Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago LOCURA BAJO LA LUNA LLENA #2
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LOCURA BAJO LA LUNA LLENA #2

El tiempo pareció detenerse por completo en el cerebro de Fátima.

El dolor físico de la transformación que le recorría las venas, esa fiebre que un momento antes la hacía dudar si seguir viviendo y la empujaba hacia el frasco de pastillas, se fundió en una fracción de segundo con una oleada de rabia pura, volcánica, ciega y destructiva.

El último reducto de su condicionamiento humano, de su educación civilizada y de su miedo se rompió en mil pedazos, devorado por el dolor atroz de la pérdida de todo su mundo.

Las uñas de sus manos se rasgaron hacia delante con un crujido húmedo y descarnado, extendiéndose en garras afiladas de color negro ébano, mientras los músculos de sus extremidades se tensaban, se estiraban y duplicaban su potencia.

Sus mandíbulas se desencajaron con un chasquido óseo, mostrando hileras de dientes nuevos preparados para desgarrar la carne más dura, y de su pecho brotó un gruñido infernal que hizo temblar los cristales restantes de la casa.

Se giró con una velocidad felina, casi invisible para el ojo humano, hacia la ventana rota.

Fuera, recortado contra la maleza baja del monte y la niebla densa que subía del valle tapando las rocas, un hombre avanzaba con la parsimonia de un verdugo que realiza una tarea rutinaria de limpieza de plagas.

Vestía una cazadora de color verde oliva, llevaba un chaleco táctico de perfil bajo y encaraba el fusil con la frialdad matemática de quien limpia una trinchera enemiga tras un bombardeo.

Era Salvador. El ejecutor táctico de la Orden de los Caballeros de San Miguel Arcángel tenía los ojos fijos en ella a través de la mira óptica, desprovistos de cualquier rastro de piedad, duda moral o vacilación.

Para su mente adiestrada en los desiertos de Oriente Medio y en las doctrinas secretas de la Orden, lo que tenía delante no era una mujer de veintiocho años asustada; era una anomalía zoológica y espiritual, un espécimen que debía ser extinguido de la faz de la tierra para mantener el orden de los hombres.

Salvador repitió el disparo con una cadencia perfecta, buscando abatir al último miembro de la estirpe antes de que pudiera replegarse o atacar.

Pero Fátima ya no era la civil indefensa que él había rastreado a través de los informes forenses y las fotografías robadas de la morgue.

El dolor de ver a sus padres masacrados operó como el catalizador definitivo.

Con una velocidad que desafiaba las leyes de la física clásica y la percepción del ojo humano, la joven se lanzó de cabeza a través del marco de la ventana rota, ignorando los cristales que le cortaban la piel.

La primera bala le rozó la oreja izquierda, astillando el marco de madera con un silbido agudo; la segunda impactó de lleno en su hombro, provocándole un pinchazo de dolor ardiente debido a la aleación de plata que contenía el núcleo del proyectil, pero la oleada masiva de adrenalina y el despertar definitivo de la sangre del Vákner anularon el efecto paralizante del compuesto químico.

Corría a cuatro patas, pegada al suelo húmedo, convirtiéndose en una sombra borrosa que esquivaba los fogonazos del fusil al moverse en un zigzag frenético e impredecible entre las sombras de los robles y los tojos espinosos del monte.

La distancia entre ellos se reducía a cada latido.

Salvador, percibiendo el peligro real por primera vez en toda la noche, y viendo que sus disparos no detenían la carga, intentó corregir el tiro y retroceder para ganar distancia de seguridad, pero todo su entrenamiento militar en las fuerzas especiales de la brIPAC y su experiencia en combate asimétrico no lo habían preparado para la aceleración brutal de un Vákner puro protegiendo el cadáver de su estirpe.

El espacio táctico se desvaneció. El ejecutor soltó el fusil de precisión, que ya no era útil a tan corta distancia, e intentó cambiar de posición con un movimiento reflejo hacia el cuchillo de combate de acero toledano que llevaba en la parte posterior del cinturón, aquel que portaba la inscripción de San Miguel, pero sus dedos apenas rozaron la empuñadura de cordura.

Fátima ya había saltado, suspendida contra la luz de la luna llena.

El impacto de la bestia contra su pecho lo derribó con la fuerza de un vehículo a gran velocidad, aplastándolo contra el suelo cubierto de hojarasca y ramas secas.

Salvador ni siquiera tuvo tiempo de emitir un grito de auxilio o un lamento de dolor.

Fátima hundió sus garras delanteras directamente en los hombros del soldado, rompiendo las capas de kevlar del chaleco táctico y fijándolo contra la tierra húmeda con un peso descomunal que le fracturó las clavículas.

Con un movimiento mecánico, violento, desprovisto de toda compasión y guiado por el odio más puro y ancestral, lanzó un zarpazo lateral directo al cuello del ejecutor.

Los tendones, los músculos entrenados y el cuello reforzado de la cazadora técnica cedieron con la misma facilidad que el papel mojado ante la presión de sus garras.

De un solo golpe seco, descendente y devastador, Fátima le arrancó la cabeza, separándola del torso en una explosión de sangre arterial caliente que tiñó de rojo oscuro las hojas de los árboles circundantes y la maleza del monte.

El cuerpo del veterano soldado quedó instantáneamente laxo, convertido en un despojo inútil, en un montón de carne y equipo militar sin vida en mitad del bosque gallego que tantas veces había intentado dominar desde las sombras.

Su guerra había terminado en un segundo de furia animal.

La adrenalina de la batalla comenzó a descender lentamente por su sistema, dejando paso a una realidad fría, espantosa y desoladora.

Fátima, con el hocico y el pelaje incipiente manchados de sangre ajena y las extremidades temblando por el esfuerzo, el trauma emocional y el dolor residual de la herida del hombro, dio media vuelta y caminó de regreso hacia el interior de la casa de piedra, arrastrando las patas traseras y dejando un rastro espeso sobre la hierba húmeda del jardín.

La sangre oscura se había impuesto a la plata y estaba curando las heridas que había recibido.

Entró por el hueco de la ventana rota, pisando los fragmentos de cristal que ya no le hacían daño.

Se arrodilló junto a los cuerpos de sus padres en el centro de la habitación ensangrentada.

Concha yacía a un lado, con la mirada fija y perdida en las vigas del techo, libre por fin de sus miedos, de su amargura y de sus temores más profundos.

A su lado, Alfonso dio un último estertor ahogado; la plata líquida había alcanzado su torrente central y su corazón, apagando el fulgor de sus ojos amarillos y congelando sus facciones salvajes en una última mueca de derrota y dolor.

Había muerto, dejándola completamente sola en mitad de la noche, desamparada ante el destino que tanto había temido.

Sola, rodeada por los cadáveres de quienes le habían dado la vida, la mentira y la maldición de la estirpe, la nueva Vákner alzó la cabeza hacia la luna llena que inundaba la estancia a través de los cristales rotos, bañando los cuerpos con su luz fantasmal.

Ya no había espacio para las lágrimas humanas en sus ojos mutados, incapaces de llorar como lo hacían los hombres.

Desgarrando la quietud sepulcral de la noche, Fátima soltó un aullido de dolor puro, una nota sostenida, salvaje, atávica y desgarradora que anunció a la noche, a los montes y al mundo que la última de la estirpe había reclamado su trono de sangre, y que la caza, de ahora en adelante, cambiaría de bando para siempre.

Su cumpleaños había terminado; su vida como el monstruo legendario acababa de comenzar.