Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago SOLUCIÓN SUICIDA
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SOLUCIÓN SUICIDA

El amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas de la casa de los Pontes, proyectando líneas de luz sucia, cargadas de motas de polvo en suspensión, sobre el escenario de la derrota absoluta de José.

Los cuerpos de Alfonso, con aspecto humano de nuevo, y de Concha estaban en el mismo sitio que habían sido abatidos.

La vivienda, que en otros tiempos debió ser un hogar de paz, olía ahora a herrumbre, a sudor febril y a ese rastro almizclado que José ya no podía fingir que no reconocía.

Tras el horror del bosque y la carnicería parricida, el Teniente había regresado a la casa movido por un rastro de sangre y desesperación que lo condujo, como un autómata, directamente al dormitorio principal.

Allí, Fátima yacía desnuda sobre la colcha desordenada, en una posición fetal que recordaba a la de un niño en el vientre materno.

Pero no había nada de inocencia en aquella estampa.

Su cuerpo, aquel mapa de deseo que José había recorrido mentalmente en la penumbra de su dormitorio, era ahora una geografía del horror.

Todavía había rastros del pelaje oscuro sobre la columna vertebral, las manos todavía estaban deformadas y las garras seguían siendo largas y cortantes.

Además vieó que tenía una herida en la oreja y otra en el hombro.

Las heridas eran feas, purulentas, bordeadas de un tono violáceo que supuraba un líquido espeso y oscuro.

Eran marcas de balas que su fisionomía humana intentaba cerrar sin éxito, como si el cuerpo de la mujer estuviera en guerra con las cicatrices del monstruo.

José se quedó de pie, con la mano apoyada en el marco de la puerta, sintiendo que la madera se clavaba en su palma.

Contemplaba la evidencia física de que la mujer que amaba era, sin género de duda, la asesina evisceradora que tanto tiempo llevaba persiguiendo.

El peso de la placa que ya no portaba, guardada en un cajón tras su suspensión, le dolía en el alma más que cualquier golpe.

No sabía si debía detenerla, socorrerla o terminar con todo allí mismo, sacando su arma y liberándolos a ambos de un destino que ya no pertenecía al mundo de los vivos.

En ese instante de parálisis absoluta, su teléfono vibró en el bolsillo, rompiendo el silencio como un disparo. Era Tania.

—¿José? Tienes que escuchar esto. —La voz de la forense sonaba frenética, desprovista de su habitual frialdad científica.

Se escuchaba el ruido de papeles y el zumbido de las máquinas de laboratorio al fondo—.

He terminado de secuenciar el ADN recuperado bajo las uñas de las últimas víctimas.

Es el mismo perfil que el del Vákner, pero los marcadores genéticos son claros: es una hembra.

Y hay algo más, José... algo que no tiene sentido biológico, pero que los niveles hormonales en la muestra no mienten. La criatura está embarazada.

El teléfono casi se le resbaló de las manos. El destino todavía guardaba una última carta de cinismo, volcando toda la lógica de la investigación hacia un abismo nuevo. José miró el vientre de Fátima, que subía y bajaba con una respiración agitada y ruidosa.

—Fátima... —susurró él, cortando la llamada sin dar explicaciones a Tania. No había ciencia que pudiera explicar lo que sentía en ese momento.

Ella abrió los ojos. Ya no eran los ojos de la periodista audaz que le había robado el corazón; estaban rojos, vidriosos por la fiebre de la transformación y el agotamiento de haber sufrido la muerte de sus propios progenitores.

Al verle, se incorporó bruscamente, ignorando el dolor de sus llagas que volvieron a sangrar sobre la sábana blanca.

—¡Vete de aquí, José! —rugió. Su voz aún conservaba un eco animal, una vibración que hacía castañear los cristales de la habitación—. ¿A qué has venido? ¿A ponerme las esposas? ¿A ver cómo se pudre el monstruo antes de que los tuyos lo diseccionen?

—¡Fátima, escúchame! —gritó él, acercándose a la cama con una mezcla de pavor y devoción—. Acaba de llamar Tania. Lo saben todo. Saben lo que eres, pero también saben que estás esperando un hijo.

El silencio que siguió fue más violento que cualquier grito.

El aire en la habitación pareció agotarse.

Fátima se llevó las manos al vientre de forma instintiva, con el rostro desencajado por una mezcla de asco y pánico absoluto.

