Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 1 La aldea bajo la sombra
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Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1)

Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1)

Por Alberto Solano

© inepub.com

Capítulo 1 La aldea bajo la sombra

El otoño llegaba tarde a las tierras del norte, pero cuando llegaba lo hacía sin disculpas.

En las semanas anteriores el bosque había ardido en ocres y amarillos, esa explosión breve y violenta de color que los Vorn conocían como la última mentira del año — la promesa de calor justo antes de que todo se apagara.

Ahora las ramas estaban peladas, el suelo cubierto de hojas podridas que el barro había ido tragando, y el aire tenía ese filo específico que no era todavía el frío del invierno pero que lo anunciaba con la claridad de quien no tiene intención de suavizar las noticias.

Las montañas del sur, que en verano se veían azules y lejanas como algo perteneciente a otro mundo, habían vuelto a acercarse con el despeje del otoño — grises ahora, con las primeras nieves cubriéndoles las cumbres, recortadas contra un cielo que cada mañana amanecía un poco más bajo y un poco más blanco.

Aldren lo sabía antes de abrir los ojos.

Lo sabía por el sonido del fuego — más necesario que en las semanas anteriores, más ruidoso en el silencio de la mañana — y por el olor que se colaba por las rendijas de los postigos: tierra mojada, leña quemada, el río cercano con esa corriente fría que en otoño olía a piedra y a algo verde y descompuesto que no tenía nombre pero que él asociaba desde siempre con el cambio de estación.

Se levantó sin hacer ruido.

Eira seguía dormida al otro lado de la habitación, hecha un ovillo bajo las mantas con esa concentración absoluta que ponía en todo lo que hacía, incluso en dormir.

Aldren la miró un momento desde la puerta — la forma pequeña bajo la lana gruesa, el pelo oscuro desparramado sobre la almohada — y luego pasó al cuarto principal sin hacer ruido.

Su madre estaba junto al fuego. Siempre estaba junto al fuego a esas horas, con la espalda recta y las manos ocupadas en algo — ese día, remendando una camisa que Aldren reconoció como suya por el desgarro en el hombro derecho que llevaba semanas ignorando.

No levantó los ojos cuando él entró. Había entre los dos una gramática del silencio matutino que ambos respetaban sin haberla acordado nunca: los primeros minutos del día eran de nadie, pertenecían al fuego y al ruido del viento en el tejado y al olor del pan que ya estaba en el rescoldo desde la noche anterior.

Pan. Aldren lo notó en cuanto lo sacó y lo partió.

Sabía a menos que el de la semana anterior.

No era algo que la mayoría de la gente habría detectado — era una diferencia sutil, casi imperceptible, del tipo que solo nota quien ha comido el mismo pan toda su vida y tiene el hábito de prestar atención a las cosas que los demás dan por sentadas.

Menos harina. No porque su madre se hubiera olvidado de echarla, sino porque quedaba menos.

Y quedaba menos porque el último cargamento había llegado corto, como llegaban casi todos desde que los Drak habían vuelto a subir el peaje del paso al inicio del otoño.

Comió sin decir nada.

—Come despacio —dijo su madre desde el fuego, sin girarse.

Era su forma de decir buenos días.

― ✦ ―

La aldea de los Vorn no tenía nombre. O lo había tenido una vez y se había perdido con las generaciones, como se pierden tantas cosas que en su momento parecían demasiado evidentes para necesitar ser recordadas.

La gente simplemente la llamaba la aldea, que era suficiente cuando uno vivía en ella y no necesitaba distinguirla de ningún otro sitio porque no había otro sitio al que ir.

Estaba enclavada en la ladera baja de las estribaciones del norte, en ese punto donde el bosque cedía terreno a una explanada suficientemente plana y resguardada como para que alguien, generaciones atrás, hubiera decidido que era un buen sitio para quedarse.

No era un lugar hermoso. Era un lugar útil, que no es lo mismo.

Las casas eran de piedra en la base — la piedra gris y porosa que abundaba en esa zona, extraída directamente de las laderas cercanas — y de madera en la parte superior, con tejados de paja compactada que los hombres renovaban cada dos o tres años cuando empezaban a ceder.

Las paredes tenían el grosor que requería sobrevivir a los inviernos del norte: casi un palmo de piedra, con las rendijas selladas con una mezcla de barro y pelo de animal que en verano se secaba hasta volverse dura como arcilla y en invierno había que revisar y reparar donde el hielo la había agrietado.

Las ventanas eran pequeñas y pocas — el frío entraba por cualquier agujero y la madera era cara — y las puertas eran bajas, de roble oscurecido por años de uso, con el umbral gastado en el centro por el paso de generaciones de pies.

Entre las casas, los caminos eran de tierra.

En verano se endurecían y resultaban casi cómodos de andar.

