Capítulo 3 La visión #2
Edvar se la repitió. Las palabras llegaron limpias, con esa claridad de las cosas que se han quedado grabadas sin que uno lo decida. La madre escuchó sin moverse, con los ojos todavía en el fuego, con las manos todavía quietas.
Cuando Edvar terminó, el silencio duró un poco más.
—Es vago —dijo ella al fin.
—Sí.
—Podría ser cualquiera.
—Podría. —Edvar la miró—. Pero no es cualquiera.
Ella siguió mirando el fuego. Las llamas se movían con una lentitud casi deliberada, como si también ellas estuvieran esperando algo.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo que podía ser él? —dijo.
La pregunta llegó sin acusación, pero tampoco sin peso. Edvar la recibió con la honestidad que merecía.
—Desde que tenía memoria de uso —dijo—. Desde que empezó a tener esa manera suya de ver las cosas. —Una pausa—. Los ojos ya los tenía desde que nació. Pero eso solo no era suficiente. Con los años, el resto también fue encajando.
—Y no dijiste nada.
No era una pregunta. Era una constatación, dicha sin inflexión, del tipo que no necesita respuesta porque ya la tiene.
—No —dijo Edvar.
—¿Por qué?
—Porque sin la visión era solo una sospecha. Y una sospecha de ese tipo, sobre un niño, en esta tribu, con esta historia... —Negó con la cabeza levemente—. No quería ponerle esa carga encima sin tener algo más que mis propias intuiciones.
La madre asintió despacio. No como si aceptara la explicación del todo, sino como si la anotara en algún lugar donde las cosas que uno todavía está evaluando esperan su turno.
—¿Qué haces ahora con esto? —dijo.
—Contártelo a ti. —Edvar la miró directamente—. Y luego decidir juntos cuándo se lo decimos a él.
Fue la primera vez desde que había entrado que algo cambió en la expresión de ella.
No mucho — un endurecimiento pequeño alrededor de los ojos, una tensión en la mandíbula que duró un momento y luego se soltó.
El movimiento de alguien que ha recibido el golpe que esperaba y ha descubierto que duele exactamente tanto como temía.
—Todavía no —dijo.
Su voz seguía siendo baja, seguía siendo controlada. Pero había algo en ella que no había estado antes — algo que tenía que ver con la urgencia, con la necesidad de que Edvar entendiera que esto no era una preferencia sino algo más cercano a una condición.
—Todavía no —repitió—. Tiene diez años. —Una pausa—. Déjale ser un niño un poco más.
Edvar la miró durante un momento. Pensó en Aldren junto al banco de piedra esa mañana, con los ojos en el paso y la respuesta exacta en la boca.
Pensó en que la madre tenía razón en que tenía diez años, y en que también tenía razón en que diez años no era suficiente para cargar con lo que tendría que cargar.
Y pensó en que él mismo llevaba años sin estar seguro de cuándo era el momento, y que quizás la respuesta correcta era que nunca había un momento perfecto para estas cosas y que por eso uno las posponía hasta que no podía seguir haciéndolo.
—Bien —dijo al fin.
Ella lo miró.
—Cuando sea el momento —dijo Edvar—, lo sabremos.
—¿Quién decide cuándo es el momento?
Era la misma pregunta de siempre. La que no tenía respuesta buena.
—Los dos —dijo Edvar—. O las circunstancias. —Una pausa—. En estas cosas, las circunstancias tienen mucho que decir.
La madre asintió. Luego miró la habitación de los niños — la puerta cerrada, el silencio detrás de ella — con esa expresión que Edvar había visto en ella otras veces y que siempre le resultaba difícil de mirar directamente.
El amor que tiene forma de miedo porque lo que uno quiere proteger es demasiado importante para no tenerle miedo.
—¿Se puede ir ya? —dijo ella, en voz muy baja.
—Sí —dijo Edvar—. Gracias por recibirme.
