Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 5 La muerte de Eira
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Capítulo 5 La muerte de Eira

El día que murió Eira empezó como empezaban casi todos.

Aldren lo recordaría después con esa precisión específica que tienen los días que uno no sabe que va a recordar — no los grandes momentos, no los umbrales reconocibles, sino los detalles pequeños e irrelevantes que el cerebro decide conservar sin consultarlo.

El olor del fuego recién encendido. El frío del suelo bajo los pies descalzos al levantarse.

La luz del amanecer entrando por las rendijas de los postigos con ese tono rosado y frío del otoño tardío que no prometía calor pero sí claridad.

Recordaría que había comido deprisa porque Edvar le había dicho la tarde anterior que convenía salir temprano si quería llegar a Kern, hablar con Dov, copiar lo necesario y volver antes de que oscureciera.

Recordaría que el pan de esa mañana había sabido igual que el de la semana anterior, que el nivel de harina había subido ligeramente — su madre había conseguido un saco extra de algún sitio, no había preguntado de dónde.

Recordaría el sonido de la cuchara de su madre en el puchero junto al fuego, regular y tranquilo.

Y recordaría a Eira.

Eira esa mañana estaba todavía a medias dormida cuando él se preparaba para salir — sentada en el borde del catre con el pelo revuelto y los ojos en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia que tardaba siempre un rato en resolver.

Le había dicho que iba a Kern. Ella había parpadeado un momento, procesando la información con esa lentitud de quien todavía no ha terminado de despertar.

—Tráeme algo —había dicho.

—¿Qué cosa?

—Algo de allí. —Un bostezo—. Algo que no tengamos aquí.

—Kern es igual que aquí.

—Tú no sabes eso. —Otro bostezo, más largo—. Nunca has ido.

Tenía razón, como tenía razón con más frecuencia de lo que Aldren habría admitido en voz alta.

Le había revuelto el pelo — ella protestó con un sonido indignado pero sin energía suficiente para ser convincente — y había salido a la mañana rosada con las tiras de corteza vacías bajo el brazo y el encargo de Edvar en la cabeza.

No se había girado a mirarla.

Eso también lo recordaría.

― ✦ ―

El camino a Kern seguía la línea del río Keld durante el primer tramo, luego se alejaba hacia el este a través de un bosque de pinos que en otoño conservaba mejor el calor que las frondosas peladas, aunque a cambio oscurecía el camino de una manera que hacía que la mañana pareciera más tarde de lo que era.

Aldren conocía el camino de oídas — había gente de la aldea que iba a Kern de vez en cuando por comercio menor — pero nunca lo había recorrido él mismo, y esa novedad le ocupó la atención durante el primer tramo de una manera que encontró, retrospectivamente, casi dolorosa en su inocencia.

Había escarcha en el suelo bajo los pinos. Sus pasos la rompían con ese sonido seco y limpio que tiene el hielo fino al ceder, y el ruido le acompañó durante casi una hora hasta que el sol subió lo suficiente para que el calor llegara al suelo del bosque y la escarcha empezara a ceder sola.

Pensó en Eira pidiéndole que le trajera algo.

Pensó en que tendría que encontrar algo en Kern que valiera la pena traer, que no fuera simplemente una piedra del camino o una hoja de árbol diferente — Eira era capaz de apreciar esas cosas, de construir una historia alrededor de ellas, pero él quería algo mejor.

Algo que la hiciera sonreír de esa manera suya específica, la que empezaba en los ojos antes de llegar a la boca.

El bosque se abrió gradualmente en los últimos tramos antes de Kern, y la aldea apareció en un pequeño valle entre colinas suaves — más plana que la aldea Vorn, sin la presencia inmediata de las montañas, con un cielo más amplio sobre ella que resultaba casi desconcertante después de toda una vida mirando un horizonte sur cerrado por la cordillera.

― ✦ ―

Dov era un hombre de edad indefinida — de esas personas cuyo cuerpo ha llegado a un punto en que la vejez se estabiliza en algún lugar avanzado y deja de avanzar de manera visible, como si el cuerpo hubiera decidido que ya era suficiente envejecer y se hubiera instalado en ese estado como quien instala un campamento provisional que dura décadas.

Era callado hasta el punto de la incomodidad.

No de la incomodidad hostil — no había nada en él que fuera hostil — sino de la incomodidad de quien simplemente no ve razón para usar palabras cuando el silencio funciona igual de bien o mejor.

Recibió a Aldren con un gesto de cabeza, le señaló un banco junto a la mesa, y desapareció en el interior de su casa durante un tiempo que Aldren no supo calcular bien.

Cuando volvió traía las cortezas.

Eran tiras de abedul de unos dos palmos de largo, curadas de alguna manera que las había vuelto ligeramente translúcidas en los bordes y de un color crema uniforme en el centro.

