Capítulo 4 La vida que Aldren quiere tener #3
Salió de la fragua cuando el sol estaba ya en lo alto, con el calor del hogar todavía en la ropa y el olor a metal impregnado en el pelo.
La calle principal estaba tranquila. El puesto de Aren tenía las contraventanas cerradas — algo inhabitual a esa hora, el curtidor normalmente trabajaba hasta que la luz fallaba. Aldren lo miró un momento y siguió andando.
Al final de la calle, frente a la última casa antes de que el camino se abriera hacia el norte, estaba el banco de piedra de Edvar.
El anciano estaba ahí. Con el bastón entre las manos y los ojos en las montañas, con esa quietud suya que hoy tenía algo diferente — o quizás no tenía nada diferente y era Aldren quien lo veía diferente, que no era lo mismo.
Cuatro días después de la noche de la visión, Edvar seguía siendo Edvar: el banco, el bastón, las montañas. Nada había cambiado en la superficie.
Aldren caminó hacia él.
O empezó a caminar hacia él. Porque cuando llevaba la mitad del camino recorrido, algo en su paso se ajustó — no una decisión consciente, sino esa cosa que ocurre cuando el cuerpo sabe algo antes que la cabeza.
Sus pies no se detuvieron exactamente, pero tampoco siguieron exactamente en la misma dirección.
Aceleraron levemente, con ese ángulo mínimo que llevaba el camino frente al banco hacia el lado de la calle opuesto.
Pasó de largo.
No miró a Edvar directamente. Pero en el ángulo de la visión periférica — esa franja del campo visual que registra sin que uno decida registrar — vio al anciano girar la cabeza muy levemente hacia él.
Solo un poco. Solo lo suficiente para seguir su paso con los ojos mientras cruzaba la calle y seguía hacia el extremo sur de la aldea donde estaba su casa.
Aldren no aminoró el paso.
Dobló la esquina y el banco de piedra desapareció de su campo visual, y con él la presencia de Edvar y todo lo que esa presencia contenía — la visión, el amanecer, las voces al otro lado de la pared, los fragmentos que había alcanzado a oír en el silencio de su habitación.
Siguió andando.
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En casa, su madre estaba junto a la ventana cosiendo, con esa luz lateral de mediodía que era la mejor del día para el trabajo de hilo fino.
Levantó los ojos cuando Aldren entró, lo evaluó con esa mirada rápida suya que registraba más de lo que uno creería posible en medio segundo, y volvió a la costura.
—¿Cómo estaba Maren? —dijo.
—Trabajando —dijo Aldren.
—¿Te dejó quedarte?
—Me dijo que mañana llegara antes. Y que trajera leña.
Su madre asintió sin levantar los ojos de la costura.
Pero algo en su postura se relajó levemente — esa tensión mínima que llevaba cuatro días instalada entre los dos, y que no era exactamente la tensión de la conversación no tenida sino algo más parecido a la tensión de dos personas que saben que están evitando algo y que saben que el otro lo sabe también.
—Los cobradores Drak estuvieron aquí esta mañana —dijo Aldren.
Sus dedos se detuvieron un momento sobre la tela. Luego continuaron.
—Lo sé —dijo—. Vi pasar a uno cuando iba al pozo.
—Fueron con Aren.
—Sí.
Silencio breve.
—¿Qué pasó?
Aldren lo describió sin adornos: la conversación, la lógica del cobrador, el asentimiento de Aren, la calle entera fingiendo no estar mirando.
Lo describió con la misma precisión con que lo había almacenado — completo, sin énfasis innecesario, como un informe de algo que había ocurrido y que alguien necesitaba conocer.
Su madre escuchó sin interrumpir.
Cuando Aldren terminó, ella siguió cosiendo durante un momento antes de responder.
—¿Qué fue lo que más te afectó? —dijo.
Era el tipo de pregunta que su madre hacía a veces — no las cosas que había pasado sino lo que él sentía sobre las cosas que habían pasado, como si el segundo fuera más importante que el primero.
Aldren lo pensó de verdad.
—Que tenían razón en las palabras —dijo al fin—. Que la lógica era correcta. —Una pausa—. Si uno acepta el punto de partida.
Su madre lo miró. En sus ojos había algo que Aldren reconoció como el reconocimiento — la expresión de alguien que acaba de oír formulado algo que llevaba tiempo sabiendo pero que nunca había visto dicho así.
—Eso es exactamente lo que son —dijo, en voz más baja—. No son crueles. Son coherentes. —Hizo una pausa—. Y la coherencia construida sobre una mentira es la cosa más difícil de combatir porque parece la verdad.
Aldren la miró.
Era la primera vez que su madre decía algo así en voz alta.
—¿Por eso nadie hace nada? —dijo Aldren—. ¿Porque la coherencia de los Drak parece verdad?
Su madre bajó los ojos a la costura.
—En parte —dijo—. Y en parte porque tienen el paso y nosotros no. —Una pausa larga—. Y en parte porque llevan tanto tiempo así que a estas alturas ya no sabemos qué haríamos si tuviéramos el paso. Si sabríamos qué hacer con él.
Aldren guardó eso.
Su madre volvió a la costura con esa concentración suya que era también una manera de cerrar una conversación — no bruscamente, no con rechazo, sino simplemente volviendo a otro sitio con la atención de tal manera que era evidente que lo dicho era lo que había para decir.
Aldren se quedó sentado junto a la mesa un rato sin hacer nada, con las manos quietas delante de él y la mañana entera repitiéndose en algún lugar detrás de los ojos.
La fragua de Maren y el eje del carro y la cadena — hierro, herramientas, cosecha, hambre.
La lógica del cobrador y el asentimiento de Aren y la calle entera fingiendo que no miraba.
El banco de piedra de Edvar y su propio paso acelerado al otro lado de la calle.
Todo ello formaba un patrón que Aldren podía ver con claridad desde aquí, desde esta silla junto a la mesa en la casa donde vivía desde que tenía memoria.
Un patrón que no había elegido, que no había construido, que simplemente estaba ahí como el paso de Keth estaba entre las montañas — visible desde cualquier punto de la aldea si uno levantaba los ojos.
Por la ventana, las montañas cerraban el horizonte al sur.
La ranura del paso era oscura contra el cielo del mediodía, indiferente y permanente como siempre, esperando lo que siempre esperaba.
Aldren apartó los ojos.
Todavía no.