Capítulo 5 La muerte de Eira #2
No era tristeza exactamente. Era algo anterior a la tristeza — el estado en que está la cara de una persona cuando sabe lo que tiene que decir y todavía no ha encontrado la manera de empezar a decirlo.
Esa fracción de segundo entre el saber y el hablar en que todo el peso de lo que viene está en los ojos de quien va a hablar antes de llegar a los de quien va a escuchar.
Aldren se detuvo.
Sus pies simplemente pararon. No fue una decisión — fue el cuerpo reconociendo antes que la mente que si seguía caminando llegaría a un sitio desde el que no habría vuelta atrás.
—¿Qué pasó? —dijo.
Su voz sonó extraña. Demasiado tranquila para lo que estaba sintiendo, con esa disociación específica que tiene la voz de las personas cuando el cerebro no ha terminado de llegar donde ya está el cuerpo.
Edvar abrió la boca.
La cerró.
Y en ese gesto — en esa fracción de segundo en que el hombre más sereno que Aldren conocía no encontró las palabras — el suelo se movió bajo sus pies de una manera que no tenía nada que ver con el barro del camino de Kern.
—Ven —dijo Edvar.
― ✦ ―
Su madre lo contó junto al fuego.
Edvar se quedó de pie junto a la pared con el bastón entre las manos y la vista en el suelo, y su madre lo contó con esa voz que Aldren no le había oído nunca — plana, sin inflexión, del tipo de voz que queda cuando alguien ha llorado mucho tiempo y ya no le quedan lágrimas pero sí le queda la historia y la historia hay que contarla.
Había habido un mercado esa mañana en el cruce de los tres caminos, a media hora de la aldea.
Un mercado pequeño, de los habituales — comerciantes del sur con productos que los Vorn necesitaban, los Vorn con pieles y madera que ofrecer.
La madre había ido con Eira porque Eira siempre quería ir a los mercados.
Le gustaban los colores. Le gustaban los olores.
Le gustaba mirar las cosas que venían de lugares que no conocía y construir historias alrededor de ellas.
A media mañana llegaron comerciantes Drak.
No era inusual. Los cruces de caminos eran de todos.
Pero estos llegaron con la idea de que los precios acordados esa mañana entre Vorn y los comerciantes del sur eran demasiado bajos — que interferían con sus propios negocios, que había que renegociar.
Los comerciantes del sur no querían problemas. Los Vorn tampoco.
Pero Bren el joven estaba ahí.
Bren el joven, con su rabia de años sin salida y esa impulsividad de quien lleva demasiado tiempo conteniendo algo que no cabe ya en el espacio que tiene.
Dijo algo. Su madre no supo exactamente qué — nadie cerca de ella oyó las palabras exactas, o si las oyeron no las repitieron.
Solo que dijo algo que no debería haber dicho, en el tono que no debería haberlo dicho, en el momento en que había personas Drak suficientemente cerca para oírlo.
Lo que siguió no fue una pelea exactamente.
Fue ese tipo de altercado que empieza con palabras y escala antes de que nadie haya decidido que quiere que escale — empujones, voces, el movimiento desordenado de la gente que intenta alejarse o acercarse sin coordinación, los carros moviéndose cuando no deberían moverse.
Eira había ido hacia su madre cuando empezó el ruido. Eso era lo que hacía Eira — ir hacia, no alejarse de. Hacia su madre, hacia el centro de lo que pasaba, con esa confianza suya de quien no ha aprendido todavía que el mundo puede fallar.
Estaba en el lugar equivocado.
El borde de un carro — alguien lo había empujado sin mirar, o había cedido el freno, o simplemente el animal que lo tiraba había respondido al ruido de una manera que nadie había previsto.
El borde del carro era de madera reforzada con hierro en la esquina.
Eira tenía siete años y la cabeza de una niña de siete años.
Había muerto antes de que llegara alguien a ayudarla.
Su madre lo contó hasta ahí y se detuvo.
No porque no hubiera más — había más, el regreso al mercado, la gente que había intentado hacer algo cuando ya no había nada que hacer, el camino de vuelta a la aldea con Eira en brazos.
Había mucho más. Pero llegó a ese punto y se detuvo, y Aldren entendió que era el límite de lo que podía contar en voz alta esa tarde.
El fuego crepitaba.
Afuera, la lluvia había amainado pero no parado del todo — un goteo suave e intermitente desde los aleros, el suelo todavía mojado, el olor a tierra húmeda entrando por las rendijas.
Aldren no dijo nada.
No porque no tuviera qué decir. Sino porque lo que tenía que decir no tenía palabras todavía — era algo anterior a las palabras, algo que existía en ese espacio donde el dolor todavía no ha encontrado su forma y es simplemente una presencia enorme y sin contornos que ocupa todo el interior sin dejar sitio para nada más.
