Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 7 La promesa de Edvar
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Capítulo 7 La promesa de Edvar

Habían caído tres días de nieve seguidos y luego el cielo se había despejado de golpe, con esa limpieza brusca que tiene el invierno del norte cuando decide que ya es suficiente nublar y quiere que todo el mundo vea lo que ha hecho.

El resultado era un mundo completamente blanco bajo un cielo completamente azul.

No el azul pálido y dudoso del otoño — el azul intenso y sin matices del invierno despejado, ese que parece más cielo que cualquier otro cielo.

La luz era de una claridad casi violenta — todo con esa nitidez de cuchillo que tiene el mundo cuando el frío ha limpiado el aire.

Aldren lo notó desde que abrió los postigos por la mañana. El paso de Keth era visible con una precisión que no había tenido en semanas. Cerrado. Inaccesible. De los Drak. Aldren cerró los postigos y fue a desayunar.

— ✦ —

Edvar estaba en el banco cuando llegó. Lo que sí era diferente esa mañana era algo en su postura — no la postura de alguien que espera sin propósito, sino la de alguien que espera con uno.

Se sentó en el suelo junto al banco sin decir nada. La nieve del camino estaba intacta a esa hora — era temprano todavía. Solo el rastro de las botas de Aldren marcaba la superficie blanca.

Las montañas estaban ahí, blancas y azules y nítidas. Edvar miró el paso de Keth durante un momento más. Luego miró a Aldren.

—Cuéntame algo de mi padre —dijo Aldren.

No había planeado decirlo. O sí lo había planeado, en algún lugar del interior donde las decisiones se toman antes de que la mente las procese.

Edvar no respondió de inmediato. En sus ojos había algo que Aldren había aprendido a reconocer — esa combinación de alivio y peso que tienen las cosas cuando por fin encuentran el momento en que pueden salir.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que no me han contado.

—Voy a contarte algo —dijo Edvar—. Y quiero que lo escuches hasta el final antes de responder. ¿Puedes hacer eso?

—Depende de lo que cuentes.

Edvar asintió levemente. Era la respuesta correcta — más honesta que un sí incondicional.

—Tu padre era el hombre más serio que he conocido. Serio de verdad, no de apariencia. Pensaba antes de hablar. Era leal. Trabajador. La gente lo respetaba sin que él lo buscara. En eso te pareces mucho a él.

—Eso ya me lo dijiste una vez —dijo Aldren.

—Sí. Lo que no te dije es lo que voy a contarte ahora.

Aldren esperó.

—Lo encontré junto al río.

Aldren no dijo nada. Las palabras aterrizaron en algún lugar del interior con esa suavidad específica de las cosas que encajan.

—¿Cómo?

—Era un bebé. Pequeño para la época del año. Demasiado pequeño para haber sobrevivido mucho tiempo sin protección, y sin embargo vivo. Estaba envuelto en una tela — no de aquí, una tela demasiado buena para haber llegado ahí por accidente.

—¿Dónde exactamente?

—En el Keld. En el tramo donde el río se ensancha antes de doblar hacia el valle. —Una pausa—. El mismo tramo donde tú te sientas a veces por las tardes.

Aldren procesó eso en silencio. Pensó en que había estado sentándose en ese sitio sin saberlo, semana tras semana, como si algo en él hubiera sabido dónde ir aunque la mente no lo supiera.

—¿Por qué no lo dijiste nunca?

—Porque no sabía de dónde venía. Y sin saber de dónde venía, decirlo no habría servido de nada excepto para crear preguntas que no podía responder.

—¿Y ahora puedes responderlas?

—Algunas.

Aldren miró el paso de Keth entre las cumbres nevadas.

—¿Qué rasgos tenía? El bebé.

—Distintos a los nuestros. La forma de la cara. Los pómulos. Cosas pequeñas. —Una pausa deliberada—. Y los ojos.

Aldren sintió algo moverse en su pecho. No lo mostró.

—¿Qué tenían los ojos?

—Eran distintos el uno del otro. Uno gris. Uno del color de la miel en otoño.

El silencio que siguió duró exactamente lo que Aldren necesitó para que las piezas terminaran de colocarse donde llevaban tiempo queriendo colocarse.

—Mis ojos —dijo.

—Sí.

—Los heredé de él.

—Sí.

Aldren miró el suelo frente a él. Pensó en todas las veces que había intentado no pensar demasiado en sus ojos. Pensó en la manera en que Edvar le había mirado a veces con esa ambivalencia suya inexplicable.

—¿Lo sabía mi madre?

—Sospechaba. Nunca lo hemos hablado directamente. Ella me pidió silencio antes de que yo pudiera decirle lo que sabía, y yo lo guardé. —Una pausa—. No fue exactamente honesto de mi parte.

