Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago UN POCO DE DISCIPLINA MILITAR
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UN POCO DE DISCIPLINA MILITAR

El trayecto hasta la Comandancia fue un desfile de sombras que se proyectaban contra el parabrisas, mezclándose con los restos de un sueño interrumpido y el sabor amargo del café con cacao.

José conducía en modo automático, sorteando el tráfico matutino de Santiago con la destreza de quien conoce cada bache del asfalto, pero con la mente anclada en el destello del espejo roto.

Cada vez que frenaba, el tintineo de los fragmentos de cristal que habían quedado atrapados en sus zapatillas parecía recordarle su propia fragmentación.

Al cruzar el umbral del cuartel, el aire cambió.

No era solo el olor a cera de suelo y a café rancio de máquina; era la pesadez de la jerarquía, ese muro invisible que separaba a los hombres con uniforme de los hombres con alma.

José se enderezó, ajustándose la guerrera con un gesto mecánico, a la vez que trataba de ocultar bajo el verde oliva el temblor residual de sus manos.

Estaba nervioso, pues era consciente de la que le iba a caer encima por parte de su superior.

No obstante, había sido él mismo el que le había reclamado su presencia cuanto antes en las instalaciones de la Guardia Civil.

Cuando llegó a la puerta del despacho del Comandante Artigas, no se molestó en llamar con suavidad. Dio dos golpes secos, reglamentarios, que resonaron en el pasillo como disparos.

—¡Adelante! —escuchó la voz de Artigas desde el interior, cargada de una impaciencia que se masticaba.

José entró y se cuadró de forma marcial ante su superior jerárquico.

El despacho estaba sumido en una penumbra artificial, solo rota por la luz de un flexo que iluminaba un mapa de la comarca, lleno de chinchetas rojas y anotaciones al margen.

Artigas no levantó la vista de inmediato; estaba encorvado sobre un informe, con la mandíbula apretada.

—Buenos días, mi comandante —dijo José. Mantuvo la vista al frente, evitando los ojos del oficial.

Artigas soltó el bolígrafo con una violencia innecesaria y se echó hacia atrás en el sillón de oficina, que crujió bajo su peso. Sus ojos, pequeños y astutos como los de un jabalí acorralado, recorrieron a José de arriba abajo, deteniéndose en las ojeras que ningún afeitado apurado podía camuflar.

—Santos… —empezó con un tono peligrosamente bajo—. ¿Sabe usted lo que es la disciplina? No me refiero a llegar a la hora o a llevar las botas limpias. Me refiero a la lealtad al mando cuando las cosas se ponen feas.

—He estado disponible en todo momento, señor, incluso en mis días de descanso —replicó José, mientras intentaba que su voz no traicionara su apatía.

—¡Sus días de descanso se han ido a la mierda!

—Artigas dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo que los clips de un bote saltaran por los aires—.

Tenemos tres nuevos cuerpos que parecen haber pasado por una trituradora industrial en pleno Camino de Santiago.

Los medios de comunicación están empezando a oler la sangre, y usted decide apagar el móvil y jugar a los fantasmas.

»Y, claro, ¿cómo se enteraron de todo? ¡Porque usted se estaba follando a una periodista infiltrada en las dependencias forenses! ¡Es increíble que haya caído de esa forma tan pueril en las redes de esa chica, Teniente! ¡Debería meterle un puro de cojones ahora mismo!

Artigas se levantó y empezó a caminar por el pequeño despacho, acortando la distancia con José hasta que el olor a sudor fue casi insoportable.

—Llevo aguantando sus desplantes y sus "bajones" demasiado tiempo, José.

En este cuerpo no hay sitio para los que tienen el espíritu quebrado.

Si no puede manejar la presión de varios cadáveres desmembrados, quizá debería estar sellando pasaportes en el aeropuerto o vigilando una valla en Ceuta.

Y no me toques los cojones con lo de esa puta de tu ex, ¿vale?

José sintió una punzada de rabia que logró derretir, por un segundo, el hielo de su depresión.

—Con todo el respeto, mi comandante, he sido el primero en llegar a la escena y el único que ha seguido el rastro de esa bestia. No me hable de compromiso cuando soy yo quien se mancha las botas de barro mientras otros esperan el informe desde el aire acondicionado.

