Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EL DESPERTAR DE LA SANGRE
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EL DESPERTAR DE LA SANGRE

El bosque que rodeaba la casa de Concha se había vuelto un laberinto de sombras afiladas y susurros vegetales.

Lo que antes era un paisaje familiar, el refugio de su infancia en la aldea, se transformaba ahora en una trampa mortal de contornos difusos.

Fátima caminaba sin rumbo por los alrededores, tropezando con raíces que parecían surgir del suelo como dedos esqueléticos que intentaban retenerla.

Sus pulmones ardían, no solo por el esfuerzo físico de las horas que llevaba deambulando como un alma errante, sino por el aire cálido de la noche gallega, que le cortaba la garganta como cristales rotos y le impedía respirar con normalidad.

En su mente, la traición de José y Tania se repetía en un bucle infinito de dolor.

Recordaba la mirada de José, esa mezcla de deber profesional y sospecha que ahora cobraba un sentido aterrador.

Se preguntó si no había sido ella la víctima de un triángulo sexual, en el que él se pintaba como el atribulado y atormentado guardia civil, para así obtener beneficios carnales de las dos amigas y de esta forma tapar el vacío deprimente de su mente.

No quería creer en esa posibilidad, no de él.

José no era ese tipo de hombres, fríos y calculadores, de eso estaba segura.

Intentó orientar sus sentimientos hacia las cosas positivas que había tenido su relación durante esos meses que llevaban juntos, en los cuales se había mostrado como un novio atento y cariñoso, siempre dispuesto a satisfacer sus necesidades y colmarla de atenciones.

Pero, si la quería tanto, ¿por qué se había acostado con Tania?

¿Qué pasó por su cabeza para caer en una tentación carnal tan básica?

¿Acaso no le gustaban las relaciones sexuales que tenía con ella y por eso había buscado satisfacer sus instintos más primarios con su mejor amiga?

Las preguntas se arremolinaban en su mente como un desfile caótico de ideas, elucubraciones y conclusiones sin sentido, a las cuales quería dar respuestas plausibles que era incapaz de encontrar.

Estaba sufriendo un tormento interior, al que se sumaba todavía la incertidumbre del paradero de sus padres.

Pero, de repente, el dolor emocional que sentía fue eclipsado por una agonía física que jamás había imaginado.

No era un dolor externo; era una rebelión interna de su propia biología.

Pensó que le había venido la menstruación, aunque el dolor en ese momento era mucho mayor del que había experimenatado nunca.

Sintió cómo se le agarrotaban los músculos de todo el cuerpo y cómo se clavaban mil agujas ardientes en su cabeza.

Bajo la luz de una luna llena que presidía el cielo con una claridad obscena, el mundo empezó a deformarse ante sus ojos.

Los colores se desvanecieron para dejar paso a una gama de grises y rojos vibrantes.

Su olfato se incrementó hasta proporciones sobrehumanas, y su oído se agudizo de tal forma que hasta las patas de un ciempiés que pasaba cerca parecían imitar los pasos de un gigantesco troll.

—No... ahora no... por favor —jadeó, mientras caía de rodillas sobre la hojarasca, ahora reseca por tantos días de calor.

Sintió un calor que envolvió su cuerpo, una corriente de fuego líquido le estalló en la base de la columna vertebral y no pudo evitar chillar a causa del dolor insoportable.

El espasmo fue tan violento que arqueó su espalda de forma antinatural.

Entonces, escuchó el primer crujido: el fémur rompiéndose y alargándose con un sonido seco, un estallido que resonó en el silencio del bosque como una rama de roble partida por un rayo.

Fátima intentó gritar otra vez, invocar el nombre de José o pedir ayuda, pero lo que salió de su garganta ya no era humano; fue un gorgoteo húmedo, una vibración gutural que presagiaba el fin de su identidad humana.

Vio sus manos apoyadas en la tierra, aquellas manos que habían sostenido libretas de prensa, cámaras y bisturís con precisión profesional.

Ahora se retorcían en una danza macabra de carne y hueso.

La piel se tensó hasta el límite antes de rasgarse para dar paso a unas garras negras, curvadas y letales, de ocho centímetros de longitud.

En mitad del espasmo, la verdad la golpeó con la fuerza de un mazo.

No era una revelación mística, sino un despertar de la memoria celular.

Las imágenes de los cuerpos eviscerados del turista alemán, de los dos amigos italianos, de la pareja francesa, incluso los de Germán y la pareja del río, inundaron su cerebro.