—¿Y mi padre?

—No. Tu padre no lo supo nunca. Creció entre los Vorn, fue Vorn en todo lo que importa.

Aldren asintió despacio.

—¿De dónde venía el bebé?

Era la pregunta que los llevaba a donde tenía que llegar la conversación.

—Con los años llegué a tener una idea. El lugar donde lo encontré en el río está más cerca del territorio Drak que de nuestra aldea. La tela era de una calidad que no se ve entre los Vorn ni entre los pueblos del sur. Y los ojos...

Se detuvo.

Aldren miró el paso de Keth. El pensamiento llegó solo, con esa claridad de las conclusiones que ya estaban formadas antes de formularse.

—No es un rasgo de los Drak en general —dijo Aldren, despacio—. Si lo fuera, lo habrías visto en algún comerciante o en algún cobrador a lo largo de los años. Es un rasgo de una familia.

Edvar no dijo nada. Esperó.

—Una familia con poder suficiente para usar tela buena. Y para deshacerse de un bebé sin dar explicaciones. El consejo Drak lleva generaciones en manos de las mismas familias. La que lo lidera tiene ese tipo de poder.

—No tengo certeza —dijo Edvar—. Nunca la he tenido. Es lo que encaja cuando uno mira las piezas durante cincuenta años.

—¿Las piezas encajan?

—Sí.

Aldren permaneció en silencio durante un tiempo largo. Edvar no lo llenó.

La nieve en el camino brillaba. En algún lugar detrás de ellos, la fragua de Maren empezaba sus primeros golpes del día — uno, pausa, uno, pausa.

—¿Lo sabía él? Mi padre.

—No.

—Vivió toda su vida sin saber.

—Sí.

—Y murió sin saber.

—Sí. —Una pausa—. Eso es lo que más me pesa. No saber si habría cambiado algo. Si decirle algo, en algún momento, habría...

Se detuvo.

—Probablemente no —dijo Aldren.

—Probablemente no. Pero a veces pienso eso.

Aldren lo miró. Miró esa cara que conocía desde antes de tener memoria de conocer nada. Y vio algo en esos ojos que hoy era más visible.

—Eso que llevas en los ojos desde que empezaste a contarme esto. ¿Es culpa?

El anciano no desvió los ojos. Lo miró directamente y respondió:

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque lo sabía. O lo sospechaba. Y callé durante años mientras tú crecías sin saber quién eras. Y porque tu padre murió sin saberlo tampoco. Y a veces pienso que si le hubiera dicho algo, las cosas podrían haber sido distintas.

—Probablemente no —dijo Aldren de nuevo.

—Probablemente no. Pero eso no quita la culpa. La culpa no necesita que las cosas hubieran sido distintas para existir. Solo necesita que uno sepa que podría haber hecho algo diferente. Aunque ese algo diferente no hubiera cambiado nada.

Aldren asintió. Dijo lo único que le parecía honesto:

—Gracias por contármelo.

Edvar no respondió. Pero algo en su postura cambió — ese aflojamiento leve que Aldren había aprendido a leer como la versión del anciano del alivio.

Se quedaron en silencio otro rato. Las sombras de los tejados en la nieve eran largas y azuladas.

—Una cosa más —dijo Aldren, cuando ya estaba a punto de levantarse.

—Dime.

—Los ojos. Si el bebé tenía una madre, esa madre también los tendría. Y si esa madre tenía familia...

—Podrían reconocerte —dijo Edvar.

—Sí. ¿Es posible?

Edvar lo pensó de verdad antes de responder.

—Es posible. Si esa familia sigue existiendo. Si alguien en ella recuerda. Si alguna vez has estado suficientemente cerca de ellos para que alguien te mirara de la manera correcta.

Aldren asintió.

—Bien —dijo.

Se levantó. Se sacudió la nieve de los hombros. Miró el paso de Keth una vez más.

—Edvar —dijo, sin girarse todavía.

—Dime.

—Lo de la culpa. No desaparece porque yo lo sepa ahora. Pero es más tuya de lo que deberías cargar solo.

No esperó respuesta. Se giró y emprendió el camino hacia la fragua con la nieve crujiendo bajo sus pies y la claridad del día de invierno iluminándolo todo con esa precisión que no perdona nada y que al mismo tiempo hace que el mundo parezca, durante un momento, completamente legible.

Detrás de él, Edvar se quedó mirando el paso de Keth. La nieve brillaba. El cielo era completamente azul. Y en los ojos del anciano había algo que no estaba antes. Algo que era, si no exactamente paz, al menos la posibilidad de ella.