más sabio, no el más prudente, pero quizás el más puro.
Edvar se acercó despacio, con el bastón y sus pasos cuidadosos de siempre.
—¿Cómo te sientes? —dijo.
Aldren lo pensó de verdad antes de responder.
—Como alguien que acaba de decir algo que no puede no haber dicho. —Una pausa—. Como si hasta ahora hubiera estado cargando con algo que pesaba en una dirección y ahora pesara en otra. Pesa igual. Pero es diferente.
Edvar asintió con esa expresión suya que era el orgullo difícil, el que cuesta.
—¿Y el miedo?
—Sigue ahí —dijo Aldren.
—Bien —dijo Edvar, por segunda vez ese día.
Aldren miró el paso de Keth, recortado contra el cielo de la tarde. Luego miró a su gente dispersándose. Luego buscó con los ojos a Kael, que estaba al fondo con un grupo de jóvenes, gesticulando con esa energía suya de quien acaba de hacer algo y todavía lo siente en el cuerpo.
Todo el mundo lo sabe, había dicho Eira en el árbol, con los pies colgando sobre el vacío. Lo que no sé es por qué nadie hace nada.
Ahora alguien hacía algo.
Aldren apartó los ojos del paso de Keth y miró la plaza.
Había trabajo que hacer.