»Es cierto que la he cagado con el tema de Fátima, pero tarde o temprano la información se habría filtrado igualmente. Sinceramente, no me importa ese asunto. La cagué con ella y eso es lo que más me duele.

—¡No me toques lo huevos, José, coño! ¿Te vas a poner sentimental ahora?

—La marcialidad con la que le había tratado hasta ese momento saltó por los aires.

El silencio que siguió fue denso, elástico.

Artigas se detuvo en seco, con la cara a escasos centímetros de la de José.

Se podía ver el latido de una vena en su sien—.

Un poco de disciplina militar te vendría bien para recordar quién es el que firma tus evaluaciones —siseó el comandante—.

Pero no tengo tiempo para meterte en el calabozo.

Te necesito ahí fuera. Los de Madrid, la brigada científica, regresarán esta tarde.

Quieren a alguien que conozca el terreno, no a un burócrata.

Pero escúchame bien, Santos: si vuelves a desaparecer, si vuelves a ignorar una llamada de esta comandancia, no será una amonestación lo que encuentres sobre tu mesa.

Será tu expediente de baja por incapacidad psicológica. ¿Me he explicado?

—Claramente, mi comandante —respondió José, sintiendo cómo la amenaza de Artigas rozaba una verdad que él mismo temía.

—Bien. Ahora, siéntate. Mira esto —Artigas señaló el mapa iluminado—.

El ataque no ha sido aleatorio. Sigue una ruta.

El atacante no se esconde, parece estar marcando territorio.

Y lo que es peor… ¿Recuerdas aquellas imágenes de las cámaras de seguridad del monasterio?

El guía del monasterio dice que no vio nada, pero nosotros sabemos que las cámaras captaron una sombra que no tiene sentido físico.

José se acercó a la mesa, dejando que el deber profesional tomara el mando de sus sentidos.

Observó las coordenadas y los puntos de ataque.

Cada chincheta roja era una vida apagada con una violencia primordial.

Recordó el aullido que creyó escuchar en su embriaguez la noche anterior, un sonido que no pertenecía a este siglo ni a esta razón.

—¿Qué dice el informe preliminar de la forense? —preguntó José, tratando de centrarse.

—Tania está en ello, pero dice que nunca ha visto nada igual. Desgarros musculares que implican una fuerza de presión de toneladas. No es un oso, Santos. Y no son lobos. Es algo que disfruta con la caza.

Artigas volvió a su asiento y encendió por fin el puro, que envolvió el despacho en una nube de humo gris.

—Ya te lo advertí en su momento, que esa cosa no era lo que tú creías —le recriminó José con acritud.

—De eso me estoy empezando a dar cuenta. Quiero que vayas a Medicina Legal. Tania te espera. Y asegúrate de que ninguna filtración más llegue a la prensa. Especialmente a esa amiga tuya, la periodista… ¿cómo se llama? ¿Fátima?

José sintió un escalofrío. El nombre de Fátima en boca de Artigas sonaba como una advertencia encubierta.

—Ella sabe cuál es su lugar, señor.

—Eso espero, por el bien de los dos. —El comandante cambió el tono por uno más impersonal—.

Váyase de aquí. Y Santos… —Artigas le detuvo justo cuando José ponía la mano en el pomo de la puerta—.

Lávese la cara, coño, que parece un muerto que acaba de salir de la fosa.

Un poco de dignidad en el uniforme, por favor.

José no respondió. Salió al pasillo, mientras sentía el peso de la Glock en su cadera y el vacío en su estómago.

La disciplina militar le obligaba a seguir adelante, a investigar la muerte de otros mientras la suya propia seguía gestándose en silencio, entre latas vacías de cerveza y espejos rotos.

El Camino de Santiago se abría ante él, no como una ruta de fe, sino como un rastro de sangre que exigía respuestas que quizá no quería encontrar.

Al salir al aparcamiento, el calor sofocante del incipiente verano en Santiago volvió a mojar su rostro de sudor.

Respiró hondo, tratando de limpiar el rastro de Artigas de sus pulmones.

Tenía una misión, un propósito temporal que le mantendría alejado del abismo unas horas más.

Arrancó el coche y se dirigió hacia la calle Viena, donde la “amante de la muerte” le esperaba con una bata blanca y ojos azules.