Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 4 La vida que Aldren quiere tener #2
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Capítulo 4 La vida que Aldren quiere tener #2

Aldren lo conocía de toda la vida — las manos permanentemente teñidas de marrón, la espalda ligeramente encorvada, esa manera suya de moverse que daba la impresión de que siempre estaba a punto de inclinarse sobre algo aunque no hubiera nada sobre lo que inclinarse.

Hoy estaba quieto. Quieto de una manera específica que Aldren no le había visto antes — no la quietud de alguien que descansa, sino la de alguien que ha calculado que el movimiento podría interpretarse de manera equivocada y ha decidido que lo más seguro es no moverse.

—El pago del mes pasado —decía el cobrador más alto, con una voz completamente normal. No elevada, no amenazante. La voz de quien está teniendo una conversación rutinaria—. Sigues sin regularizarlo.

—Lo sé —dijo Aren—. He tenido problemas con el último lote de pieles. La calidad no era la esperada y el comprador del sur retrasó el pago, así que yo no pude—

—Lo del comprador del sur no es asunto nuestro —dijo el cobrador.

Sin inflexión. Sin crueldad. Como quien señala un hecho geográfico.

—No, claro, entiendo, pero lo que intento decir es que en cuanto reciba el pago del sur podré—

—El pago era el mes pasado —dijo el cobrador—. No este mes. No cuando el comprador del sur pague. El mes pasado.

Aren abrió la boca. La cerró. Aldren vio el movimiento — ese momento exacto en que alguien que iba a argumentar algo decide que el argumento no va a servir de nada y lo guarda.

El segundo cobrador no había dicho nada todavía.

Estaba un paso detrás del primero, con los brazos cruzados y los ojos en un punto ligeramente por encima de la cabeza de Aren, como si la conversación le resultara técnicamente necesaria pero no lo suficientemente interesante como para merecer atención completa.

No era incomodidad exactamente — Aldren lo estudió buscando eso, buscando alguna señal de que al segundo le costaba algo estar ahí haciendo lo que hacía.

No encontró nada. Era simplemente alguien que estaba en su trabajo y lo hacía.

Eso era lo más inquietante.

—Mira —dijo el cobrador principal, y su voz adquirió algo que en una conversación normal habría podido confundirse con calidez — una ligera suavización del tono, un gesto casi amistoso—.

Entendemos que a veces las cosas se complican.

No somos personas sin comprensión. Pero el paso cuesta mantenerlo.

Y para que el paso funcione, necesitamos que los pagos lleguen cuando tienen que llegar.

Una pausa.

—¿Tú quieres que el paso funcione?

Aren asintió. Una vez. Rápida.

—Por supuesto —dijo el cobrador—. Todos queremos que el paso funcione. Si el paso funciona, las pieles del sur llegan. Si las pieles llegan, tú trabajas. Si trabajas, puedes pagar. —Una pausa mínima—. Es un sistema que funciona cuando todo el mundo cumple su parte.

Aldren miró la calle.

No había mucha gente — era mañana de día laborable y la mayoría estaba en sus tareas.

Pero había algunos. Bren el viejo junto al pozo, que miraba hacia otro lado con una concentración excesiva en el cubo que tenía en las manos.

Una mujer en el umbral de su casa, a unos veinte pasos, que había dejado de barrer pero seguía sujetando la escoba.

El hijo adolescente de alguien que había estado cruzando la calle y se había detenido a mitad sin terminar de cruzar.

Todos haciendo versiones de lo mismo: presentes sin estar presentes. Oyendo sin escuchar. Viendo sin mirar.

—Lo tendré la semana que viene —dijo Aren—. Te lo juro. Con lo del comprador del sur y—

—La semana que viene, lo que debías, más el veinte por ciento de recargo por el retraso —dijo el cobrador—. Y el pago de este mes en su fecha. Sin falta.

No preguntó si era posible. No esperó confirmación de que era justo. Lo enunció con la misma naturalidad con que había enumerado el funcionamiento del sistema — como un hecho del mundo, como el precio que tienen las cosas cuando uno no las paga a tiempo.

Aren asintió de nuevo. Más despacio esta vez. Con ese movimiento de quien asiente no porque esté de acuerdo sino porque es lo único que puede hacer.

Los dos cobradores intercambiaron una mirada breve — del tipo que no dice nada pero lo confirma todo — y luego siguieron por el camino principal sin apresurarse, con ese paso tranquilo de quien ha terminado una tarea y pasa a la siguiente.

Aldren los siguió con los ojos hasta que doblaron la esquina al fondo de la calle.

Luego miró a Aren.

El curtidor se había quedado de pie frente a su puesto sin moverse, con las manos colgando a los lados y los ojos fijos en el suelo, en ese punto exacto donde habían estado los pies del cobrador.

Tenía la espalda más encorvada de lo habitual — o quizás era solo la impresión de Aldren, quizás no había cambiado nada en su postura y era él quien la veía diferente.

Luego Aren levantó la cabeza, miró hacia donde Bren el viejo seguía fingiendo interés en su cubo, y en su cara había esa expresión que Aldren había visto a veces en los adultos de la aldea pero nunca tan clara como ahora: la de quien ha sido reducido a algo más pequeño de lo que es y sabe que todos lo han visto y no puede hacer nada con eso.

