Capítulo 1 La aldea bajo la sombra #3
Aldren frunció el ceño levemente. El y de Edvar. Era una de sus herramientas favoritas — no una pregunta en sí misma sino una invitación a seguir, a no quedarse donde uno se había detenido porque era más cómodo detenerse ahí.
—Y dicen que este año las nieves han bajado antes. Que el paso cierra en cuatro semanas, no seis.
—¿Y?
Aldren miró el paso de Keth entre las cumbres. Pensó en el pan de la mañana. En los tres sacos de menos. En la cara de Aren mirando las montañas con esa mezcla de rabia y resignación que había dejado de ser distinguible.
—Y no van a hacer nada al respecto —dijo al fin.
El anciano asintió muy despacio, con esa forma suya de asentir que no significaba acuerdo sino reconocimiento — que lo que acababa de escuchar era verdad y que la verdad merecía ese gesto mínimo antes de seguir.
—¿Por qué crees que es eso?
Aldren abrió la boca. La cerró. Pensó en los hombres junto al pozo, en la voz baja y el cuerpo orientado hacia otro lado. En el tono de quien habla de algo que le duele pero ya no espera que cambie.
—Porque llevan tanto tiempo así que ya no recuerdan cómo era de otra manera —dijo.
El silencio que siguió era diferente a los anteriores.
En la postura de Edvar ocurrió algo muy pequeño y muy difícil de ver si uno no llevaba años aprendiendo a verlo: un leve aflojamiento en los hombros, un cambio casi imperceptible en la manera en que sus manos sostenían el bastón.
Como si una tensión que llevaba tiempo sostenida hubiera encontrado, por un momento, dónde apoyarse.
Aldren lo notó. No supo qué significaba. Lo guardó en ese lugar de la cabeza donde guardaba las cosas que esperaban a tener sentido — junto al pan de menos, las nubes del oeste, y la cara de su madre mirando el fuego sin verlo.
Siguieron en silencio.
El frío de la mañana se había asentado en la piedra del muro y se transmitía a través de la ropa de Aldren con esa constancia sorda del frío que no amenaza sino que simplemente está.
En algún lugar detrás de ellos, el golpe metálico de la fragua de Maren seguía su ritmo — uno, pausa, uno, pausa, uno — con esa regularidad que Aldren encontraba, sin saber por qué, vagamente reconfortante.
El humo de las casas subía recto en el aire quieto antes de deshacerse.
Las cabras de Bren el viejo protestaban por algo al otro lado de la aldea con esa insistencia suya de quien sabe que nadie va a hacerles caso pero protesta de todas formas.
—Mi padre —dijo Aldren.
No era una pregunta. Era el principio de algo que no sabía todavía cómo terminar.
Edvar esperó.
—¿Cómo era?
El anciano tardó un momento en responder. No por incomodidad — Aldren habría detectado la incomodidad — sino con ese cuidado específico de quien sabe que las palabras sobre los muertos tienen un peso distinto a las demás y hay que elegirlas bien.
—Era un hombre serio —dijo Edvar al fin—. Serio de verdad, no de pose. Pensaba antes de hablar. Cuando decía algo, lo había pensado. —Una pausa breve—. En eso te pareces a él.
Aldren no respondió. Miró el paso de Keth — esa ranura oscura entre las cumbres nevadas, esa herida en la roca por donde pasaba todo lo que los Vorn necesitaban y que alguien había decidido que era suya para cobrar por ella — y sintió algo que no era exactamente tristeza.
Era más cercano a la pregunta. A la sensación de que había una historia más grande que la que conocía, con piezas que no encajaban todavía porque faltaban piezas que nadie le había dado.
—¿Cómo murió exactamente? —dijo.
Edvar miró las montañas durante un momento más largo de lo normal.
—En el paso —dijo—. Como sabes.
—Eso es lo que sé. No es lo mismo que saber cómo.
Silencio.
—No —admitió Edvar, en voz muy baja—. No es lo mismo.
No añadió nada más. Y Aldren, que tenía diez años y había aprendido ya a distinguir los silencios que podía empujar de los que no, dejó ese en paz.
La lluvia llegó antes del mediodía, exactamente cuando él había dicho.
Se levantó cuando los primeros copos gruesos empezaron a caer del cielo blanco — no agua todavía, sino esa mezcla de agua y nieve que en las tierras del norte anunciaba que el invierno había decidido hacer un primer ensayo antes de llegar de verdad.
Edvar no se movió.
—¿No entras? —dijo Aldren.
—Ahora no.
Aldren lo miró un momento — al anciano inmóvil en su banco de piedra con la lluvia empezando a mojarle la ropa, los ojos todavía en las montañas como si la conversación con ellas no hubiera terminado — y entendió que había cosas que Edvar hacía que no eran para que él las entendiera todavía.
Se fue hacia casa.
A mitad del camino se detuvo sin saber por qué y miró atrás.
Edvar seguía en el banco. Pero ahora no miraba las montañas. Miraba a Aldren. Y en esa mirada — directa, breve, cargada de algo que no era tristeza exactamente pero se le parecía — había algo que Aldren no supo descifrar.
El anciano volvió a mirar las montañas.
Aldren siguió andando bajo la lluvia fría, con esa mirada pegada en algún lugar entre los omóplatos todo el camino hasta casa, sin saber todavía que iba a tardar años en entender lo que significaba.