Capítulo 2 Eira en el árbol
Había un roble en el límite norte de la aldea que crecía torcido.
Nadie recordaba por qué crecía así — si había sido el viento de algún invierno particularmente duro, o una piedra que había encontrado bajo tierra cuando era joven y había tenido que rodear, o simplemente una decisión propia de árbol que nadie había pensado en consultar.
El caso era que el tronco salía de la tierra en ángulo, se arqueaba hacia el este durante el primer tramo, y luego cambiaba de opinión y subía recto hacia el cielo como si el desvío hubiera sido siempre temporal.
El resultado era una rama baja, gruesa, casi horizontal, que quedaba a la altura perfecta para sentarse encima sin que te temblaran las piernas — lo suficientemente alta para ver por encima del matorral que crecía en el margen del bosque, lo suficientemente baja para llegar sin ayuda si uno tenía la agilidad de Eira o la determinación de Aldren.
Era el sitio de Eira.
No de una manera oficial ni declarada — nadie le había asignado ese árbol, nadie le había dado permiso para apropiárselo.
Simplemente había ocurrido, con esa lógica inevitable que tienen las pertenencias no formales: Eira estaba allí tan a menudo y con tanta naturalidad que el árbol había terminado siendo suyo de la misma manera en que el banco de piedra junto a la puerta era de Edvar.
Sin papeles, sin anuncio. Solo por la acumulación de presencia.
Aldren la encontró allí una tarde de mediados de otoño, cuando el sol bajaba rápido y el aire ya olía a la escarcha que llegaría con la noche.
Eira estaba en la rama con los pies colgando sobre el suelo y los ojos puestos en el interior del bosque, hablando sola en ese tono bajo y continuo que usaba cuando inventaba historias — no exactamente en voz alta, no exactamente en silencio, sino en ese espacio intermedio que los niños ocupan cuando están suficientemente absortos como para no filtrar lo que sale de su boca pero suficientemente conscientes como para no querer ser escuchados.
No se calló cuando le oyó llegar.
Con Aldren nunca se callaba.
—El árbol dice que esta noche va a helar —anunció, sin girarse.
Aldren se apoyó contra el tronco torcido y la miró desde abajo.
Desde ese ángulo, con el bosque de fondo y los últimos rayos de sol filtrándose entre las ramas peladas, Eira tenía ese aspecto que tenía a veces — el de alguien que pertenece a un sitio de una manera en que la mayoría de la gente no pertenece a ningún sitio.
Como si el árbol la hubiera estado esperando y ahora que estaba ahí todo tuviera el sentido que antes le faltaba.
—Eso lo sé yo también —dijo Aldren—. Y yo no soy un árbol.
—Tú lo sabes porque lo notas. —Eira balanceó los pies un momento, pensativa—. El árbol lo sabe de otra manera. Desde dentro.
—Los árboles no saben nada. Son árboles.
—Los árboles llevan aquí mucho más tiempo que nosotros —dijo Eira, con la paciencia de quien explica algo obvio a alguien que debería entenderlo ya—. Eso tiene que servir para algo.
Aldren no respondió. Era el tipo de argumento que Eira hacía a veces — no exactamente lógico, no exactamente ilógico, sino situado en algún lugar entre los dos donde la lógica normal no terminaba de aplicarse.
Había aprendido, con los años, que intentar rebatirlos desde la lógica era una pérdida de tiempo.
Era mejor dejarlos estar, como se dejan estar los objetos que no encajan en ningún cajón pero tampoco molestan en el sitio donde han acabado.
Se quedó de pie junto al tronco, apoyado en el ángulo que hacía con el suelo, y miró el bosque en la misma dirección que Eira.
Los árboles del norte perdían las hojas tarde y las recuperaban pronto — como si el tiempo que pasaban desnudos fuera una concesión mínima a las circunstancias, lo justo para no morir, y en cuanto las condiciones lo permitían volvían a cubrirse con esa eficiencia de quien no tiene paciencia para el lujo de la lentitud.
Ahora estaban pelados, con las ramas cruzándose contra el cielo en esa geometría irregular que solo tienen los árboles de verdad, sin la simetría falsa de los dibujos.
El suelo entre ellos era una capa de hojas marrones y húmedas que olía a descomposición — no un olor desagradable, sino de esos olores que son exactamente lo que son y no pretenden ser otra cosa.
—¿Qué historia es hoy? —dijo Aldren.
Eira dejó de balancear los pies.
—Un cazador —dijo—. Se pierde en el bosque buscando un ciervo que ha visto durante días pero nunca ha podido alcanzar. Camina tanto que pierde la noción de dónde está. Y entonces encuentra una aldea.
—¿En el bosque?
—En el bosque. Una aldea que no aparece en ningún mapa porque nadie la ha dibujado nunca — o porque quienes podrían haberla dibujado no salieron a contarlo, que no es lo mismo.
—Hizo una pausa breve, del tipo que hacía cuando estaba construyendo algo mientras lo contaba—.
La aldea tiene casas y pozos y gente que va de un lado a otro haciendo sus cosas.
El cazador piensa que se ha salvado. Que va a poder pedir ayuda y que le dirán cómo volver.
