Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 4 La vida que Aldren quiere tener
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Capítulo 4 La vida que Aldren quiere tener

Había pasado cuatro días desde la noche de la visión y Aldren no había dicho nada.

No porque no supiera qué decir — tenía muy claro lo que habría podido decir, los argumentos que habría podido hacer, las preguntas que habría podido hacer a Edvar o a su madre o a los dos.

Los tenía ordenados en ese lugar de la cabeza donde guardaba las cosas que esperaban su momento, perfectamente formulados, listos para ser usados.

Los había dejado ahí.

Era una decisión que había tomado en la oscuridad de su habitación la noche que oyó la conversación, y que había seguido tomando cada mañana desde entonces con esa renovación silenciosa que requieren las decisiones difíciles de mantener.

No era fácil ignorar algo que uno sabe que existe.

Era más fácil ignorar algo que uno desconoce — eso no requería esfuerzo, solo ignorancia.

Ignorar algo que uno sabe requería una atención constante, paradójica, casi tan activa como habría sido el no ignorarlo.

Pero lo estaba haciendo.

Su madre no había dicho nada. Edvar tampoco.

Los tres llevaban cuatro días moviéndose alrededor de algo que ninguno nombraba, con esa habilidad que tienen las personas cuando han acordado tácitamente que algo no existe todavía — o que si existe, existe en otro sitio, en otro momento, en una conversación que todavía no ha llegado.

A Aldren le parecía bien.

Lo que no le parecía tan bien era la cantidad de espacio que ocupaba en su cabeza algo que había decidido no ocupar espacio. Así que esa mañana había tomado una decisión adicional, más práctica: ocupar el espacio con otra cosa.

La fragua de Maren era el edificio más sólido de la aldea.

No era una opinión — era un hecho observable por cualquiera que prestara atención a la construcción de las cosas.

Las paredes eran de piedra hasta el tejado, no solo en la base como el resto.

El tejado era de pizarra, no de paja. La puerta era de roble con refuerzos de hierro forjado.

Y todo ello había sido construido por Maren mismo, con una paciencia y una precisión que los aldeanos comentaban a veces con esa mezcla de respeto y ligera incomprensión que la gente tiene ante quien hace las cosas mejor de lo que estrictamente sería necesario.

Aldren había estado rondando por allí durante días.

No de manera obvia — no se había plantado en la puerta a mirar.

Lo había hecho con esa discreción suya de quien observa sin que se note que observa: pasando cerca cuando iba a buscar agua, deteniéndose un momento con cualquier pretexto, escuchando el sonido del martillo contra el metal desde la calle con esa atención prestada de quien está aprendiendo algo aunque todavía no sepa exactamente qué.

Maren lo había visto. Eso era seguro — Maren no era el tipo de persona que no ve las cosas. Simplemente no había dicho nada, que podía significar indiferencia o podía significar algo más parecido a una invitación tácita, del tipo que solo se hace evidente si uno se atreve a aceptarla.

Esa mañana Aldren se había atrevido.

Había llegado a la puerta de la fragua cuando el sol todavía estaba bajo, con el frío de la mañana en las orejas y una excusa preparada por si hacía falta. Pero cuando había abierto la boca, lo que había salido no era la excusa sino algo más directo:

—¿Puedo quedarme a ver?

Maren lo había mirado desde el otro lado del yunque. Un momento largo, del tipo que los adultos usan a veces para evaluar a los niños sin que parezca que los están evaluando. Luego había vuelto al trabajo sin decir nada. Pero tampoco había dicho que no.

Aldren había entrado.

― ✦ ―

El interior de la fragua era otro mundo.

No en sentido metafórico — literalmente otro mundo en términos de temperatura, sonido, olor y luz.

El calor del hogar golpeaba desde el fondo con una constancia que en los primeros minutos resultaba casi agresiva después del frío exterior, y que luego se volvía envolvente, casi reconfortante, como una segunda piel más cálida que la propia.

El sonido del fuego era continuo y bajo, con el resoplido del fuelle añadiendo un ritmo irregular encima.

El olor era metálico y denso — hierro caliente, carbón, algo ligeramente sulfuroso que venía del proceso de trabajo y que Aldren nunca había podido describir bien pero que reconocería en cualquier parte.

La luz venía del hogar principalmente, naranja y fluctuante, con pequeñas adiciones de la mañana que entraba por la única ventana pequeña en la pared este. Hacía que todo tuviera sombras que se movían.

Maren trabajaba.

Era lo que hacía Maren, de la manera en que el río fluía o las montañas se quedaban quietas — no como una actividad entre otras sino como su estado natural, aquello que era cuando no estaba siendo otra cosa.

Sus movimientos tenían esa economía específica de quien lleva décadas haciendo lo mismo y ha eliminado todo lo que no es estrictamente necesario — ningún gesto de más, ninguna pausa innecesaria, una precisión casi invisible de tan integrada que parecía espontánea aunque no lo era.