Pero ya no las veía como fotos policiales en la sala de autopsias; ahora eran recuerdos sensoriales, vívidos y atroces.

Sintió de nuevo el sabor metálico de la sangre caliente inundando su boca, el calor de las vísceras contra su pecho y el crujido del esternón del policía bajo sus manos mientras su vida se apagaba. Fue entonces cuando llegó a la terrible conclusión.

Ella era el Vákner.

El depredador que José buscaba desesperadamente, la bestia que había sembrado el terror en el Camino, era la misma mujer que él creía amar.

Con un último alarido que se fundió en un aullido salvaje, la transformación terminó.

El vello oscuro y grueso brotó por cada poro, cubriendo su cuerpo como una armadura natural.

Fátima se irguió sobre dos patas, convertida en una mole de músculo y furia de casi dos metros y medio de altura.

Sus ojos, ahora dos brasas de color escarlata, escrutaban la oscuridad con una nitidez absoluta.

El instinto animal reclamó el mando, instándola a correr, a cazar, a saciar el hambre voraz que le devoraba las entrañas.

Pero antes de que pudiera lanzarse a la espesura, dos sombras se materializaron entre los troncos centenarios.

Eran imponentes, tan terroríficas como ella misma, y le cerraron el paso con una coordinación perfecta.

Fátima enseñó los colmillos, soltando un gruñido que hizo vibrar el aire y que pretendía ser una advertencia de muerte. Sin embargo, una de las criaturas, la más grande y oscura, alzó una garra en un gesto extrañamente humano, casi pacificador.

—Tranquila, Fátima..., cariño, baja la guardia —dijo la bestia. Su voz no era un sonido animal, sino una vibración gutural profunda que articulaba palabras claras, cargadas de un afecto imposible para un monstruo.

—¿Quién... quién sois? —rugió ella, luchando por dar forma a las palabras con una mandíbula diseñada exclusivamente para triturar huesos y desgarrar gargantas.

—Somos los que te enseñaron a caminar antes de que aprendieras a matar —respondió la segunda criatura, acercándose con una elegancia letal que denotaba años de dominio sobre su nueva forma.

—Somos tus padres.

Fátima retrocedió, golpeando su espalda contra el tronco de un roble.

Sus sentidos de depredador, agudizados al extremo, captaron bajo el hedor a fiera y a sangre seca un rastro familiar.

Eran ellos. El aroma de la cocina de su madre, el olor a salitre de su padre...

todo estaba allí, enterrado bajo el pelaje y la ferocidad. Eran Concha y Alfonso.

—Este fue el motivo por el que me alejé de vosotras, hija —continuó su padre, cuyos ojos rojos reflejaban una sabiduría ancestral y una resignación dolorosa—.

Tuve que hacerlo porque me estaban siguiendo los pasos para cazarme, y si continuaba a vuestro lado tenía miedo de que os atraparan y os mataran también.

Fátima observó sus propias garras, las mismas que no hace mucho estuvieron ensangrentadas, restos de una cacería que su mente humana apenas empezaba a procesar. Miró a sus padres, esas figuras de pesadilla que ahora le ofrecían una pertenencia que nunca sintió en el mundo de los hombres.

—Pero…¿Cómo?...¿Por qué? —En su mente no entendía qué estaba pasando y nuevas preguntas sustituyeron a las que hacía unos minutos atormentaban su razón.

—Ya habrá tiempo para respuestas, hija mía —dijo Alfonso.

—No eres una enferma, Fátima, ni una asesina común —dijo su madre con una voz que todavía conservaba el eco de las nanas de su infancia—. Eres una Vákner. Eres la cima de la cadena alimenticia en este rincón del mundo. Este bosque no es tu prisión, es tu trono.

La pieza final del puzle encajó en su mente con una violencia devastadora.

Su vida en Santiago, su carrera como periodista, sus miedos nocturnos y su relación con José Santos...

todo había sido una máscara de porcelana sobre un rostro de lobo.

La "depresión" de José, sus intentos de suicidio, su búsqueda de la justicia...

todo parecía insignificante y ridículo comparado con la magnitud de la herencia que ahora corría por sus venas.

Ya no había vuelta atrás. No había cura, no había perdón.

Fátima levantó la cabeza hacia la luna y emitió un aullido que no solo era un grito de guerra, sino el entierro definitivo de la mujer que había sido.

Estaba en casa, rodeada de los suyos, y la verdadera cacería —aquella que no dejaría rastro de peregrinos ni de policías— no había hecho más que empezar.