Capítulo 1 La aldea bajo la sombra #2
A esas horas había ya movimiento — los Vorn eran madrugadores por necesidad más que por temperamento, porque los días de otoño eran cortos y había mucho que hacer antes de que la luz fallara.
Una mujer vaciaba un cubo de agua sucia junto a su puerta sin mirarlo.
El hijo mayor de la familia Bren arrastraba leña desde el almacén con esa expresión de adolescente al que han sacado de la cama demasiado pronto.
Desde la fragua de Maren llegaba ya el primer golpe metálico del día, regular y seco como un corazón de hierro.
El olor de la aldea en otoño era una mezcla específica que Aldren sabía identificar con los ojos cerrados: leña quemada, barro húmedo, el estiércol de los corrales que el viento traía desde el este, y algo más difícil de nombrar — algo que tenía que ver con el pan de las casas y el cuero curtido de los talleres y el musgo que crecía entre las piedras de los muros en la cara norte, donde el sol nunca llegaba del todo.
Era el olor de su aldea. No lo pensaba en esos términos porque no había necesidad de pensarlo — era simplemente el olor del mundo, igual que el sonido del río cercano era simplemente el sonido del mundo, hasta que uno salía de allí y entendía que había otros olores y otros sonidos y que los suyos eran específicos de ese lugar y de ningún otro.
Junto al pozo, dos hombres hablaban.
Aldren los conocía de toda la vida — Aren el curtidor, un hombre de unos cuarenta años con las manos permanentemente teñidas de marrón oscuro por el trabajo, y Bren el viejo, con esa espalda ligeramente encorvada de quien ha pasado demasiados años inclinado sobre algo.
Hablaban en ese tono que tenían los adultos de la aldea cuando fingían que una conversación no era importante — voz baja, cuerpos orientados ligeramente hacia otro lado, como si la conversación fuera algo que les estuviera ocurriendo sin que ellos lo hubieran decidido.
Aldren aminoró el paso sin parecerlo.
—Tres sacos menos —decía Aren—. Y nos los cobran igual.
—Nos los cobran más —respondió Bren el viejo—. Dijeron que el paso estuvo cerrado dos días la semana pasada por unas nevadas tempranas. Costes de mantenimiento, llamaron. —Lo repitió con el tono de quien cita algo que le ha dejado mal sabor de boca—. Costes de mantenimiento.
—¿Y cuándo no hay costes de mantenimiento?
—Nunca. Siempre hay algo. En verano dicen que hay que reparar los muros de contención. En otoño dicen que hay que preparar el cierre de invierno. En primavera dicen que hay que reabrir lo que cerraron. —Bren el viejo escupió al suelo junto al pozo—. Siempre hay algo que cobrar.
Aren miró las montañas con esa expresión que Aldren había aprendido a reconocer en los adultos de la aldea — no exactamente tristeza, no exactamente rabia, sino algo que era las dos cosas mezcladas durante tanto tiempo que ya eran indistinguibles.
La expresión de alguien que ha perdido la costumbre de esperar que las cosas sean distintas.
—Lo que me preocupa es el invierno —dijo en voz más baja—. Si el último cargamento de grano llega corto, y con el paso cerrándose en seis semanas...
—Cuatro —lo interrumpió Bren—. Este año las nieves han bajado antes. Si siguen así, el paso cierra en cuatro semanas, no seis.
Silencio breve entre los dos hombres.
—Cuatro semanas —repitió Aren.
Aldren siguió andando.
Lo que le molestaba no era solo la injusticia — aunque la injusticia estuviera ahí, visible y concreta como el barro bajo sus pies.
Lo que le molestaba era la resignación. La manera en que Aren y Bren el viejo hablaban del peaje como si fuera el clima: algo que ocurría, algo que empeoraba cada año, algo que había que gestionar pero nunca combatir.
Como si el orden que los Drak habían construido fuera una ley de la naturaleza igual que el invierno o la lluvia, y rebelarse contra él fuera tan absurdo como rebelarse contra las estaciones.
Cuatro semanas. Luego el paso cerraría y los Vorn pasarían los meses más duros del año con lo que tuvieran, que ese año era menos que el anterior, que ya había sido menos que el anterior al anterior.
La cadena era visible si uno quería verla. No todo el mundo quería.
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Encontró a Edvar donde casi siempre lo encontraba a esas horas: sentado en el banco de piedra junto a la puerta de su casa, con las manos apoyadas en el bastón y los ojos fijos en las montañas del sur.
