Capítulo 5 La muerte de Eira #3
Lo había dicho con esa convicción tranquila suya, con los pies colgando sobre el vacío, sin saber todavía lo que costaba creerlo. Sin saber que ella misma no estaría para ver si tenía razón.
Aldren se levantó.
Se sacudió la tierra y las hojas húmedas de la ropa, que era un gesto inútil porque la ropa seguía mojada de la lluvia de la tarde y un poco más de humedad no hacía diferencia, pero lo hizo de todas formas porque era algo que hacer y hacer algo, cualquier cosa, era mejor que seguir sentado.
Emprendió el camino de vuelta a la aldea.
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Edvar estaba en el sendero.
Aldren lo vio cuando todavía estaba a veinte pasos — la silueta del anciano con su bastón recortada contra la oscuridad, inmóvil, en el centro exacto del camino como si llevara ahí el tiempo necesario y estuviera dispuesto a llevar más.
No había ido a buscarlo. O sí había ido, pero con la discreción de quien busca sin querer ser visto buscando, que era la manera de Edvar de hacer casi todo.
Se miraron.
La luna estaba fuera en ese momento y la cara de Edvar era visible — esa cara suya que Aldren conocía desde antes de tener memoria de conocer nada, que era parte del paisaje de su vida como el banco de piedra y el bastón y la vista en las montañas.
Tenía una expresión que Aldren había visto esa tarde por primera vez y que ahora reconocía con más claridad: la expresión de alguien que carga con más de lo que puede cargar y que sabe que lo que carga tiene que ver con lo que acaba de pasar, aunque no de la manera que la gente podría pensar.
Ninguno dijo nada durante un momento.
Luego Aldren dijo, con esa voz tranquila que no era calma sino el agotamiento de haber llorado todo lo que tenía:
—Ya sé lo que vas a decirme.
Edvar no negó ni confirmó. Esperó.
—Todavía no —dijo Aldren.
Y pasó de largo.
No miró al anciano al pasar. No aminoró el paso. Siguió por el sendero hacia la aldea con los pies en el barro frío y el frío de la noche en la ropa mojada y la luna yendo y viniendo entre las nubes sin decidirse.
Detrás de él, Edvar se quedó de pie en el sendero.
Aldren no miró atrás. Pero sabía que estaba ahí — lo sabía con esa certeza que no necesita verificación, igual que sabía que las montañas seguían al sur y el río Keld seguía corriendo hacia el valle y el roble torcido seguía en el límite norte de la aldea con la rama baja vacía.
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En casa, su madre estaba donde la había dejado. No junto al fuego ya — en el borde del catre de Eira, con las manos en el regazo y la vista en ningún sitio concreto. Levantó los ojos cuando Aldren entró, lo evaluó con esa mirada suya que registraba más de lo que parecía, y volvió a donde estaba.
Aldren fue a su habitación.
Se sentó en el borde de su propio catre.
Miró el catre de Eira al otro lado de la habitación — las mantas dobladas, la almohada en su sitio, el ovillo pequeño de lana que Eira siempre tenía cerca porque le gustaba tener algo con qué hacer las manos cuando pensaba.
Todo en su sitio. Todo exactamente donde ella lo había dejado esa mañana, cuando todavía era esa mañana y no esta noche.
El silencio de la habitación era diferente.
Aldren lo notó con la misma precisión con que había notado el pan de menos en el primer capítulo de su vida con esta historia, con que había notado el silencio de la aldea al llegar de Kern, con que notaba siempre las diferencias en las cosas que conocía bien.
El silencio de esa habitación había tenido siempre una textura específica — la textura de dos personas respirando, una de ellas con esa cadencia lenta y regular que Aldren había escuchado todas las noches de su vida desde que Eira nació.
Ahora era otro silencio.
Más grande. Más vacío. El tipo de silencio que no es ausencia de sonido sino presencia de algo que debería estar y no está.
Aldren se tumbó en su catre sin desvestirse, con la ropa todavía húmeda y el barro todavía en las botas, mirando el techo oscuro.
Pensó en que tendrían que decirle a Eira que el cazador de su historia había decidido finalmente contárselo.
Que les había dicho que estaban muertos.
Que quizás no les había servido de nada, o quizás sí, o quizás la distinción entre las dos cosas era menos importante de lo que parecía.
Pensó en que no le había traído nada de Kern.
Algo de allí. Algo que no tuvieran aquí.
No le había traído nada. Había llovido y se había preocupado por los pergaminos.
El techo de su habitación era el mismo techo de siempre. Las vigas de madera oscura, el mismo patrón de siempre, las mismas irregularidades que conocía tan bien que podría dibujarlas con los ojos cerrados. No habían cambiado.
Todo lo demás sí.
Cerró los ojos en el silencio nuevo de su habitación y esperó a que llegara algo — el sueño, el llanto de nuevo, cualquier cosa que ocupara el espacio enorme que la ausencia de Eira había dejado.
No llegó nada concreto. Solo el frío de la ropa húmeda, y la oscuridad detrás de los párpados, y el silencio que seguía siendo el silencio equivocado.
Y en algún lugar del interior, en ese lugar donde las cosas esperaban a tener sentido, una decisión que todavía no tenía forma de palabras pero que existía ya, completa, como el peso de una piedra en el fondo de un río — fría, quieta, permanente.
Todavía no.
Pero pronto.