Aldren se quedó junto a la pared, suficientemente lejos para no estorbar, suficientemente cerca para ver.

Observó.

Maren calentaba el metal hasta que alcanzaba el color correcto — no rojo, no blanco, sino ese anaranjado específico que Aldren aprendió a reconocer como el punto en que el hierro estaba listo para recibir forma.

Luego lo sacaba del fuego con las tenazas, lo colocaba en el yunque, y trabajaba con el martillo con esa cadencia que Aldren había escuchado desde la calle tantas veces — uno, pausa, uno, pausa, girando la pieza entre golpes con una precisión que hacía que el metal fuera adquiriendo la forma que Maren tenía en la cabeza y que Aldren no podía ver pero podía adivinar en la dirección de cada golpe.

Pasaron así quizás veinte minutos sin que ninguno de los dos dijera nada.

Luego Maren dijo, sin levantar los ojos del trabajo:

—Fuelle.

Señaló con la cabeza hacia el fuelle de cuero junto al hogar. Aldren fue, lo tomó, y empezó a bombear con el ritmo que le parecía lógico.

—Más despacio —dijo Maren.

Aldren ajustó el ritmo.

—Así.

No era una lección. Era simplemente la instrucción mínima necesaria para que el trabajo pudiera continuar, dada con la economía de palabras de quien no ve razón para usar más de las precisas.

Pero Aldren la recibió como algo más — como la diferencia entre estar tolerado en un espacio y ser útil en él, que no era la misma cosa.

Bombeó el fuelle con el ritmo que Maren le había indicado, observando el fuego aumentar con cada movimiento, el metal en el hogar cambiando de color hacia el anaranjado que indicaba que estaba listo.

—¿Qué es? —dijo Aldren, señalando la pieza.

—Eje para un carro —dijo Maren—. El de Bren el viejo lleva dos años aguantando con el original. Este invierno no aguanta otro más.

—¿Y el hierro?

Maren sacó la pieza del fuego y la colocó en el yunque antes de responder.

—El último que llegó —dijo—. Del cargamento de hace tres semanas.

—¿Cuándo llegará más?

Maren levantó el martillo. Bajó. Golpe limpio, preciso.

—Cuando los Drak decidan que puede llegar —dijo.

Era la respuesta que Aldren esperaba, aunque esperarla no la hacía más fácil de escuchar. Siguió bombeando el fuelle en silencio.

—¿Y si tardan demasiado? —dijo al cabo de un momento.

Maren no dejó de trabajar.

—Entonces habrá menos herramientas —dijo—.

Menos herramientas significa que los campos se trabajan peor.

Los campos trabajados peor dan menos cosecha.

Menos cosecha significa menos para comer en invierno.

—Golpeó el metal, lo giró, volvió a golpear—.

Y en invierno, con el paso cerrado y lo que hay siendo lo que hay, menos para comer es un problema que se nota.

Lo dijo sin dramatismo. Como Edvar enumerando hechos. Como si la cadena que acababa de describir — hierro, herramientas, campos, cosecha, hambre — fuera tan evidente que no requiriera inflexión.

—Así funciona —dijo Maren.

Aldren bombeó el fuelle y guardó la cadena en ese lugar de la cabeza donde las cosas esperaban a tener sentido.

No porque no la entendiera — la entendía perfectamente, quizás desde hacía tiempo sin haberla formulado así.

Sino porque oírla enumerada con esa precisión la hacía diferente.

Más real. Más concreta. Del tipo de realidad que uno no puede seguir tratando como fondo una vez que alguien la ha puesto en el primer plano.

― ✦ ―

Llevaba un rato en la fragua cuando oyó voces fuera.

No eran las voces normales de la aldea — el tono era diferente, más bajo, con esa tensión específica que Aldren había aprendido a reconocer en las conversaciones que la gente tiene cuando algo está pasando que no debería pasar o que uno preferiría que no estuviera pasando.

Maren también lo oyó. Siguió trabajando.

Aldren fue hacia la puerta.

La abrió lo suficiente para ver sin ser visto — un gesto que hizo de manera instintiva, sin pensar en ello, y que luego reconoció como algo aprendido de tanto observar cosas que no estaban destinadas a sus ojos.

Los vio inmediatamente.

Dos hombres en el centro de la calle principal, frente al puesto de Aren el curtidor.

Tenían ropa de viaje — cuero oscuro, capas gruesas, botas altas con el barro del camino todavía en la suela.

No iban armados abiertamente, o no más de lo habitual, pero había en su postura algo que era más efectivo que cualquier arma visible: la certeza absoluta de que tenían razón en estar donde estaban y hacer lo que hacían.

La certeza de quien nunca ha tenido que cuestionarse si tenía derecho a algo porque siempre ha tenido ese derecho y no concibe que pudiera ser de otra manera.

Cobradores Drak.

Aldren los había visto antes, de lejos, en otras ocasiones. Pero nunca tan cerca, nunca con esta visibilidad.

Aren el curtidor estaba frente a ellos.