En otoño, con las lluvias, se convertían en esa mezcla de barro y piedra suelta que se pegaba a las suelas y doblaba el peso de cada paso.

En invierno se helaban y volvían a ser sólidos, pero de una solidez traicionera, irregular, con charcos congelados que brillaban con una luz engañosa al amanecer.

Había un pozo en el centro, de piedra redonda con una viga cruzada encima y la cuerda tan vieja que alguien la había reforzado con otra cuerda encima sin molestarse en retirar la original.

Había un edificio algo más grande que los demás donde la gente se reunía cuando había que reunirse, con un hogar central y bancos corridos de madera oscura a los lados.

Había la fragua de Maren, que era el edificio más sólido de todos porque el herrero lo había construido él mismo y Maren hacía las cosas para que duraran.

Y había, en los márgenes, los corrales de los animales — cabras principalmente, algún cerdo, los bueyes de las dos familias que tenían campo suficiente para trabajar con ellos — que en otoño olían con una intensidad particular que el viento del norte se encargaba de distribuir por toda la aldea a determinadas horas del día.

Era pequeña. Unas cuarenta familias, quizás doscientas personas contando los niños.

No tan pequeña como para que todo el mundo se conociera en profundidad — había secretos en la aldea, como en cualquier sitio — pero sí lo suficiente como para que la llegada de un desconocido fuera un acontecimiento y para que el dolor de uno solo tardara poco en convertirse en el murmullo de todos.

Desde cualquier punto de la aldea, si uno levantaba los ojos hacia el sur, estaban las montañas.

No podían no estar. Cerraban el horizonte de una manera que iba más allá de lo meramente geográfico — eran tan constantes, tan permanentes en el paisaje, que los Vorn que nunca habían salido de su territorio tenían dificultades para imaginar un horizonte sin ellas.

En verano eran casi amables: azules en la distancia, con las nieves retrocedidas hasta las cumbres más altas, dejando ver la roca gris y marrón de las laderas medias donde a veces se distinguían, en días muy claros, los manchones verdes de los pastos de altura.

En otoño cambiaban. Bajaban. Se acercaban.

Las nieves descendían semana a semana, cubriendo más roca cada vez, y los picos se volvían blancos y duros y el conjunto de la cordillera adquiría esa presencia severa de las cosas que recuerdan a la gente pequeña cuánto poder tienen.

En el centro de esa pared, entre dos picos que no eran los más altos pero sí los más visibles desde la aldea, había una abertura.

Una ranura oscura que se abría en la roca como una herida — o como una puerta, dependiendo de quién la mirara y desde dónde.

Las Gargantas de Keth. El único paso viable entre el norte y el sur durante los meses en que las nieves cerraban las rutas alternativas, que eran todos los meses que importaban.

Desde la aldea, en días claros, podías ver esa ranura con la misma nitidez con que ves la ausencia de algo — no el paso en sí, sino el espacio donde el paso estaba.

En días de nubes bajas desaparecía, y entonces las montañas eran solo una pared sin interrupciones y el mundo de los Vorn se sentía más pequeño de lo que ya era.

Aldren miraba ese espacio a menudo. No porque quisiera mirarlo — o no exactamente por eso. Lo miraba como se miran las cosas que no terminan de soltarte, que tienen una gravedad propia independiente de si uno quiere acercarse o alejarse.

El río Keld pasaba a unos doscientos pasos al este de la aldea, siguiendo el borde del bosque antes de bajar hacia el valle.

En verano era un río tranquilo de aguas claras donde los niños jugaban y las mujeres lavaban.

En otoño crecía con las lluvias y se volvía más oscuro, más rápido, con esa corriente interior que no siempre se veía desde la orilla pero que se sentía si uno metía los pies — algo que tiraba hacia abajo con una insistencia suave pero constante.

Edvar le había dicho una vez, de pasada, que ese río guardaba más historia de la que parecía.

No había añadido nada más y Aldren, que entonces era demasiado pequeño para saber qué preguntas hacer, lo había dejado pasar.

― ✦ ―

Salió antes de que su madre pudiera pedirle que hiciera algo.

El frío de la mañana le golpeó en la cara con esa honestidad que solo tiene el frío del norte cuando todavía no ha terminado de decidir qué va a ser ese día.

El cielo estaba de ese blanco sucio que en otoño podía significar lluvia antes del mediodía o simplemente nubes bajas que no llegaban a ningún sitio.

El suelo bajo sus pies era la mezcla habitual de tierra y piedra suelta que las lluvias de la semana anterior habían vuelto a convertir en barro semilíquido — el tipo que cede bajo el peso de un paso pero no se hunde del todo, que se pega a las suelas con una insistencia casi deliberada.

Cruzó la aldea por el camino principal.