Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 2 Eira en el árbol #3
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Capítulo 2 Eira en el árbol #3

En la aldea, a sus espaldas, la primera ventana había encendido su luz.

Luego otra. Luego tres más casi simultáneamente.

En el espacio de un minuto, el asentamiento que había sido un conjunto de formas grises se convirtió en algo diferente — los cuadrados amarillos de las ventanas brillando contra el oscuro, el humo de los hogares encendidos subiendo recto en el aire quieto de la noche, la silueta de los tejados recortada contra un cielo que ya empezaba a mostrar las primeras estrellas.

Eira sonrió. No una sonrisa grande — pequeña, privada, del tipo de sonrisa que uno tiene cuando algo le confirma algo que ya sabía pero que sigue siendo bueno ver confirmado.

—Ahora sí —dijo, y se bajó de la rama con esa agilidad suya, aterrizando sobre el suelo húmedo de hojas con un sonido blando.

Aldren se bajó detrás, con menos gracia.

Volvieron hacia la aldea por el camino de tierra que el frío había empezado a endurecer desde los bordes.

Eira caminaba deprisa, con esa energía suya de siempre, y Aldren iba a su lado con las manos metidas en la ropa intentando recuperar el calor que el otoño le había quitado despacio durante las últimas horas.

—Eira —dijo.

—¿Qué?

—La historia del cazador. —Una pausa—. ¿Qué hace al final? ¿Les dice que están muertos o no?

Eira caminó unos pasos en silencio, pensándolo.

—Todavía no lo sé —dijo—. Estoy en la parte difícil.

—¿Cuándo lo sabrás?

—Cuando el cazador lo sepa —dijo Eira, con esa lógica suya que era impecable si uno aceptaba las premisas—. Las historias se cuentan solas, cuando están listas. Yo solo las escucho.

Aldren la miró de reojo. En la oscuridad creciente, con la luz de la aldea delante y el bosque detrás, Eira tenía ese aspecto suyo de pertenecer exactamente donde estaba — como el árbol torcido, como si hubiera una razón para que estuviera ahí que iba más allá de las razones que uno podía enumerar.

La puerta de su casa estaba entreabierta, con una franja de luz amarilla cayendo sobre el barro del camino. Desde dentro llegaba el olor del fuego y de algo caliente cocinándose — el olor de casa, específico e inconfundible.

Su madre apareció en el umbral cuando oyó los pasos.

Los miró a los dos — empapados de rocío, enrojecidos por el frío, con esa energía de quien ha estado fuera hasta que ya no podía más — y algo en su expresión cambió ligeramente.

No dijo nada. Pero se hizo a un lado para dejarles pasar, y mientras lo hacía puso la mano un momento en el pelo de Eira con ese gesto breve y casi involuntario que tenía a veces, el de quien toca algo que le importa sin querer hacer demasiado evidente que le importa.

Eira pasó sin notarlo.

Aldren sí lo notó.

― ✦ ―

Esa noche, ya con el fuego bajo y la casa en silencio, Aldren escuchó a Eira respirar al otro lado de la habitación con esa cadencia lenta y regular de quien duerme sin preocupaciones.

Era un sonido que conocía tan bien que normalmente era simplemente el fondo de la noche, parte del paisaje sonoro de estar en casa.

Pero esa noche lo escuchó de otra manera — con esa atención que se presta a las cosas cuando uno presiente, sin saber exactamente por qué, que debería prestarles atención.

Pensó en el árbol torcido y en la rama baja y en los pies de Eira colgando sobre el vacío.

Pensó en lo que había dicho — el miedo no dura para siempre, las cosas injustas cambian, el cazador tiene que decidir si decirles que están muertos — y pensó que su hermana de siete años y medio tenía una manera de ver el mundo que él, con sus diez años y toda su capacidad de observar y analizar y guardar cosas en ese lugar de la cabeza donde las cosas esperaban a tener sentido, no terminaba de entender del todo.

No era que Eira fuera más lista. Era que miraba desde otro sitio. Desde más alto, quizás — como desde la rama — o desde más adentro, como el árbol que sabe que va a helar porque lo siente desde las raíces.

Las cosas que son injustas no duran para siempre.

Lo había dicho con una convicción tranquila que Aldren no podía rebatir pero tampoco podía adoptar del todo, porque para adoptarla habría tenido que dejar de preguntarse el cómo, y Aldren no sabía no preguntarse el cómo.

Era constitutivo de él de la misma manera en que era constitutivo de Eira ver la primera luz encenderse en las ventanas de la aldea y sonreír.

Afuera, el frío de la noche había terminado de instalarse.

Aldren lo oía en el silencio específico que tiene el aire cuando la temperatura baja de un cierto punto — más quieto, más denso, con ese peso invisible que hace que los sonidos viajen de otra manera.

Mañana habría escarcha. Pasado mañana quizás las primeras placas de hielo en los charcos del camino.

Y en algún lugar al sur, más allá de los tejados y del río y del bosque y de los campos vacíos, el paso de Keth estaba oscuro entre las montañas, esperando lo que siempre esperaba: la nieve que lo cerraría, la primavera que lo abriría, el año siguiente que sería igual que el anterior o peor.

Eira seguía respirando al otro lado, igual y constante.

Aldren cerró los ojos y esperó a que llegara el sueño, que esa noche tardó más de lo habitual, porque hay preguntas que son demasiado grandes para caber en la oscuridad de una habitación y que se quedan dando vueltas hasta que el cuerpo decide que ya es suficiente y se rinde sin haberlas resuelto.