LOCURA BAJO LA LUNA LLENA
El reflejo en el cristal empañado de la ventana no le devolvía a la Fátima que había estudiado periodismo en Santiago, ni a la mujer que peleaba a diario por un contrato precario en la redacción de aquel periódico de provincia.
La luz plateada de la luna llena, que esa noche se alzaba con una simetría macabra coincidiendo exactamente con el día de su propio cumpleaños, perfilaba unas pupilas sutilmente dilatadas, capaces de atrapar el brillo de los astros de un modo que ningún ojo humano debería poder soportar.
La linde entre la cordura y el instinto comenzaba a difuminarse en los bordes de su mente, que flotaba en una marea de percepciones desarrolladas por encima de lo que cualquier humano podría alcanzar jamás.
Escuchaba el crujir de la madera de la casa, el siseo del viento en los tojos del monte y el latido lejano de la fauna nocturna.
Sabía lo que venía. Lo sabía con la certeza fría y desapasionada de quien mira los últimos granos de un reloj de arena correr inevitablemente hacia el fondo.
Esa noche, la metamorfosis completaría el ciclo ancestral que corría por sus venas.
Dejaría de ser una intrusa en su propia piel, una observadora asustada, para convertirse en una Vákner para siempre, asumiendo el mismo legado maldito que sus padres habían ocultado durante décadas bajo un velo de mentiras, identidades falsas, silencios tensos y huidas a medianoche.
La herencia no era un regalo de la naturaleza; era una condena biológica y mitológica que la reclamaba desde las profundidades del tiempo, un pacto de sangre con la tierra gallega que no admitía renuncias.
Sobre la mesa auxiliar de madera carcomida por el tiempo, el frasco de somníferos que había sisado del botiquín de su madre parpadeaba bajo el influjo de la luna como un faro de cristal.
Fátima lo miraba con una mezcla de náusea y alivio.
La idea del suicidio no nacía de la cobardía, ni de un arrebato de pánico irracional, sino de un agotamiento existencial absoluto que le aplastaba el pecho como una plancha de acero.
Le dolía el cuerpo con una intensidad insoportable; una fiebre interna, seca y voraz le quemaba los huesos, las articulaciones y los tendones, como si la médula misma se estuviera transformando en plomo derretido para dar paso a la musculatura y la densidad ósea de la fiera.
Sentía que su propia humanidad se estaba derritiendo por dentro.
Pero dolían mucho más las traiciones acumuladas en el camino.
Recordar al teniente José Santos era abrir una llaga que quemaba más que la fiebre.
Pensar en el subtexto cargado de promesas y miradas de sus encuentros en Casa Elisa, la culpa lacerante de haberlo utilizado en un principio como una simple fuente para su reportaje, y el peso intolerable de saber que el hombre por el que empezaba a sentir algo real, alguien que compartía su misma soledad, era el mismo oficial de la Guardia Civil que juraría cazarla y abatirla si alguna vez descubría su verdadera naturaleza.
Todo era una farsa. Su vida entera había sido un decorado de cartón piedra.
¿Qué sentido tenía abrazar al monstruo, si eso significaba perder hasta el último destello de afecto?
¿Qué sentido tenía heredar una corona de garras, aislamiento y muerte?
Morir como humana, allí mismo, vertiendo su propia vida antes de que la bestia tomara el control absoluto del timón, parecía la única forma digna y noble de romper la cadena de horror que la unía a su estirpe.
—No tienes por qué llevar tú sola el peso de lo que eres, hija.
La voz llegó desde la penumbra densa del pasillo, profunda, rota, cargada de un cansancio idéntico al que ella arrastraba en el fondo del alma.
Fátima no se sobresaltó ni hizo ademán de protegerse; sus nuevos sentidos, aguzados por la proximidad del cénit lunar, habían captado el latido pesado, rítmico y sordo de su corazón antes de que él diera el primer paso fuera de las sombras.
Se giró despacio y vio a Alfonso. Su padre ya no intentaba camuflarse como el hombre común y corriente que pretendía ser ante los pocos vecinos de la aldea; la masa muscular de sus hombros parecía haber duplicado su volumen bajo la camisa de franela vieja, las venas de su cuello se marcaban como raíces oscuras y gruesas, y sus manos terminaban en falanges alargadas, densas, perfectamente adaptadas para la depredación física y el desgarro.
Había una dignidad salvaje en su deformidad.
—Quiero acabar con esto, papá —susurró Fátima, con las lágrimas hirvientes de una resina oscura resbalando por sus mejillas, que ya empezaban a mostrar la rigidez y el endurecimiento de la mutación—.
Prefiero morir ahora a convertirme en lo que sois vosotros.