Era un banco bajo, de una sola piedra trabajada, que según los más viejos de la aldea llevaba ahí desde antes de que nadie recordara — lo que significaba que llevaba ahí desde antes de que Edvar recordara, y Edvar era el más viejo de todos.
El anciano era difícil de describir con precisión porque su apariencia había llegado a ese punto en que la edad deja de medirse en rasgos concretos y empieza a medirse en presencia.
Tenía el pelo completamente blanco, escaso, aplastado contra el cráneo por el gorro de lana que llevaba desde el primer frío hasta el último.
Tenía la piel del color y la textura de la madera muy vieja — no fea, sino interesante, llena de la información que acumula una superficie que ha sobrevivido a mucho.
Tenía las manos grandes y nudosas alrededor del bastón, con esa firmeza de los cuerpos viejos que han encontrado la manera de seguir siendo fuertes en lo esencial aunque todo lo demás ceda.
Lo que más desconcertaba de Edvar, a quien no lo conocía, era la quietud.
No la tranquilidad — había una diferencia importante entre las dos cosas, aunque Aldren había tardado años en saber nombrarla.
La tranquilidad era un estado de ánimo. La quietud de Edvar era algo más físico, más deliberado — la quietud de alguien que lleva mucho tiempo cargando con algo pesado y ha aprendido que si se mueve demasiado, el peso se desplaza de maneras difíciles de controlar.
—Llegas tarde —dijo Edvar, sin mirarlo.
—No había quedado contigo.
—No. —Una pausa larga, del tipo que el anciano usaba para decir cosas sin decirlas, para dejar que el silencio hiciera el trabajo que las palabras habrían hecho de forma menos elegante—. Siéntate.
Aldren se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared de piedra fría.
Era lo que hacía desde que tenía memoria — no en el banco, nunca en el banco, que era el sitio de Edvar y de nadie más, sino en el suelo junto a sus pies, con la espalda en la piedra y las rodillas recogidas.
Había empezado a hacerlo cuando era muy pequeño, quizás a los cuatro o cinco años, y en algún momento había dejado de cuestionarlo.
Era simplemente lo que hacía cuando estaba con Edvar, igual que con Edvar hablaba de maneras distintas a como hablaba con cualquier otra persona.
Estuvieron en silencio durante un rato.
El silencio con Edvar tenía su propia textura, diferente según el día.
Este era del tipo que Aldren había aprendido a identificar como el silencio de observación — no incómodo, no vacío, sino activo de una manera que no requería palabras.
El anciano estaba mirando algo, pensando en algo, y el silencio era el espacio en que eso ocurría.
Aldren aprovechó para mirar también.
Desde el banco de Edvar se veía un trozo específico de la aldea — el camino principal, el pozo al fondo, un flanco de la fragua de Maren — y sobre todo eso, dominándolo todo, las montañas del sur.
El paso de Keth estaba visible esa mañana con una claridad poco habitual: el cielo blanco de fondo hacía que la ranura oscura entre los dos picos se distinguiera con una nitidez casi violenta, como un trazo hecho con carbón sobre papel claro.
Cuatro semanas, había dicho Bren el viejo.
Aldren miró la ranura y pensó en lo que significaban esas cuatro semanas.
Las últimas caravanas del año intentando cruzar antes del cierre.
El precio del paso subiendo conforme se acercaba el invierno porque los Drak sabían que la urgencia hacía a la gente pagar lo que no pagaría en otra época.
Los últimos sacos de grano, las últimas herramientas, los últimos rollos de tela llegando cortos porque parte del valor se quedaba en el peaje.
Y luego el silencio del invierno, los meses en que el paso desaparecía bajo la nieve y el mundo de los Vorn se reducía a lo que hubiera dentro de él, que nunca era suficiente.
—¿Qué ves? —dijo Edvar.
La pregunta llegó sin transición, como llegaban casi todas las preguntas del anciano — directas, sin preparación, como si la conversación hubiera estado ocurriendo en silencio todo ese tiempo y él solo pusiera en voz alta la parte que le correspondía.
Aldren consideró la pregunta de verdad antes de responder. Con Edvar no valía dar la respuesta obvia — el anciano tenía una manera de esperar que hacía evidente cuándo uno se había quedado en la superficie.
—Las montañas —dijo—. El paso. —Una pausa—. Nubes al oeste, llegará lluvia antes del mediodía.
—¿Qué más?
—Los hombres del pozo. Aren y Bren el viejo. Hablaban del peaje y del cierre del paso.
—¿Y?