Se quedó sentado donde estaba durante un tiempo que no supo calcular. Su madre siguió junto al fuego. Edvar siguió de pie junto a la pared. Nadie dijo nada. Era el tipo de silencio que no necesita ser llenado porque ya está lleno de otra cosa.
Luego Aldren se levantó.
Nadie le preguntó adónde iba. Su madre lo miró — una mirada breve, completa — y luego volvió al fuego. Edvar no levantó los ojos del suelo. Aldren abrió la puerta y salió a la noche que estaba llegando.
― ✦ ―
El roble torcido estaba a oscuras.
No completamente — había luna, media luna de otoño que salía entre las nubes con esa intermitencia de los cielos nublados, apareciendo y desapareciendo, dando y quitando luz con una irregularidad que hacía que el bosque pareciera diferente en cada momento.
Cuando la luna estaba fuera, los árboles eran visibles con esa claridad azulada de la luz nocturna que hace que todo parezca más nítido y más irreal al mismo tiempo.
Cuando volvía a entrar entre las nubes, la oscuridad era casi completa, con solo el contorno de las ramas contra el cielo como referencia.
Aldren fue directo al roble.
Lo conocía de memoria — la inclinación del tronco, el ángulo en que se arqueaba, el punto exacto donde la rama baja arrancaba del tronco con ese grosor particular que la hacía perfecta para sentarse. Fue hacia él en la oscuridad sin necesitar más luz de la que había.
La rama estaba vacía.
Eso era lo que había ido a ver. O no exactamente — no había tomado la decisión consciente de ir a ver si la rama estaba vacía.
Pero era lo primero en lo que sus ojos cayeron cuando llegó, y en algún lugar del interior algo respondió a esa imagen con una claridad que el relato de su madre, con todas sus palabras y todos sus silencios, no había conseguido todavía.
La rama estaba vacía y mojada.
Nada más. Una rama de roble, gruesa, horizontal, a la altura de un hombre adulto. Sin nada encima. La luna salió entre las nubes en ese momento y la iluminó con esa luz azulada e indiscriminada que no entiende de lo que las cosas significan, solo de lo que las cosas son.
Era solo una rama.
Y era la cosa más vacía que Aldren había visto en su vida.
Se apoyó contra el tronco con la espalda, como había hecho cientos de veces, y se deslizó hasta el suelo hasta quedar sentado con las rodillas recogidas y la espalda en la corteza rugosa y la cabeza apoyada hacia atrás.
Miró la rama. Miró el bosque. Miró el cielo cuando la luna volvió a esconderse y todo volvió a ser oscuro.
Lloró.
No fue un llanto ordenado ni silencioso.
Fue algo más parecido a una rotura — el sonido y el movimiento de algo que había estado aguantando más de lo que podía aguantar y que encontraba por fin el sitio donde podía soltarse.
No había nadie mirando y aunque hubiera habido alguien le habría dado igual, que era algo que también decía algo sobre el estado en que estaba.
Lloró durante un rato que no supo cuantificar.
Cuando paró — no porque hubiera terminado sino porque el cuerpo llegó a un punto de agotamiento más allá del cual ya no tenía recursos para seguir — el bosque seguía siendo el mismo bosque.
Los árboles no se habían movido. El frío no había amainado.
La luna seguía entrando y saliendo entre las nubes con la misma indiferencia de antes.
El mundo continuaba.
Eso era lo más injusto de todo. No la muerte de Eira — la muerte de Eira era la injusticia central, la herida que no iba a cicatrizar, la cosa que no tenía arreglo posible.
Pero había algo específicamente insultante en que el mundo continuara siendo exactamente el mismo mundo.
Que el bosque siguiera siendo el bosque.
Que la luna siguiera siendo la luna. Que el frío del otoño siguiera siendo el frío del otoño, con su misma honestidad implacable de siempre.
Eira no estaba.
Y el mundo no lo había notado.
Se limpió la cara con el dorso de la mano.
Se quedó sentado un rato más, con el frío instalándose en la ropa húmeda y los huesos.
Pensó en el borde de un carro en un mercado.
Pensó en Bren el joven y en su rabia sin salida y en la cadena de causas y efectos que llevaba desde el peaje Drak hasta ese mercado en el cruce de los tres caminos, tan larga y tan invisible que nadie que viviera dentro de ella podía verla completa.
Pensó en lo que le había dicho a su madre el día que los cobradores habían humillado a Aren: la coherencia construida sobre una mentira es lo más difícil de combatir. Su madre lo había dicho, en realidad. Él lo había repetido después como propio porque lo era también.
La cadena llevaba al mercado. El mercado llevaba al altercado. El altercado llevaba al borde de un carro. Y el borde de un carro llevaba a la rama vacía de un roble torcido en el límite norte de la aldea con luz de luna azulada encima.
Eira había dicho que el miedo no duraba para siempre.
Había dicho que las cosas injustas cambiaban.
Había dicho que algunas cosas hay que decirlas aunque duelan, porque si no se pudren por dentro y hacen más daño todavía.