Capítulo 3 La visión #3
Los había visto en el río miles de veces, en el reflejo del agua quieta.
Un ojo gris. Un ojo dorado. Distintos el uno del otro desde que tenía memoria — distintos de los ojos de su madre, distintos de los de Eira, distintos de los de cualquier persona que conociera en la aldea.
Había aprendido a no pensar demasiado en eso porque pensar demasiado en las cosas que no se pueden cambiar es una pérdida de tiempo, pero la diferencia seguía estando ahí, visible para cualquiera que mirara.
Dos heridas en la mirada.
No supo exactamente qué significaba eso. Pero sabía que se refería a sus ojos. Y sabía que quien lo había dicho era Edvar, y que lo había dicho a su madre, y que su madre había respondido con todavía no y déjale ser un niño un poco más.
Lo que no sabía — o lo que sí sabía pero no quería todavía terminar de saber — era de qué estaban hablando exactamente.
Qué era ese todavía no que su madre había dicho con esa urgencia baja y contenida.
Qué era lo que Edvar había ido a contarle antes del amanecer, con el frío de la noche todavía en la ropa.
La profecía.
La palabra llegó sola, sin que él la convocara.
Era una de esas palabras que existían en la aldea de una manera particular — no se usaba mucho, no se explicaba nunca del todo, pero todos sabían a qué se refería con esa vaguedad específica de las cosas que se transmiten más por atmósfera que por definición.
Los Vorn tenían una profecía. Era antigua.
Hablaba de alguien que devolvería lo que había sido arrebatado.
Aldren había oído hablar de ella suficientes veces como para conocerla sin haberla estudiado nunca. Y había descartado pensar en ella con la misma eficiencia con que descartaba pensar en su color de ojos — era lo que era, no lo había elegido, y no había nada productivo en darle vueltas.
Pero ahora Edvar había ido a casa de su madre antes del amanecer.
Y había dicho es él.
Y su madre había respondido déjale ser un niño un poco más, que era la respuesta de alguien que sabe que la cosa va a ocurrir de todas formas pero quiere retrasar el momento en que se vuelve real.
Aldren miró el techo.
Lo que sentía no era exactamente miedo. Era algo más parecido a la irritación — esa irritación específica que produce descubrir que alguien ha estado tomando decisiones sobre tu vida sin consultarte.
Que Edvar llevaba quizás años sospechando algo y no había dicho nada.
Que su madre sabía o intuía algo y había pedido silencio.
Que los dos, juntos, antes del amanecer, habían decidido cuándo y cómo y en qué condiciones iba a enterarse él de algo que aparentemente le concernía de manera fundamental.
Y él, mientras tanto, había estado durmiendo al otro lado de la pared.
O intentando dormir.
Decidió, en la oscuridad de su habitación y sin hacer ningún gesto visible que marcara el momento como una decisión, que eso no iba a cambiar nada.
No porque no le importara. Le importaba. Le importaba con esa irritación fría que era su versión de importarle las cosas — no la agitación caliente de quien se enfurece, sino la quietud tensa de quien anota algo en un lugar interior donde las cosas importantes esperan su momento.
Sino porque a él nadie le había preguntado.
Y si nadie le había preguntado, él tampoco tenía por qué responder.
Edvar había tenido un sueño. Los sueños no eran órdenes.
Las visiones no eran destinos. Y su madre, que era la persona más sensata que conocía, había dicho todavía no — lo que significaba que incluso para quienes creían en ello, el momento no había llegado.
Así que tampoco había llegado para él.
Eira se movió ligeramente en sueños y murmuró algo ininteligible — uno de esos sonidos sin forma que hacen los que duermen profundo, que no significan nada y que sin embargo suenan, en el silencio de antes del amanecer, como algo importante a punto de ser dicho.
Aldren la miró en la oscuridad.
Siete años y medio. Los ojos del mismo color, castaño oscuro, sin nada que llamara la atención. Sin heridas en la mirada. Sin profecías encima.
Pensó en el árbol torcido y en la rama baja y en los pies de Eira colgando sobre el suelo.
Pensó en el miedo no dura para siempre, dicho con esa convicción tranquila de quien todavía no sabe lo que cuesta creerlo.
Cerró los ojos.
Afuera, el amanecer estaba llegando con esa lentitud del norte que no tiene prisa porque sabe que va a llegar de todas formas.
Por las rendijas de los postigos empezaba a filtrarse una luz que no era todavía luz pero que lo anunciaba — gris primero, luego rosada, luego algo que en unas horas sería el día frío y claro del otoño tardío.
Aldren esperó a que llegara el sueño.
No llegó. Pero esperó de todas formas, con los ojos cerrados y la decisión tomada y la irritación guardada en ese lugar donde guardaba las cosas que no tenían todavía dónde ir, hasta que la luz que entraba por las rendijas fue suficiente para que la habitación dejara de ser oscura y empezara a ser simplemente temprano.
Entonces se levantó. Se vistió en silencio.
Y salió a la mañana fría con la misma cara de siempre, porque eso era lo que había decidido — que iba a tener la misma cara de siempre, y a hacer las mismas cosas de siempre, y a no dejar que un sueño de un anciano y una conversación que no estaba destinada a sus oídos cambiara nada de lo que era o de lo que quería ser.
Por lo menos por ahora.