Sus dedos, que aún conservaban restos de la sangre de Salvador bajo las uñas, se hundieron en su propia piel.

—¿Un hijo? —balbuceó ella y, de repente, una furia incontrolable, una chispa de locura heredada, la poseyó—. ¿Otro monstruo? ¿Quieres que traiga al mundo otra bestia para que herede esta maldición? ¡No! ¡Eso no va a pasar!

En un estallido de energía febril, Fátima saltó de la cama.

Sus movimientos eran fluidos, demasiado rápidos para ser humanos.

Todavía conservaba parte del poder de licántropo y empujó a José con una fuerza que lo lanzó contra el armario, haciendo que el espejo de la puerta estallara en mil pedazos.

Antes de que él pudiera recuperar el aliento, ella salió de la habitación.

Cruzó el umbral de la casa y comenzó a correr desnuda, bajo la luz grisácea del alba, hacia los acantilados cercanos, donde el mar batía con la furia del Atlántico contra el granito gallego.

José la siguió, con los pulmones ardiéndole y el corazón retumbando en su pecho.

El camino hacia el acantilado estaba lleno de tojos y piedras afiladas que le cortaban los zapatos, pero no se detuvo.

La encontró al borde del precipicio, allí donde la tierra se acaba y solo queda la caída libre.

El viento azotaba su piel herida, revolviendo su cabello rojo como el cielo del amanecer, y el vacío parecía llamarla con la voz de mil sombras.

—¡No des un paso más! —gritó José, deteniéndose a una distancia prudencial, con los brazos extendidos en un gesto de súplica.

—¡Es lo mejor para todos, José! —gritó ella, girándose a medias.

Su silueta recortada contra el mar embravecido era la viva imagen de una tragedia—.

Mírame. Soy una asesina. Mis padres están muertos.

He probado la carne humana y me ha gustado...

¡Dios mío, me ha gustado! No puedo ser madre, José.

Solo puedo ser muerte. Si este hijo nace, solo perpetuará el dolor que el Vákner ha sembrado en el Camino durante siglos.

José dio un paso adelante, bajando la voz, al mismo tiempo que dejaba que el hombre desesperado se impusiera definitivamente al oficial de la Guardia Civil. El uniforme ya no significaba nada. La ley era un concepto vacío frente a la mujer que temblaba ante él.

—Escúcheme bien, cariño. He pasado mi vida viendo lo peor del ser humano en los interrogatorios, en las cunetas y en los atentados.

Y he pasado estos meses viendo lo peor de la leyenda de algo que se suponía que no existía, pero lo que siento por ti no entiende de ADN, ni de lunas llenas, ni de informes forenses.

Perdóname, Fátima, por favor. No importan los muertos, ni las mentiras, ni lo que hayas hecho para sonsacarme información.

No sé qué saldrá de ti, no sé qué sangre correrá por las venas de ese niño, pero es nuestro.

—Fátima sollozó, un sonido que se perdió en el rugido de las olas—.

No voy a dejar que te tires —continuó José, su voz ahora firme como el granito bajo sus pies—, porque si lo haces, yo iré detrás.

No me queda nada fuera de este acantilado, Fátima.

Mi carrera está acabada, mi cordura está pendiendo de un hilo.

Vamos a tener a esa criatura. Juntos. Aunque tengamos que escondernos en lo más profundo de la Sierra de la Capelada, donde nadie nos encuentre jamás.

Seremos sombras, pero seremos sombras juntas.

Fátima se giró lentamente. Las lágrimas limpiaban los surcos de sangre y suciedad de sus mejillas, revelando de nuevo a la mujer que José amaba.

Vio en los ojos del teniente la misma desesperación y el mismo amor suicida que ella sentía.

Era un pacto de sangre, una alianza con la oscuridad que ningún código moral podría validar, pero era lo único que les quedaba.

Poco a poco, ella se alejó del borde, dejando que la gravedad la atrajera de nuevo hacia la tierra firme.

Se hundió en los brazos de José, llorando con un desconsuelo humano mientras la sombra del Vákner se retiraba, por el momento, hacia la oscuridad de su sangre compartida.

José la envolvió en su chaqueta, mientras trataba de darle un calor que el mundo ya no les ofrecería, sabiendo que a partir de ese amanecer, ellos eran los nuevos guardianes de un secreto que sangraría para siempre en el corazón de Galicia.