Capítulo 2 Eira en el árbol #2
—Todo el mundo sabe lo que era el paso —continuó Eira, volviendo a mirar el bosque—. Lo que no entiendo es por qué nadie hace nada.
—Porque tienen miedo —dijo Aldren.
—Sí. —Lo dijo sin dramatismo, sin juicio, como un hecho que constata—. Tienen miedo.
—Los Drak son más fuertes. Tienen el paso.
Tienen el comercio. Si alguien hace algo, las represalias son peores que quedarse quieto.
—Aldren se oyó a sí mismo enumerando las razones con esa voz plana que usaba cuando explicaba cosas que entendía pero que no le gustaba entender—. Por eso nadie hace nada.
—¿Tú también tienes miedo? —dijo Eira.
La pregunta llegó directa, sin acusación, con esa franqueza suya de quien pregunta lo que pregunta porque quiere saber la respuesta y no por otra cosa.
Aldren tardó un momento.
—No sé —dijo—. Quizás. —Hizo una pausa—. O quizás es otra cosa. Quizás es que no veo cómo.
—Eso es diferente al miedo.
—¿Sí?
—El miedo es cuando sabes cómo pero no te atreves. —Eira lo miró de reojo—. Lo que tú describes es que todavía no sabes cómo. Eso se puede arreglar.
Aldren la miró.
—Tienes siete años —dijo.
—Siete años y medio —lo corrigió Eira, con una precisión que no admitía negociación—. Y eso no tiene nada que ver con si lo que digo es verdad o no.
No tenía, efectivamente, nada que ver. Aldren apartó los ojos hacia las montañas para no tener que reconocerlo directamente, que era su manera habitual de manejar los argumentos que no podía rebatir.
El paso de Keth seguía ahí, oscuro entre las cumbres iluminadas. En cuatro semanas, o quizás tres si las nieves seguían bajando, estaría cerrado. Y los Vorn pasarían el invierno con lo que tuvieran, que era menos que el año anterior, que ya había sido menos que el anterior al anterior.
—El miedo no dura para siempre —dijo Eira, en voz más baja.
No lo dijo como conclusión de lo anterior ni como respuesta a nada específico. Lo dijo como quien enuncia algo que acaba de recordar, una ley del mundo que existe independientemente de que uno la mencione o no.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Aldren.
Eira se encogió de hombros.
—Porque nada dura para siempre —dijo—. El invierno tampoco dura para siempre, y el invierno es mucho más duro que el miedo.
Aldren no respondió. Miró el bosque — los árboles pelados con su geometría irregular, el suelo de hojas húmedas, la luz mengüando entre las ramas — y pensó que quizás había algo en el argumento, aunque no supiera todavía qué hacer con él.
― ✦ ―
Estuvieron en silencio un rato largo.
Era el tipo de silencio que solo existe entre personas que se conocen bien — no incómodo, no lleno de cosas no dichas, sino simplemente el espacio natural entre una cosa y la siguiente.
El bosque hacía sus propios ruidos: el viento moviendo algo en las copas, el sonido distante de agua corriendo — el río Keld, discurriendo por el borde del bosque hacia el valle — y de vez en cuando el crujido de una rama que cedía bajo el peso de algo invisible.
Eira había dejado de balancear los pies. Los tenía quietos ahora, cruzados en el tobillo, con esa postura suya de cuando estaba pensando en serio en algo.
—¿Cómo era nuestro padre? —dijo de repente.
Aldren se tensó levemente. No mucho — apenas lo suficiente para que alguien que no le conociera bien no lo notara. Pero Eira le conocía bien.
—No lo sé —dijo—. Yo tampoco lo conocí.
—La madre sí lo conoció.
—Sí.
—¿Por qué no nos cuenta cosas de él?
Era una pregunta que Aldren se había hecho muchas veces y a la que nunca había encontrado una respuesta que le satisficiera del todo.
Su madre hablaba de su padre con esa economía específica de quien ha decidido que hablar de algo duele más de lo que ayuda — una frase aquí, un detalle allá, nunca suficiente para armar una imagen completa.
Era un hombre bueno. Era serio. Trabajaba mucho.
Murió en el paso cuando Aldren era demasiado pequeño para recordarlo y cuando Eira todavía no había nacido.
—Creo que le duele —dijo Aldren.
—Sí —dijo Eira—. Pero a nosotros también nos duele no saber.
Aldren la miró. Había algo en cómo Eira decía eso — sin reproche, sin amargura, simplemente como otro hecho que constatar — que le resultaba más difícil de manejar que si lo hubiera dicho con rabia.