En ellas, con una letra que era la cosa más pequeña y más densa que Aldren había visto nunca escrita por una mano humana, había información sobre plantas — nombres, descripciones, propiedades, épocas de recolección, maneras de preparación — organizada con una lógica que Aldren tardó un rato en entender pero que una vez entendida resultaba completamente coherente.

Copiar aquello era un trabajo lento.

Dov le había dado pergamino — no corteza, que habría tardado el doble — y un cálamo que funcionaba bien si uno no ejercía demasiada presión.

Aldren copió con esa concentración suya que era casi física, la misma que ponía en observar cosas que otros no miraban, ahora convertida en el trabajo manual de reproducir caracteres diminutos sin perder la fidelidad al original.

Dov entró y salió varias veces durante la mañana. Una vez le trajo algo caliente para beber — una infusión de algo que Aldren no reconoció, con un sabor terroso y ligeramente amargo que no era exactamente agradable pero que calentaba.

—¿Lleva mucho tiempo trabajando con plantas? —dijo Aldren, en uno de esos momentos.

Dov lo pensó durante un tiempo que Aldren empezó a interpretar como que no iba a responder.

—Toda la vida —dijo al fin.

Y no añadió nada más, que era aparentemente su manera de indicar que ese hilo de conversación había llegado a su fin natural.

Aldren volvió a copiar.

A mediodía había terminado con las dos terceras partes de las cortezas y tenía los dedos con ese entumecimiento específico de quien lleva horas haciendo trabajo de precisión.

Dov le señaló que había comida — pan, algo curado, un trozo de queso que olía fuerte pero sabía bien — y Aldren comió con la eficiencia de quien tiene trabajo por terminar y no quiere perder tiempo.

Fue entonces cuando empezó a llover.

No gradualmente. De una manera que en el norte llamaban lluvia de otoño sin más calificativos porque no hacía falta — ese tipo de lluvia que llega sin aviso previo y en diez minutos convierte el camino en un río de barro y el cielo en una pared gris sin textura visible.

Dov miró por la ventana sin cambiar de expresión.

Luego miró a Aldren. Luego volvió a mirar por la ventana.

—Espera —dijo.

Aldren esperó.

Copió el resto de las cortezas mientras la lluvia golpeaba los postigos de Kern con esa insistencia del norte que no negocia ni hace concesiones.

Cuando terminó la última tira, guardó los pergaminos bajo la ropa para protegerlos de la humedad, se despidió de Dov con un gesto que el anciano devolvió con otro gesto de idéntica economía, y salió a la lluvia.

Empapado desde el primer momento. El frío del agua calando la ropa con esa rapidez que tiene en otoño, cuando la temperatura no es todavía la del invierno pero está lo suficientemente baja como para que mojarse sea una experiencia que uno siente en los huesos antes que en la piel.

Caminó.

El bosque de pinos ayudó un poco — las copas filtraban algo de la lluvia, no toda pero sí lo suficiente para que el camino bajo ellas fuera menos río y más barro.

Aldren se concentró en los pasos, en no resbalar, en mantener los pergaminos secos bajo la ropa.

Era el tipo de concentración práctica que ocupaba el espacio del pensamiento con cosas que tenían solución inmediata y dejaba el resto para después.

No pensó en Eira.

No pensó en nada en particular. Solo en los pasos y el barro y la lluvia y el camino que quedaba.

Llegó a la aldea entrada la tarde, cuando el sol ya había decidido que no valía la pena el esfuerzo de aparecer entre las nubes y había delegado la tarea de iluminar el mundo en esa luz gris difusa que en otoño lo llenaba todo con una igualdad sin sombras ni contrastes.

― ✦ ―

Lo notó antes de entender qué era lo que notaba.

Era algo en el aire de la aldea — no un sonido, no un olor, sino algo más difícil de nombrar.

Una cualidad del espacio. El tipo de cosa que el cuerpo registra antes de que la mente lo procese, con esa eficiencia animal que los seres humanos han pasado siglos intentando ignorar y que vuelve siempre cuando importa de verdad.

La aldea estaba demasiado quieta.

No vacía — había gente. Pero la gente estaba parada de una manera que no era la manera normal de estar parado.

Una mujer junto a la puerta de su casa con los brazos cruzados mirando al suelo, sin ningún propósito visible en esa postura.

Dos hombres junto al pozo que no estaban haciendo nada con el pozo, solo de pie cerca de él.

Un niño sentado en un umbral sin jugar, con esa expresión seria e incómoda de los niños que han entendido que algo grave ha pasado aunque no sepan exactamente qué.

Aldren sintió algo apretarse en el pecho.

Aceleró el paso sin decidirlo.

Vio a Edvar antes de llegar a su casa. El anciano estaba de pie frente a su casa — no en el banco, de pie, con el bastón en la mano y la espalda erguida con ese esfuerzo visible que hacía a veces cuando quería parecer más sólido de lo que se sentía.

Lo miró cuando Aldren dobló la esquina. Y en su cara había algo que Aldren no le había visto nunca.