Capítulo 3 La visión
Edvar no soñaba a menudo.
O sí soñaba, pero hacía tantos años que había dejado de recordar los sueños al despertar que la diferencia entre soñar y no soñar se había vuelto irrelevante.
Lo que tenía eran noches largas y fragmentadas — períodos de sueño ligero interrumpidos por períodos de vigilia en los que la oscuridad de su habitación y el silencio de la aldea le acompañaban sin molestarle, como visitas que saben cuándo quedarse calladas.
Era la manera de dormir de los viejos, había pensado alguna vez: no un bloque compacto de inconsciencia sino algo más parecido al agua poco profunda, donde uno va y viene de la orilla sin alejarse nunca demasiado.
Esa noche se había dormido sin dificultad.
El frío de otoño había entrado en la casa a lo largo del día, instalándose primero en las paredes de piedra y luego en el aire, y Edvar había añadido leña al fuego antes de acostarse con esa previsión metódica de quien lleva décadas negociando con el invierno del norte.
La cama era estrecha y alta, con un colchón de paja comprimida que había aprendido a conocer tan bien que sus hundimientos y durezas le resultaban invisibles — el cuerpo que se adapta hasta que lo extraño se vuelve propio, hasta que uno no puede dormir sin esa incomodidad específica porque es la suya y no conoce otra.
Se durmió pensando en Aldren.
No de manera consciente — no fue una decisión.
Fue simplemente que la imagen del chico, esa mañana junto al banco de piedra con los ojos en las montañas y la respuesta exacta en la boca, seguía flotando en algún lugar del interior con la persistencia de las cosas que importan.
Llevan tanto tiempo así que ya no recuerdan cómo era de otra manera.
Lo había dicho sin esfuerzo, sin buscar la formulación, como quien encuentra algo que llevaba tiempo perdido y lo reconoce antes de saber que lo buscaba.
Edvar se durmió con eso.
Y se despertó de golpe.
No gradualmente, no con la lentitud con que los viejos suelen salir del sueño, tanteando el camino de vuelta a la vigilia como quien cruza un río en la oscuridad pisando piedras que no siempre están donde uno espera.
Fue brusco — los ojos abiertos de repente en la oscuridad completa, el cuerpo tenso, el corazón yendo más deprisa de lo que le correspondía a un hombre de su edad en mitad de la noche.
Se quedó quieto.
La habitación estaba oscura. El fuego en el cuarto principal se había reducido a brasas — lo sabía por el resplandor anaranjado que se filtraba por debajo de la puerta, tenue y pulsante.
El viento golpeaba los postigos con esa insistencia sorda que tenía en otoño, buscando las rendijas, recordando a quienes vivían dentro que afuera las condiciones eran otras.
Edvar esperó que el corazón se calmara.
Mientras esperaba, intentó recuperar lo que le había despertado. No era un sueño exactamente — o si lo era, no tenía la textura de los sueños normales, que son borrosos en los bordes y cambian de forma cuando uno intenta mirarlos directamente. Esto era diferente. Tenía la nitidez de algo real.
Un muchacho.
De pie en la oscuridad, con el pelo revuelto y los ojos abiertos mirando algo que Edvar no podía ver.
Los ojos — eso era lo primero que había visto, lo que seguía viendo ahora con los ojos abiertos en su propia oscuridad.
Un ojo gris, casi plateado. Un ojo de ese castaño cálido que en ciertos tipos de luz tiraba a dorado.
Los ojos de Aldren.
Y con los ojos, o alrededor de ellos, o simplemente presente en el mismo espacio que ellos, algo que no eran palabras pero contenía lo que las palabras habrían contenido si hubieran llegado así.
Una certeza. El tipo de certeza que no se argumenta ni se demuestra sino que simplemente está, como está el frío o como está la oscuridad — incontestable, anterior a cualquier razonamiento que uno pueda construir sobre ella.
El que devuelva lo que fue arrebatado cargará con dos heridas en la mirada y una sola en el corazón. Vendrá del dolor y al dolor volverá antes del final. Pero el paso será suyo.
Edvar cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
La oscuridad de su habitación era la misma oscuridad de siempre — la piedra de las paredes, la madera del techo, el resplandor de las brasas bajo la puerta.
Nada había cambiado en el mundo físico. El viento seguía golpeando los postigos.
En algún lugar de la aldea, una de las cabras de Bren el viejo protestaba por algo con esa insistencia suya de siempre.
Pero algo había cambiado en Edvar.
Se incorporó despacio, con ese cuidado que había aprendido a tener con su propio cuerpo — los huesos que protestaban al primer movimiento, las articulaciones que necesitaban un momento para recordar para qué servían.
Puso los pies en el suelo frío y se quedó sentado al borde de la cama un rato, con las manos en las rodillas y la vista en la nada, dejando que lo que había visto se asentara.
