Capítulo 6 El duelo y la rabia
El invierno llegó a los doce días de la muerte de Eira.
No como metáfora — llegó literalmente, con la primera nevada real de la temporada, esa que no es el ensayo de otoño sino la declaración de intenciones del invierno de verdad.
Aldren la vio llegar desde la ventana de su habitación en la madrugada, cuando todavía no podía dormir y se había levantado a sentarse junto al alféizar con las rodillas recogidas y la frente casi en el cristal frío.
Los copos eran grandes y lentos al principio, cayendo con esa calma de las cosas que saben que tienen todo el tiempo del mundo, y en pocas horas habían cubierto el barro del camino y los tejados de las casas y la rama baja del roble torcido al fondo, al norte, donde todavía no había ido desde aquella noche.
El mundo se volvió blanco.
Aldren lo miró hasta que amaneció y luego se vistió y salió.
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Había encontrado en las semanas anteriores una manera de funcionar que no era exactamente estar bien — no tenía nada que ver con estar bien — sino algo más parecido a la mecánica de seguir moviéndose cuando el interior ya no tiene instrucciones claras sobre cómo hacerlo. Una rutina.
Por las mañanas, la fragua de Maren.
Llegaba antes que nadie — antes de que la aldea terminara de despertar. Maren ya estaba siempre. Aldren nunca había sabido a qué hora se levantaba el herrero, pero cada mañana que Aldren llegaba, por temprano que fuera, Maren estaba ya con el fuego encendido y el trabajo empezado.
No hablaban mucho. Eso era precisamente lo que hacía que la fragua funcionara como refugio — no el calor, no el trabajo físico, sino el hecho de que Maren no preguntaba. No preguntaba cómo estaba, no preguntaba si había dormido.
Maren simplemente le ponía trabajo delante. Aldren lo hacía.
El fuelle, cuando hacía falta. Mover carbón del almacén.
Sujetar piezas mientras Maren las golpeaba.
Limpiar la herrería al final de la mañana.
Trabajo físico, concreto, con resultados visibles.
Aldren había descubierto en esas semanas que necesitaba eso más de lo que habría pensado: cosas que tenían antes y después, que se podían completar, en un mundo donde lo que más importaba no tenía arreglo posible.
Una mañana, cuando llevaban un rato trabajando en silencio, Maren dijo sin levantar los ojos del metal:
—¿Cómo duermes?
Era la primera pregunta personal que le hacía desde la muerte de Eira.
—Poco —dijo Aldren.
Maren asintió. Golpeó el metal.
—Pasa —dijo—. Se va arreglando.
No añadió nada más. Las dejó ahí, escuetas y sin adorno, y volvió al trabajo. Aldren encontró, curiosamente, que eso le resultaba más útil que cualquier cosa más larga que alguien le hubiera dicho.
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Por las tardes, a veces, el río.
El Keld bajaba algo más crecido en invierno — no desbordado, pero sí con más agua y más corriente, el color cambiado del verde claro del verano al marrón oscuro del agua que arrastra lo que el otoño ha dejado en el suelo.
Aldren se quedaba en la orilla. No hacía nada concreto.
Se sentaba en una roca o se quedaba de pie con los brazos cruzados mirando el agua moverse, y la miraba durante el tiempo que necesitaba hasta que algo en el interior encontraba un punto de menor tensión, no de paz pero sí de algo más manejable.
Era lo que Edvar hacía con las montañas. Lo pensó un día mientras estaba mirando el río, y el pensamiento le produjo algo complicado — ese tipo de reconocimiento que es simultáneamente cálido e incómodo.
Pasó muchas tardes en ese tramo del río. Y no supo hasta meses después que estaba sentándose, una y otra vez, exactamente en el punto donde Edvar había encontrado al bebé décadas atrás.
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Su madre y él funcionaban.
Era la palabra que Aldren habría usado si alguien le hubiera preguntado — funcionaban. No era una palabra bonita ni generosa, pero era honesta. Se movían por la misma casa con ese cuidado específico de dos personas que saben que el otro está cargando con algo parecido pero no idéntico.
Hablaban de cosas concretas. El pan, la leña, los recados.
El catre de Eira seguía en su sitio. Las mantas dobladas. La almohada en su sitio. El ovillo de lana cerca. Ninguno de los dos lo había mencionado. Ninguno de los dos lo había movido.
El momento de conexión llegó una noche sin que ninguno de los dos lo planeara. Aldren estaba sentado junto a la mesa después de cenar. Su madre estaba junto al fuego con su costura habitual. Luego su madre dijo, sin levantar los ojos:
—Hoy pensé en algo que dijo una vez.
Aldren no respondió. Esperó.
—Fue hace mucho tiempo. Tendría cuatro años, quizás cinco. Le pregunté por qué lloraba y me dijo que no lloraba, que se le había metido el bosque en los ojos.
Silencio.
—El bosque en los ojos —repitió Aldren.
—Sí.
—Eira siempre encontraba la manera correcta de decir las cosas —dijo su madre, en voz muy baja.
Aldren asintió. No añadió nada. Su madre tampoco. Volvieron al silencio — pero era un silencio diferente al de antes, con algo más dentro de él.
Esa noche Aldren durmió algo mejor. No mucho. Pero algo.
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Una noche, quizás dos semanas después de la muerte de Eira, Aldren oyó a su madre llorar al otro lado de la pared.
No fue un llanto largo ni ruidoso. Fue ese tipo de llanto contenido que hacen las personas que han decidido que no van a llorar y que sin embargo lloran.