Se levantó con ese cuidado suyo de los huesos que necesitan aviso previo. Ella no se levantó — se quedó junto al fuego con las manos en el regazo y los ojos donde los había tenido todo el tiempo, en ese punto intermedio entre el fuego y sus propios pensamientos.
Edvar fue hacia la puerta.
Cuando la abrió, la primera luz verdadera del amanecer estaba entrando por el este — no todavía el sol, pero sí su anuncio, ese rosado pálido que teñía las cumbres de las montañas y bajaba lentamente hacia los valles.
Las Gargantas de Keth eran visibles contra ese cielo, oscuras y nítidas, como siempre.
Salió. Cerró la puerta con cuidado.
Cruzó la aldea de vuelta hacia su casa con el bastón en la mano y el frío de la mañana en la cara, y pensó que llevaba setenta años en este mundo y todavía no había aprendido a hacer bien las cosas difíciles. Solo a hacerlas.
― ✦ ―
Al otro lado de la pared, Aldren llevaba un rato despierto.
No sabía exactamente cuánto. Había una diferencia entre el tipo de oscuridad que había cuando se despertó y el tipo que había ahora — la segunda era ligeramente menos completa, ligeramente más gris en los bordes donde la pared encontraba el techo — lo que significaba que el amanecer estaba llegando pero todavía no había llegado del todo.
Lo que le había despertado había sido la puerta.
No un sonido fuerte — todo lo contrario.
Había sido la precisión de ese sonido la que le había despertado, el cuidado deliberado con que alguien cerraba una puerta para no hacer ruido, que paradójicamente sonaba diferente a una puerta que se cierra normalmente.
Aldren era de los que notaban esas diferencias. Siempre lo había sido.
Se había quedado inmóvil en la oscuridad, escuchando.
Al otro lado de la pared — la pared de piedra que separaba su habitación del cuarto principal, gruesa pero no impenetrable al sonido si uno prestaba la atención correcta — había voces. Muy bajas. Del tipo que la gente usa cuando hay niños durmiendo cerca y sabe que no deben despertarlos.
Aldren prestó la atención correcta.
No llegaban palabras completas la mayor parte del tiempo. Llegaban fragmentos — la cadencia de la voz de su madre, baja y controlada. La voz de Edvar, más grave y más lenta, construyendo algo frase a frase con esa precisión suya. Y entre los dos, silencios que decían tanto como las palabras.
Algunos fragmentos llegaban más claros que otros.
Es él. Eso lo oyó con claridad.
Y algo sobre ojos — dos heridas en la mirada — que no entendió del todo pero que le llegó con una claridad suficiente para que algo en su interior se tensara levemente, con esa reacción automática de los cuerpos cuando oyen su nombre en una conversación que no estaba destinada a ellos.
Luego la voz de su madre, más urgente:
Todavía no. Déjale ser un niño un poco más.
Luego silencio.
Luego el sonido de la puerta — otra vez ese sonido deliberadamente cuidadoso — y luego nada.
Aldren se quedó mirando el techo oscuro de su habitación.
Al otro lado, Eira respiraba con esa cadencia lenta y regular suya, completamente ajena a todo.
En el cuarto principal, el fuego crepitaba suavemente.
Afuera, el viento que había golpeado los postigos durante la noche había amainado, dejando un silencio exterior que hacía que los sonidos interiores parecieran más presentes.
Pensó en lo que había oído.
Pensó en la manera en que Edvar le miraba a veces — esas miradas que duraban un momento más de lo necesario y luego se desviaban, como si hubiera algo en él que el anciano buscara y encontrara y luego decidiera dejar de buscar.
Pensó en la forma en que su madre hablaba de él a veces con ciertos aldeanos — con esa cautela específica de quien mide las palabras no porque no sepa cuáles usar sino porque sabe exactamente cuáles no debe usar.
Pensó en sus ojos.