No quiero pasar el resto de mis días siendo una fiera acosada por el bosque, huyendo de hombres armados, ocultando la sangre bajo las uñas y fingiendo ser alguien que no soy en cada rincón donde nos escondemos.
Alfonso la miró con una compasión infinita, una piedad antigua desprovista del juicio moral o religioso de los humanos.
Sus ojos brillaron en la penumbra de la estancia con un fulgor amarillento, magnético, animal y profundamente triste.
El monstruo amaba a su cría con la misma fuerza salvaje e irracional con la que defendía su territorio de los intrusos.
Él comprendía el horror del nacimiento, porque él mismo lo había vivido décadas atrás.
—El dolor de la primera noche en la que eres consciente de lo que eres, es el peor, Fátima.
Sientes que la humanidad se te arranca de los dientes con pinzas, que te rompen cada articulación, pero la estirpe de los hijos de Licaón sobrevive a la carne.
Déjame ayudarte a cruzar el umbral. Déjame sostenerte para que el golpe no te rompa por dentro.
Él dio un paso firme al frente, acortando la distancia que los separaba sobre las maderas del suelo, extendiendo sus enormes brazos deformados por el cambio inminente para envolverla en un abrazo protector, dispuesto a recibir el impacto de su dolor y guiarla en la dolorosa transición que marcaría su madurez biológica.
Era el único consuelo que un monstruo podía ofrecerle a su heredera.
Sin embargo, el abrazo nunca llegó a cerrarse.
Un estallido seco, el trueno ensordecedor de una bala disparada por un fusil de precisión, con munición de alto calibre y una aleación imposible de plata y otros elementos, rasgó el silencio de la noche y reventó el cristal de la ventana en mil pedazos que llovieron sobre el suelo como una tormenta de diamantes rotos.
El estruendo resonó en las paredes de piedra, amplificado por los oídos sensibles de Fátima.
Alfonso se arqueó hacia delante con una violencia antinatural, como si un mazo invisible de varias toneladas lo hubiera golpeado en mitad de la columna vertebral.
El proyectil de punta hueca le había entrado limpiamente por el omóplato derecho, destrozando la musculatura blindada y la estructura ósea reforzada del Vákner paterno con una fuerza devastadora.
Se escuchó un aullido de dolor puro, un sonido gutural, inhumano, que vibró en los cimientos de la casa de piedra y en la tierra misma, y que escapó de su garganta mientras caía pesadamente de rodillas, al mismo tiempo que se rompían las maderas del piso bajo su peso.
Fátima ahogó un aullido de puro terror al ver la naturaleza de la herida: de la carne abierta no brotaba la sangre roja y caliente de los hombres, sino una sustancia viscosa, brillante, humeante y de un color plateado cegador.
Plata líquida mezclada con la alquimia de su propia biología alterada; un veneno neurotóxico, corrosivo, diseñado minuciosamente por mentes antiguas y forjado con tecnología moderna para colapsar los factores de regeneración celular acelerada de la criatura.
La plata hervía en contacto con su linaje, con la resina negra que debía regenerar heridas convencionales.
—¡Alfonso!
Concha apareció desde la cocina, con el rostro desencajado por el pánico y los ojos abiertos de par en par, perdiendo toda la compostura que siempre la caracterizaba.
En ese instante de crisis absoluta, el instinto básico de protección y pertenencia borró cualquier atisbo de su habitual bondad, de la mujer que todos admiraban; ya no era la madre que medía cada palabra para no hacer daño, era una hembra de la especie viendo caer a su compañero de vida ante una amenaza invisible.
Corrió desesperada, derrapando sobre las maderas astilladas, para hincarse en el suelo junto a él y taponar con sus propias manos la herida abierta que supuraba aquel metal hirviente que quemaba el suelo.
Sus dedos se tiñeron de esa mezcla de sangre oscura y plata que devoraba la carne.
¡Pum!
Un segundo disparo cruzó la estancia antes de que Concha pudiera siquiera pronunciar otra palabra de aliento o socorro.
Esta vez el tirador, oculto en la espesura, no buscaba incapacitar ni estudiar el comportamiento del espécimen; buscaba la ejecución sumaria.
El impacto fue limpio, certero, de una precisión matemática, directo al centro del cráneo.
La bala atravesó el hueso frontal y silenció a Concha al instante, proyectando su cuerpo inerte hacia un lado con un movimiento seco, como el de una muñeca de trapo a la que se le corta el hilo.
Quedó completamente inmóvil en el suelo, con los ojos fijos en la nada, muerta en el acto sobre el charco de sangre y plata que seguía brotando de las heridas de su marido.
El silencio regresó a la habitación, interrumpido solo por los estertores ahogados de Alfonso.