La rabia tenía una forma definida. Lo que hacía Eira era más parecido a poner algo en el centro de la mesa y esperar a que alguien decidiera qué hacer con ello.
—Edvar lo conoció —dijo Aldren—. Él podría contarnos.
—¿Le has preguntado?
—Algo. —Una pausa—. No mucho.
—¿Por qué no?
Aldren pensó en Edvar y en los silencios que no podía empujar.
En la manera en que a veces el anciano respondía a medias y luego dejaba de responder de una forma que hacía evidente que había decidido no seguir, y que seguir insistiendo no iba a llevar a ningún sitio.
Era algo que había aprendido a respetar sin entenderlo del todo.
—Porque Edvar también tiene sus silencios —dijo—. Y algunos de ellos no se pueden abrir por las buenas.
Eira asintió, despacio, como si eso confirmara algo que ya pensaba.
—Algún día nos contará —dijo—. Cuando esté listo.
—¿Cómo sabes que algún día estará listo?
Eira le miró con esa expresión suya — la de la paciencia exagerada, pero esta vez con algo más debajo, algo más serio.
—Porque lleva demasiado tiempo sin contarlo —dijo—. Las cosas que uno guarda durante mucho tiempo pesan. Y llega un momento en que pesan más de lo que uno puede seguir cargando. —Una pausa—. Edvar es viejo. Ya no puede cargar tanto.
Aldren la miró un momento más de lo habitual.
A veces Eira decía cosas así — cosas que sonaban a intuición pero que tenían la precisión de alguien que ha estado observando durante mucho tiempo y ha llegado a conclusiones que los demás todavía no han alcanzado.
Era uno de los rasgos suyos que más le desconcertaban y más le gustaban, aunque no lo habría admitido en voz alta.
—¿Cómo sabes tú todo eso? —dijo.
Eira se encogió de hombros.
—Miro —dijo simplemente.
― ✦ ―
La luz siguió bajando.
El cielo al oeste había pasado del azul pálido del otoño a ese tono anaranjado que duraba poco antes de volverse gris y luego oscuro — el atardecer del norte, rápido y sin concesiones, que llegaba antes de que uno estuviera preparado para él.
El bosque detrás de ellos se oscurecía desde dentro hacia fuera, los árboles más lejanos perdiéndose primero en la penumbra, los más cercanos manteniéndose visibles más tiempo con esa luz lateral que hacía que la corteza brillara ligeramente.
—¿Tienes frío? —dijo Aldren.
—Un poco.
—Deberíamos volver.
—Todavía no. —Eira miró el bosque—. Quiero ver cuándo encienden los fuegos.
Era otra cosa suya — quedarse hasta ese momento específico en que las primeras luces aparecían en las ventanas de la aldea, ese instante en que el asentamiento pasaba de ser una colección de formas grises a ser algo vivo y cálido contra el cielo oscuro.
Aldren no lo entendía exactamente pero lo aceptaba, de la misma manera en que aceptaba muchas cosas de Eira que no entendía.
Se quedaron.
El frío se asentó con la luz. No el frío agresivo del invierno de pleno — ese todavía tardaría semanas — sino ese frío de otoño tardío que empieza siendo tolerable y va ganando terreno despacio, instalándose primero en las orejas y en las puntas de los dedos y luego extendiéndose hacia adentro si uno no se mueve.
Aldren juntó los brazos contra el cuerpo. Eira no pareció notarlo.
—¿Crees que lo volveremos a tener algún día? —dijo Eira.
—¿Qué?
—El paso.
Aldren tardó en responder. Miró las Gargantas de Keth — la ranura oscura entre los picos, ahora casi invisible contra el cielo que oscurecía — y pensó en los hombres junto al pozo con su rabia resignada, en Aren el curtidor con las manos teñidas de trabajo, en el pan de menos y los sacos de menos y el peaje que subía cada año.
—No lo sé —dijo al fin.
—Yo creo que sí —dijo Eira—. Algún día.
—¿Por qué?
—Porque las cosas que son injustas no duran para siempre. —Lo dijo con la misma convicción tranquila con que había dicho que el miedo no duraba para siempre—. Duran mucho, sí. Mucho más de lo que deberían. Pero al final algo cambia. Siempre cambia algo.
—Eso no es una razón —dijo Aldren—. Es un deseo.
—A veces son la misma cosa —dijo Eira.
Aldren no encontró cómo responder a eso.
Se quedó mirando las montañas en la oscuridad creciente y pensó que quizás su hermana tenía razón, o quizás no, o quizás la distinción entre una razón y un deseo era menos clara de lo que él pensaba cuando las cosas que uno desea son lo suficientemente importantes.
Entonces Eira señaló.
—Mira.