Aldren se quedó completamente quieto en su catre. Escuchó hasta que paró.
Pensó en ir. Pensó en llamar a la puerta, en decir algo. Lo pensó durante un rato.
No fue. Porque sabía — con esa certeza de quien conoce bien a otra persona aunque nunca hayan hablado de ello — que su madre no querría que él supiera. Que el llanto nocturno era suyo, era el espacio que se había reservado para las cosas que no podía tener en la superficie.
Por la mañana su madre apareció con los ojos normales. Hicieron el desayuno en silencio. Y ninguno dijo nada sobre la noche, que era exactamente lo correcto.
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Edvar le dejó en paz durante catorce días.
Aldren lo contó — no conscientemente, pero los contó. Catorce días sin que el anciano se plantara en su camino. Catorce días en que el banco de piedra estuvo vacío cuando Aldren pasaba cerca. Era el gesto más considerado que Edvar había tenido nunca con él.
Al decimoquinto día, Edvar volvió al banco.
Aldren siguió andando los primeros días. Pero cada día que pasaba, algo en su paso cuando llegaba a esa parte del camino se ajustaba levemente — aminoraba. Lo suficiente para que Edvar, que probablemente miraba, viera la diferencia.
El decimonoveno día se detuvo. No lo planeó. Sus pies simplemente pararon frente al banco de Edvar.
Edvar no dijo nada. Aldren se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de piedra fría, exactamente como siempre.
El silencio entre ellos tuvo esa calidad específica de los silencios entre personas que se conocen bien y que han estado separadas un tiempo y que en el momento de volver a estar juntas no necesitan hablar de la separación para reconocer que ha terminado.
Las montañas estaban ahí. El paso de Keth, cubierto de nieve nueva, era una ranura blanca en lugar de oscura contra el cielo gris del invierno.
Luego Edvar dijo, sin cambiar de postura:
—¿Sabes lo que les pasó? A los que estaban en el mercado. A los Drak que empezaron el altercado.
Aldren no respondió. Esperó.
—Nada —dijo Edvar—. A los Drak no les pasó nada.
Silencio.
—¿Y a Bren el joven? —dijo Aldren, aunque ya sabía que la respuesta no iba a ser buena.
—Se lo llevaron al paso —dijo Edvar—. Los Drak lo reclamaron para trabajar en el mantenimiento durante un año. Su familia puede visitarlo los meses pares.
Aldren procesó eso. Se lo llevaron. Como si fuera un objeto.
—Bren el joven es un idiota —dijo Aldren. No lo dijo con crueldad. Lo dijo con la precisión de alguien que está evaluando un hecho.
—Sí —dijo Edvar.
—Pero lo que le hicieron no es justo.
—No.
—Y nadie hizo nada.
—¿Qué habrían podido hacer?
Era la pregunta de siempre. La que cerraba todas las conversaciones sobre los Drak.
—Algo —dijo Aldren—. Cualquier cosa que no sea quedarse quieto y dejar que se lo lleven.
Edvar no respondió de inmediato. Miró el paso de Keth durante un momento.
—Hay dos tipos de rabia —dijo al fin.
Lo dijo despacio, como decía siempre las cosas que consideraba importantes.
—Hay una rabia que es solo calor. Que arde fuerte un momento y luego se apaga y no deja nada útil detrás. La rabia de Bren el joven en el mercado era de ese tipo. Caliente, inmediata, sin forma. Y ya ves adónde llevó.
Aldren escuchó sin responder.
—Y hay otro tipo. Más fría. Más paciente. Que no necesita quemarse ahora mismo porque sabe que si espera a tener forma, cuando llegue el momento será mucho más efectiva.
Las montañas. El paso. La nieve nueva sobre las cumbres.
—La segunda —dijo Edvar— es la que construye cosas.
Aldren pensó en Eira diciendo el miedo no dura para siempre con la ligereza de alguien que todavía no sabe lo que cuesta creerlo. Pensó en que lo que sentía él era exactamente esa rabia fría de la que hablaba Edvar. Instalada despacio, completamente, para quedarse.
—Edvar.
—Dime.
—Cuando sea el momento. Dímelo tú.
El anciano no respondió de inmediato. Aldren esperó. Había aprendido a esperar los silencios de Edvar.
—Lo haré —dijo Edvar al fin.
Dos palabras. No una promesa elaborada, no una declaración. Dos palabras dichas con esa voz baja y directa de Edvar que era la versión más honesta que tenía de cualquier cosa.
Algo en la postura del anciano cambió. Un leve aflojamiento en los hombros. Como si algo que había estado tenso durante mucho tiempo encontrara, en esas dos palabras, dónde por fin apoyarse.
La nieve había vuelto a empezar — copos pequeños y ligeros, del tipo que flotan un momento antes de posarse.
—Una cosa —dijo Aldren, cuando ya estaba a punto de levantarse.
—Dime.
—El catre de Eira. No le digas a nadie que lo quite todavía.
Edvar tardó un momento.
—No lo diré —dijo.
Aldren asintió. Se levantó, se sacudió la nieve de los hombros, y emprendió el camino hacia la fragua con ese peso nuevo en el interior — no más ligero que antes, no exactamente, pero sí diferente. Más organizado. Más en su sitio.
Detrás de él, Edvar cerró los ojos un momento. Solo un momento. Como quien termina de aguantar algo que llevaba mucho tiempo aguantando y que por fin, con dos palabras de un chico que no lo sabía del todo pero que estaba empezando a saberlo, ha encontrado dónde soltarse un poco.