Sus ojos llegaron hasta donde estaba Aldren.

Aldren no apartó la mirada a tiempo.

Hubo un momento — breve, muy breve — en que los ojos de los dos se encontraron.

Aren vio que Aldren había visto todo. Y en sus ojos hubo algo que no era exactamente vergüenza — porque Aren no tenía de qué avergonzarse, no había hecho nada malo — sino algo más parecido al dolor de ser visto en el momento en que uno es menos de lo que quisiera ser.

Luego Aren apartó los ojos y entró en su taller.

La calle volvió a su ritmo habitual. Bren el viejo terminó con el cubo.

La mujer del umbral siguió barriendo. El adolescente terminó de cruzar la calle.

Todo continuó como si nada hubiera interrumpido el flujo del día, con esa eficiencia colectiva que tienen las cosas que ocurren tan a menudo que ya se sabe cómo volver a la normalidad después de ellas.

Aldren cerró la puerta de la fragua.

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Maren seguía trabajando. No había ido a mirar.

Quizás sabía lo que había pasado — en una aldea de ese tamaño, los cobradores Drak nunca pasaban desapercibidos, aunque uno no los viera directamente.

O quizás simplemente había decidido que mirar no serviría de nada y que el eje del carro de Bren el viejo necesitaba estar listo de todas formas.

Aldren volvió al fuelle sin que nadie se lo pidiera.

Bombeó en silencio durante un rato. El metal en el hogar fue cambiando de color despacio. El martillo siguió con su ritmo.

—Lo que me molesta —dijo Aldren, al cabo de un tiempo, sin haber planeado decirlo— no es que sean crueles.

Maren no respondió. Siguió trabajando.

—Es que tienen razón —dijo Aldren—. En lo que dicen. Si el paso funciona, las pieles llegan. Si las pieles llegan, Aren trabaja. Si Aren trabaja, puede pagar. —Hizo una pausa—. Tiene sentido. La cadena tiene sentido.

—Sí —dijo Maren.

—Pero el punto de partida es falso.

Maren sacó la pieza del fuego y la colocó en el yunque. Levantó el martillo pero no lo bajó todavía — lo sostuvo un momento, mirando el metal.

—¿Cuál es el punto de partida falso? —dijo.

—Que el paso es suyo —dijo Aldren—. Todo lo demás es consecuencia de eso. Si el punto de partida fuera verdadero, la cadena sería justa. Pero no lo es. El punto de partida es una mentira que se ha repetido tanto tiempo que ya parece un hecho.

Maren bajó el martillo. El golpe resonó en el interior de la fragua con esa claridad metálica que Aldren ya había empezado a asociar con el sonido de alguien que piensa mientras trabaja.

—¿Y? —dijo Maren.

Era el mismo y de Edvar. La misma invitación a seguir.

—Y si el punto de partida es falso, toda la lógica que viene después también lo es.

Aunque suene razonable. Aunque nadie pueda encontrarle un fallo en las palabras.

—Aldren bombeó el fuelle con más fuerza de la necesaria y luego corrigió el ritmo—.

Los Drak han construido un sistema que parece justo desde dentro pero que se construyó sobre algo injusto.

Y llevan tanto tiempo así que ya nadie recuerda cuándo empezó la injusticia y cuándo empezó el sistema.

Maren giró la pieza con las tenazas. La examinó.

—Sabes mucho para tener diez años —dijo.

—No es saber —dijo Aldren—. Es ver.

—A veces son lo mismo.

Siguieron en silencio un rato más. El eje del carro de Bren el viejo fue tomando su forma definitiva bajo los golpes precisos de Maren, enfriándose gradualmente de anaranjado a rojo a negro opaco. Aldren bombeó cuando hizo falta, se apartó cuando no hacía falta, observó todo el tiempo.

Cuando el trabajo en la pieza llegó a un punto de pausa — el metal demasiado frío para seguir trabajándolo, de vuelta al fuego para otro ciclo de calentamiento — Maren se irguió y lo miró directamente por primera vez desde que Aldren había entrado.

—¿Por qué vienes aquí? —dijo.

Era una pregunta directa, sin hostilidad, del tipo que Maren hacía cuando quería una respuesta real y no una respuesta conveniente.

Aldren lo pensó.

—Porque aquí se hacen cosas —dijo al fin—. Cosas que tienen una forma antes y otra después. —Una pausa—. Y porque usted trabaja como si supiera exactamente lo que hace y por qué lo hace. Sin dudas.

Maren lo miró un momento más.

—Todo el mundo tiene dudas —dijo.

—Ya. —Aldren no apartó los ojos—. Pero usted no las muestra mientras trabaja.

Algo cambió en la expresión de Maren. No mucho — una pequeña variación en la manera en que sus ojos miraban, un leve cambio en la línea de la boca que no llegaba a ser una sonrisa pero que se le parecía en algún aspecto.

—Mañana llega antes —dijo—. Y trae leña. La del almacén empieza a escasear.

Aldren asintió.

Era la versión de Maren de una bienvenida. Lo supo con la misma certeza con que sabía otras cosas que nadie le había explicado directamente.

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