Llevaba muchos años siendo el sabio de los Vorn.
Llevaba muchos años siendo el guardián de la profecía — esas palabras que la tribu llevaba generaciones repitiéndose en voz baja, más como consuelo que como convicción, más como la historia que uno se cuenta para soportar el presente que como algo que uno espera ver cumplirse de verdad.
Él mismo había llegado a dudar de ella con los años.
No de las palabras — las palabras eran lo que eran — sino de su utilidad, de si servían para algo más que para dar forma a una esperanza que de otra manera no tendría dónde alojarse.
Ahora ya no dudaba.
Lo que le inquietaba no era la visión en sí. Era lo que implicaba. Y lo que implicaba era una conversación que llevaba años posponiendo con la misma eficiencia silenciosa con que se posponen las cosas que uno sabe que tendrán que ocurrir pero que mientras no ocurran todavía pueden no ocurrir.
Se levantó. Tomó el bastón. Fue al cuarto principal y echó leña al fuego que casi había muerto, más por el gesto familiar que por necesidad real. Luego tomó su capa, la más gruesa, la de lana vieja que olía a años de uso y que era la prenda más útil que había tenido nunca.
Afuera, la noche empezaba a ceder.
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El cielo al este tenía esa palidez específica que precede al amanecer — no todavía luz, sino la ausencia de oscuridad completa, una dilución gradual del negro que aún no prometía nada concreto pero que era suficiente para que los contornos de las casas se distinguieran contra él.
El aire estaba inmóvil y helado, con esa quietud de las noches de otoño que han bajado mucho de temperatura y han encontrado un equilibrio frío y perfecto que el día romperá en cuestión de horas.
Edvar cruzó la aldea despacio.
Sus pasos en el barro helado sonaban más de lo que habría querido — la costra de hielo cediendo ligeramente bajo cada pie, un crujido suave y regular que en el silencio de antes del amanecer resultaba más audible de lo necesario.
Pasó frente al pozo, frente a la fragua de Maren con su puerta cerrada, frente a la casa de Aren el curtidor donde alguien había dejado un cubo volcado junto a la puerta. La aldea dormía. Eso era bueno.
La casa de la madre de Aldren estaba en el extremo sur del asentamiento, con la fachada orientada hacia las montañas — una coincidencia de construcción que Edvar había notado muchas veces y sobre la que nunca había dicho nada porque no había nada que decir.
Las casas estaban donde estaban. El significado que uno les atribuía era asunto propio.
Llamó a la puerta con los nudillos. Dos golpes, suaves.
Hubo una pausa. Luego el sonido de movimiento al otro lado — pasos, la madera del suelo crujiendo ligeramente. La puerta se abrió.
La madre de Aldren estaba de pie en el umbral con una capa echada sobre los hombros como si se la hubiera puesto deprisa, pero sus ojos estaban completamente despiertos.
Más que eso — tenían esa claridad específica de los ojos que llevan tiempo abiertos en la oscuridad, que ya se han adaptado y ven con una precisión que la gente que acaba de despertar no tiene.
Lo miró.
Miró detrás de él, hacia la aldea desierta.
Luego se hizo a un lado sin decir nada.
Edvar entró. Ella cerró la puerta con cuidado — ese cuidado específico de quien sabe que hay gente durmiendo cerca y no quiere despertarla — y señaló con un gesto mínimo hacia la habitación de los niños. Edvar asintió. Entendido.
Se sentaron junto al fuego, que ella había mantenido vivo durante la noche con la misma previsión metódica con que él había alimentado el suyo.
La luz de las llamas era la única luz en la casa — anaranjada y movediza, del tipo que hace que las caras parezcan más viejas o más jóvenes dependiendo del ángulo, que llena los huecos de sombra y los saca de nuevo con cada movimiento.
Hablaron en voz muy baja.
—He tenido una visión —dijo Edvar.
Ella no preguntó qué tipo de visión. Esperó.
—Es él.
El silencio que siguió duró lo que tardó ella en respirar dos veces. Luego dijo, con una voz completamente plana:
—¿Estás seguro?
—He visto sus ojos en la visión. —Edvar eligió las palabras con el cuidado que les correspondía—. Y las palabras hablaban de alguien que carga con dos heridas en la mirada. —Una pausa—. No hay otro niño en esta aldea al que eso pueda referirse.
La madre de Aldren miró el fuego.
Era una mirada que Edvar conocía — había visto variaciones de ella a lo largo de los años, en momentos distintos, pero siempre reconocible por ese carácter específico de quien está procesando algo grande detrás de una fachada que no va a dejar caer porque no puede permitirse dejarla caer.
No era frialdad. Era lo contrario de la frialdad — era el esfuerzo activo de quien siente demasiado y ha aprendido, a fuerza de necesidad, a no mostrar cuánto.
—¿Qué dice exactamente la visión? —dijo al fin.