—¿Y?
—Y la gente de la aldea le mira pero no le responde bien.
Le responden, sí, pero siempre con un pequeño desfase, como si las palabras tardaran un momento más de lo normal en llegar.
Y las cosas que dicen son extrañas — hablan del invierno pasado como si fuera este invierno, hablan de personas que el cazador intuye que ya no están.
—Eira arrugó la nariz ligeramente, en ese gesto suyo de cuando una historia la sorprendía a ella misma—. Hasta que el cazador entiende.
—¿Qué entiende?
—Que están muertos. —Lo dijo sin énfasis, como un hecho—. Que llevan muertos mucho tiempo pero nadie se lo ha dicho, y ellos siguen haciendo lo que hacían porque no saben hacer otra cosa. Siguen viviendo la misma vida de siempre aunque ya no sirva de nada.
Aldren la miró.
—Es una historia triste.
—Todavía no sé si es triste —dijo Eira—. Depende de lo que haga el cazador.
—¿Qué opciones tiene?
Eira lo pensó con esa seriedad suya — no la seriedad forzada de los niños que quieren parecer mayores, sino la genuina de alguien que está pensando de verdad en algo que le importa.
—Puede irse sin decir nada —dijo al fin—. Encontrar el camino de vuelta y dejarlos ahí, en su aldea muerta, viviendo su vida muerta. Que nadie les moleste.
—¿O?
—O puede decírselo. Que están muertos. Aunque sepa que no van a creerle, o que creerle no les va a servir de nada, o que quizás sea cruel saber algo así sin poder hacer nada con ello.
—¿Y tú qué harías?
Eira no respondió de inmediato. Se quedó mirando el bosque con esa expresión de cuando las preguntas le llegaban a un sitio más hondo de lo que uno esperaba.
—Creo que se lo diría —dijo al fin—. Aunque doliera. —Una pausa—. Algunas cosas hay que decirlas aunque duelan. Si no, se pudren por dentro y hacen más daño todavía.
Aldren no supo qué responder a eso. Lo guardó en el mismo lugar donde guardaba las cosas que Eira decía y que necesitaban tiempo para asentarse — como el agua en la tierra seca, que desaparece en la superficie pero sigue bajando.
― ✦ ―
El sol había bajado otro tramo cuando Aldren se subió por fin a la rama.
No era algo que planeara — simplemente ocurrió, de la misma manera en que ocurrían muchas cosas con Eira, sin que uno tomara exactamente la decisión de hacerlas.
Se aupó con un movimiento que habría sido más elegante cinco años atrás, cuando era más pequeño y el tronco le daba más ventaja, y quedó sentado junto a ella con los pies colgando sobre el suelo húmedo y el bosque delante y la aldea detrás.
Desde la rama, la perspectiva cambiaba.
No dramáticamente — no eran más de dos metros del suelo — pero sí lo suficiente para que el mundo pareciera ligeramente distinto.
El borde del bosque se veía más claramente.
La aldea al sur se veía como un conjunto, no como las partes separadas que uno percibía cuando estaba dentro de ella — los tejados juntos, el humo de las casas subiendo en paralelo, la forma general del asentamiento que desde dentro era imposible de ver pero desde aquí tenía una coherencia propia.
Y sobre todo eso, invariables, las montañas.
Siempre las montañas.
Aldren las miró con ese hábito suyo que no terminaba de ser voluntario.
El paso de Keth era visible esa tarde con una claridad particular — el sol bajo del otoño iluminaba la ranura entre los picos de una manera que hacía que la oscuridad interior del paso pareciera más profunda por contraste, como un ojo abierto en la roca.
—¿Tú sabes lo que era el paso antes? —dijo.
Eira siguió su mirada hacia las montañas.
—Nuestro —dijo. Con la misma naturalidad con que habría dicho que el cielo era azul o que el invierno era frío. Como si fuera el tipo de verdad que no necesita justificación porque es demasiado obvia para necesitarla.
—¿Quién te lo contó?
Eira le miró con esa expresión suya de paciencia exagerada.
—Todo el mundo lo sabe, Aldren. —No con superioridad — Eira no era así — sino con esa perplejidad genuina de quien no entiende por qué algo evidente necesita ser explicado—. Los ancianos lo dicen cuando creen que no escuchamos. Y la madre lo dice a veces sin darse cuenta.
—¿La madre? ¿Cuándo?
—Cuando mira hacia las montañas con esa cara.
—¿Qué cara?
Eira lo pensó un momento. Frunció ligeramente el ceño, buscando las palabras para algo que había visto muchas veces pero nunca había tenido que describir.
—La cara de cuando algo te pertenece y ya no lo tienes —dijo al fin—. Como cuando pierdes algo que querías y sabes exactamente dónde debería estar pero ya no está. —Una pausa—. Esa cara.
Aldren pensó en su madre junto al fuego por las mañanas, con las manos siempre ocupadas en algo y los ojos a veces en otro sitio.
Pensó en cómo miraba las montañas a veces, brevemente, antes de volver a lo que estuviera haciendo — como si el mirar fuera un impulso que no terminaba de poder controlar y que aprendía a acortar pero no a eliminar.